domingo, 10 de octubre de 2010

Sermones del tiempo de Pentecostés

VIGÉSIMO DOMINGO
DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Había un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaúm. Por este regulus debemos entender, conforme a la expresión griega, un oficial o funcionario real, cumpliendo en Cafarnaúm un alto cargo en nombre del rey Herodes Antipas.

¿Qué es lo que llevó a este funcionario hacia Jesús? Sin duda, como todo el mundo, había escuchado hablar de los testimonios y de la predicación de San Juan Bautista, así como sobre los milagros de Jesús, el profeta de Nazaret.

Pero, como casi todas las personas de su condición, era, sino escéptico, al menos sumamente indiferente.

Sin embargo, los designios de la Providencia son admirables. Dios se sirve aquí, para atraer a este oficial a la salvación, de un gran dolor familiar.

Una fiebre maligna, rebelde al esfuerzo de la medicina, ataca a su amado hijo. Al borde de los recursos, se entera precisamente que Jesús de Nazaret, de quien le han contado tantas maravillas, ha regresado a Galilea y está en Caná, no muy lejos de Cafarnaúm.

Sin ninguna vacilación, el amor por su hijo le hace superar todo sentimiento de orgullo y de respeto humano, y va al encuentro de Jesús, pidiéndole que descienda y venga a curar a su hijo, que comienza a morir.

Admiremos, por una parte, el afecto y la preocupación de este padre por su hijo, que le hace superar todos sus prejuicios y tomar esa resolución; y, por otra parte, la utilidad maravillosa y providencial de las pruebas y de las enfermedades; puesto que, sin la enfermedad de su hijo, este oficial probablemente nunca hubiese ido hacia Jesús e incluso hubiese permanecido a lo largo de su vida en la indiferencia, lejos de la salvación.

Dios, infinitamente bueno e infinitamente sabio, se sirve de mil medios para llamar a los pecadores y a los indiferentes para que despierten de su letargo; les envía todo tipo de males y calamidades, en su persona o en la de sus hijos, o en sus bienes, para convertirlos.

Algunos se aprovechan de estos beneficios, se humillan y retornan a Dios.

Pero, ¡cuántos, en lugar de hacer penitencia y arrepentirse, se dejan vencer por la impaciencia, la murmuración, la blasfemia!…

Incluso, no pocos recurren a prácticas condenables, supersticiosas, para escapar de sus males o para curar de sus enfermedades.

¡Insensatos! Se entregan al demonio y atraen sobre ellos la ira de Dios.

En cambio, admiremos a esos santos personajes, tales como Job y Tobías, que han aceptado las adversidades y las enfermedades enviadas por Dios…

Dios es Señor soberano, y nada sucede sin su mandato o permiso. Él solo regula todo con una infinita sabiduría, con un poder que nada resiste y con una bondad más que paternal.

Por lo tanto, cuando nos pone a prueba por las enfermedades o las aflicciones, siempre tiene objetivos llenos de prudencia y de benevolencia.

La enfermedad del hijo de este oficial fue una dura prueba; pero ella constituyó una fuente de gracias para él y para su casa, una ocasión para la salvación de toda la familia.


Podemos preguntarnos: ¿por qué Dios nos envía enfermedades y aflicciones?

1. Para ejercer su soberano dominio y hacernos sentir que es el dueño de nuestra salud y de nuestra vida.

2. Para ejercer su justicia y castigar nuestros pecados.

3. Por bondad y misericordia; como remedio, para quitarnos la oportunidad y los medios de pecar: nos desprende de los engañosos placeres del mundo y nos hace adquirir méritos para el cielo.

4. Por amor por nosotros; nos hace más conformes con su Divino Hijo crucificado, y nos hace merecer y ganar una corona hermosa en el Cielo.


¡Si comprendiésemos esto!... ¡Con qué agradecimiento recibiríamos y aceptaríamos la Cruz y las enfermedades!


¿Cómo debemos recibir las aflicciones y los padecimientos?

Es necesario recibirlos cristianamente, es decir, conformándonos a las intenciones de Dios, para su mayor gloria y para la salvación de nuestra alma.

1. Honremos su soberano dominio, sometiéndonos generosamente a lo que Él quiera.

2. Honremos su justicia, que castiga en esta vida nuestros pecados; debemos aplacarla por un corazón contrito y humilde, por una sincera conversión, por la aceptación humilde y piadosa de la prueba.

3. Honremos su providencia y sometámonos a su conducta, aunque nos parezca a veces inexplicable y rigurosa.

A veces pensamos que si tuviésemos salud y bienes materiales, serviríamos mejor al Señor. Pero Dios ve mejor y más lejos que nosotros; dejémoslo hacer: la salud podría llevarnos al pecado, al infierno; mientras que de la enfermedad nos santifica y nos lleva al Cielo.


¿Cómo respondió Nuestro Señor al pedido de este oficial? Entonces Jesús le dijo: “Si no veis señales y prodigios, no creéis.”

Tal vez esta respuesta nos sorprenda por su dureza y aparente falta de razón, puesto que, al pedir la curación de su hijo, el oficial manifestaba tener fe en el poder taumatúrgico de Jesús.

Sin embargo, la fe de este hombre era débil y, sobre todo, muy imperfecta.

En efecto, sólo por haber escuchado que Jesús realizaba cosas maravillosas y sorprendentes había recurrido a Él para pedirle que viniese a su casa para curar a su hijo.

Pero no había reconocido aún la razón y el origen de esa facultad milagrosa de Nuestro Señor.

Además, pensaba que Jesús no podría operar una curación si no era presentándose delante del propio paciente para imponerle las manos. No creía que su poder se extiende a todo lugar y que, por lo tanto, es Dios, omnipresente y omnipotente.

Esa es la razón por la cual el Salvador lanza un reproche que parece duro, pero que suaviza al dirigirlo no directamente a este padre afligido, sino a todos los presentes: “Si no veis señales y prodigios, no creéis”…

Esta reprimenda cayó justa, porque los galileos no creían si no eran derrotados por milagros claramente realizados ante sus ojos.

Los milagros son necesarios, sin duda. Es por medio de los milagros que el Mesías, de acuerdo a los Profetas, debía manifestar su misión divina. Sería por medio de los milagros que su Iglesia habría de difundirse por todo el mundo. Es a través de los milagros que, incluso hoy en día, muchas personas llegan a la Fe.

Sin embargo, la palabra de Nuestro Señor permanece cierta y en todo su vigor: “Bienaventurados los que, sin haber visto, creyeren”.

Por otra parte, los milagros, de hecho, no convierten sino a los hombres de buena voluntad. Los fariseos y los judíos han presenciado con sus propios ojos muchísimos de los milagros realizados por Jesús, pero no quisieron creer en Él y le crucificaron.


Ahora bien, este oficial, ¿se dejó desalentar? ¡No! Absorto por su dolor, parece no haber entendido las palabras de Jesús, y repitió su solicitud con nueva instancia: “Señor, baja antes que se muera mi hijo”.

Él cree en el poder de Jesús; pero su fe es aún imperfecta, ya que considera necesaria la presencia del divino Taumaturgo; y no concibe aún que Jesús pueda curar a su hijo a la distancia, e incluso resucitarlo, si hubiese muerto.

¡Qué lejos de está de aquel centurión romano, quien unos meses más tarde también recurrirá a Jesús en una circunstancia similar, pero le dirá, con admirable fe y humildad: “Señor, no soy digno que le entres en mi casa; pero di tan sólo una palabra, y mi siervo será curado”!

¡Cómo nos recuerda aquella otra escena del padre del niño poseído por el demonio!
Este hombre dijo a Jesús: “He dicho a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido”.
Y Jesús respondió: “¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traédmelo!”
El padre le dijo: “Si algo puedes, ayúdanos, compadécete de nosotros.”
Jesús le dijo: “¿Qué es eso de si puedes? ¡Todo es posible para quien cree!”
Al instante gritó el padre del muchacho: “¡Creo, pero ayuda a mi poca fe!”


Nos parece escuchar ahora las mismas palabras: “Señor, creo, pero ayuda a mi poca fe… baja antes que se muera mi hijo”.

¿Cuál fue la respuesta de Nuestro Señor? ¡Oh bondad infinita e inefable condescendencia la del Salvador! Conmovido por la aflicción y la perseverancia de su oración, le dijo: “Vete, que tu hijo vive.”

Por lo cual le hace ver:

  • que Él es el dueño soberano de la salud y de la enfermedad, de la vida y de la muerte.

  • que su poder es ilimitado,
  • que con una sola palabra, con un solo acto de su voluntad puede operar, a la distancia, maravillas, curar a los enfermos y resucitar a los muertos.

Observemos que, por esta simple palabra, Jesús opera repentinamente un doble milagro:

  • fortalece la fe de este hombre, que creyó enseguida en su poder y se fue sin forzar más al Salvador;

  • sana inmediatamente a su hijo.

Creyó el hombre en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino.


El Evangelista nos relata cómo tuvo conocimiento este oficial de la curación de su hijo. A mitad de camino encontró a sus siervos que venían con presteza, felices, para anunciarle la dichosa noticia de que su hijo estaba vivo y que, por lo tanto, era innecesario perturbar al profeta de Nazaret: Cuando bajaba, le salieron al encuentro sus siervos, y le dijeron que su hijo vivía.


La curación del niño había sido repentina y había llenado de sorpresa a toda su casa, sin que nadie pudiese adjudicarla a causa alguna.

Por esta razón, este oficial les pidió cuenta de cuándo había tenido lugar la curación repentina de su hijo: Él les preguntó entonces la hora en que se había sentido mejor.

Esto no puede ser porque dudase, puesto que comprobaba perfectamente el cumplimiento de la palabra de Jesús.

Si quiso de esta manera probar el hecho, haciendo precisar el momento, fue:

  • en primer lugar, para confirmar su propia fe y poder adjudicar a Jesús, y sólo a Jesús, la curación de su hijo,
  • para excitar un reconocimiento pleno hacia el Benefactor,
  • para hacer compartir a sus siervos su admiración y su fe de que Jesús era, de hecho, el único autor de tan gran milagro
  • para conducirlos, así, a la felicidad de creer también en Jesús.

Lo que sigue es una prueba de todo esto: Ellos le dijeron: “Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre.” El padre comprobó que era la misma hora en que le había dicho Jesús: “Tu hijo vive”, y creyó él y toda su familia.


Como enseña San Beda, el Venerable, esto nos hace ver que hay grados en la fe, como en todas las otras virtudes; todas tienen su comienzo, su desarrollo y su perfección. Existe una graduación.

La fe de este oficial estaba en sus comienzos cuando llegó a encontrar a Jesús y le pidió que fuese a curar a su hijo.

Ella se hallaba en su desarrollo cuando creyó en la palabra del Señor diciéndole: “Vete, que tu hijo vive.”

Llegó a su perfección cuando le llegó la noticia por medio de los sirvientes. En ese momento, creyó que Jesús era el Mesías prometido, el Cristo, el hijo de Dios.

Y no contento con creer él en Jesús, comunica por sus exhortaciones y sus ejemplos a toda su casa su fe, junto con su amor, su agradecimiento y su felicidad.

Y desde ese día, la casa pasó a ser como un templo, donde el Salvador recibía los homenajes que le son debidos.


Admiremos la fe, el celo y la caridad de este funcionario que, iluminado por la gracia, demuestra su reconocimiento a Jesús de la mejor manera: haciéndolo conocer, amar y servir por toda su casa; es un verdadero apostolado.


Hermoso ejemplo que todos los padres de familia y todos los jefes verdaderamente cristianos harían bien en imitar… las oportunidades para hacerlo no son escasas.

¡Cuántos jefes de familias y de sociedades deberían confundirse y avergonzarse pensando en cómo difiere su comportamiento del de este oficial!

Él, infiel casi al principio, es vencido por el primer beneficio recibido de Jesús; se convierte, y quiere que todos los de su casa sigan su ejemplo.

El número de cristianos, santificados desde su nacimiento por el Bautismo, educados en la verdadera religión, llenos por Dios de todo tipo de gracias…, si no lo niegan en la teoría, de hecho viven de tal manera que, en lugar de edificar a sus familias, las escandalizan de un modo bien triste!

En lugar de aprovechar los Sacramentos, recitar piadosamente las oraciones en común, practicar las virtudes cristianas, se los ve constantemente alejados de la práctica religiosa.


Más perfecta aún que la fe del oficial de Cafarnaúm fue la de Sara, hija de Raquel, esposa del joven Tobías, con cuya oración concluyo:

“Bendito sea tu Nombre, oh Dios de nuestros padres que, después de haberte enojado, usas de misericordia, y en tiempo de tribulación perdonas los pecados a los que te invocan. Tus designios sobrepujan la capacidad de los hombres. Es seguro que todo aquel que Te adora y cuya vida ha sido aprobada, será coronado: que en caso de haber sido atribulado será librado, y si el castigo se descargase sobre él, podrá acogerse a tu misericordia. Porque Tú no te deleitas en nuestra perdición; puesto que, después de las lágrimas y el llanto, infundes la alegría.”

jueves, 7 de octubre de 2010

Nuevo Orden

ABORTO.
YES, BWANA
                                                                  
No esperaba que tan pronto nuestros legisladores me dieran la oportunidad de agradecerles por prácticamente darme la nota escrita, necesitando tan sólo cambiar el título.
                           
En efecto, en “La Nación” del 24 de septiembre de 2010, en la primera página, se informa que “por iniciativa del kirchnerismo empieza a tratar el Congreso la legalización del aborto”, y que “se le quiere dar prioridad”, por lo que “el Congreso analizará los proyectos el mes próximo”. A tal punto es el apuro que, como continúa la nota, “el debate pospondrá en la Comisión de Justicia y Asuntos Penales el tratamiento del proyecto de la ley de infanticidio, sancionado recientemente en la Cámara de Diputados”. Es claro que esa iniciativa, que busca bajar las penas a las madres que matan a sus hijos recién nacidos “no es prioritaria”. Esa demora en tratar este último proyecto parece de una lógica abrumadora, ya que el aborto permitirá ahorrar el tiempo de embarazo y el engorro del parto, y además las penas (me refiero en sentido jurídico, naturalmente), a aquellas madres que hayan decidido asesinar a sus hijos.
                               
Debo agradecer también que me hayan resuelto el interrogante de cuál de las órdenes impartidas por el Institute for the Future se cumpliría primero, si ésta o la legalización de las drogas (no repetiré lo dicho en “Adiós a las Armas. Yes, Bwana” y “Matrimonio Gay. Yes, Bwana”, para no caer en monotonía).
                              
Por otra parte, supongo que a los amos los hará muy felices la segura aprobación de esta futura ley, ya que la despoblación de los países no angloparlantes es un caro sueño acariciado largamente por ellos.
                              
Contrariando mi propósito de no repetirme, debo aclarar que el hecho de que hace mucho lo esperan, se pone de manifiesto en el hecho de que ya en 1798, Robert Thomas Malthus, economista, pastor anglicano y miembro de la Compañía de las Indias Orientales británica, proponía en su “Ensayo sobre Principio de Población”, que “las clases bajas deberían limitar voluntariamente su número”, y para lograrlo sugería “métodos positivos”: suprimir a los existentes, y “negativos”: evitar embarazos (alcohol, intoxicaciones, agotamiento), si bien en esa época no se pensaba en el aborto.
                             
Valgan las manifestaciones de dos presidentes de los Estados Unidos —por cierto ambos miembros del Council on Foreing Relations—: Dwight Eisenhower, “Si los habitantes de la tierra se siguen multiplicando al mismo ritmo, no sólo se agudizaría el peligro de revolución, sino que además se produciría una degradación del nivel de vida de todos los pueblos, el nuestro incluido”, y Lindon B. Johnson: “Cinco dólares invertidos contra el crecimiento de la población son más eficaces que 100 invertidos en desarrollo económico”. El príncipe Felipe de Edimburgo aportó lo suyo: “El hombre es un accidente peligroso que perturba el equilibrio de la naturaleza y, por lo tanto, se lo debe limitar o destruir” (“Sydney Times”, 20 de junio de 1980).
                        
Por su parte, Mc George Bundy, condiscípulo de George Bush padre en la Universidad de Yale, y miembro como éste de “Skulls & Bones” (Calaveras y Huesos) la más antigua y prestigiosa de las seis sectas de Yale, de donde salen todos los miembros de la comunidad de gobierno e inteligencia de los Estados Unidos, Consejero de Seguridad Nacional durante las presidencias de Kennedy y Lindon Johnson, invirtió, durante su gestión como presidente de la Fundación Ford (recordamos, en íntima relación con la CIA), y una de las que aportan fondos para Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y el CELS de Horacio Verbitsky, a quien subsidia desde 1981, junto con Amnesty International (es decir, el MI5, la Inteligencia Británica), invirtió cientos de millones de dólares en programas de abienalismo y despoblación de países del llamado Tercer Mundo.
                        
En fin, la lista es larga, pero conviene no olvidar al jamás como se debe alabado Sir Henry Kissinger y su Memorando 200, donde nombra “trece países clave en que los Estados Unidos tienen interés político y estratégico especial que requiere imponer una política de control o reducción de la población”. El Consejo de Seguridad Nacional en 1976 elaboró su “Primer informe anual sobre política demográfica internacional de Estados Unidos” remitido a George Bush padre, entonces director de la CIA. Decía ente otras cosas: “Entre los países menos dedicados a los programas demográficos están la mayoría de los del África, América Latina y Oriente Medio (…) La política demográfica de esas naciones va desde el pronatalismo de algunas hasta la falta de empeño en otras” (…) “El aborto es generalmente aborrecido, y no se favorece la esterilización”.
                       
Para explicarse tamaña aberración enumeran varias causas, entre otras la “falta de percepción de la necesidad de frenar el aumento de la población”. Y para solucionarla se propusieron varias medidas, la ya famosa distribución gratuita de anticonceptivos y preservativos (¿se acuerda de GGG?, considerada insuficiente, por lo que “…los programas demográficos han sido especialmente exitosos cuando los líderes (¿líderes?) han planteado clara, inequívoca y públicamente sus posiciones, al mismo tiempo manteniendo la disciplina verticalmente desde el nivel nacional…”, “…para ver que la política demográfica se cumpla y ejecute bien”.
                     
Decía Hilaire Belloc en “Las Grandes Herejías”: “Con el avance de este nuevo y terrible enemigo contra la Fe y toda esa civilización que la Fe produce está surgiendo no sólo un desprecio hacia la belleza, sino un odio hacia ella, y a éste sigue inevitablemente un desprecio y un odio hacia la virtud”. Y continúa diciendo que “este ataque moderno hacia la Fe es una vuelta al paganismo, que abandonando la luz de su religión ancestral se desliza nuevamente hacia la sombra”, y que “…estamos presenciando una resurrección de la esclavitud, resultado necesario de la negación del libre albedrío”.                           
Ahora le toca el turno a las drogas, lo que seguramente se comentará en un muy próximo artículo titulado “Falopa. Yes, bwana”.
                  
Parecería llegado el momento de buscar un autor para un libro que podría llamarse “La Involución de una Especie”, el que debería publicarse pronto, mientras los humanos conserven la capacidad de leer, y antes de que vuelvan a comunicarse por medio de sonidos guturales.
                  
Luis Antonio Leyro
                                     

martes, 5 de octubre de 2010

Aviso

SOBRE EL SUPUESTO “FACEBOOK”
DE ANTONIO CAPONNETTO
                                
Antonio Caponnetto desea aclarar:
                 
a) que él no ha creado este facebook;
               
b) que agradece profunda y enfáticamente a todos aquellos que desde el mismo le expresan su amistad y adhesión;
          
c) que lamenta no poder responder a quienes le hacen llegar por este medio alguna inquietud en particular; 
             
d) que para esto último existe el Blog de Cabildo;
              
e) y que, por supuesto, es absolutamente ajeno a los gustos o las predilecciones que manifiestan tener las personas que ingresan al sitio.
              

lunes, 4 de octubre de 2010

Rioplatenses

LA PATRIA DESGARRADA
                                   
La República Oriental en las últimas décadas del siglo XX, fue escenario de la aparición de planteos críticos en contra de la “historia oficial” aceptada como dogma de fe en cuanto a que la Independencia de esta Banda  fue “reconocida por la Convención Preliminar de Paz el 27 de agosto de 1828”. Ésta sería según la línea dominante en la historiografía uruguaya: la coronación de un camino de “predestinación” de los Orientales “y no un hecho fortuito de la diplomacia y menos todavía una fórmula artificiosa”.
                              
La cosmovisión balcanizadora afirmada a finales del siglo XIX mostrando un Artigas separatista se sumaba al planteo que veía en Juan Manuel de Rosas un enemigo de los Orientales y al Presidente General Manuel Oribe un sicario del mal apodado “Tirano” de Palermo de San Benito. Esta fue la visión totalizadora que se impartió en los centros de enseñanza. Desde hace unos años respondieron a esa “historia ad usum delphinis” con una visión  revisionista de la Patria Grande el hoy fallecido Carlos Real de Azúa y Guillermo Vázquez Franco, entre otros historiadores con los que formaron un haz junto a las plumas de la Banda Occidental.
                    
Con alborozo, cuando se están cumpliendo 185  años de las Leyes de San Fernando de la Florida, escuchamos al Canciller Oriental Don Luis Almagro señalar que el verdadero sentido las leyes del 25 de agosto de 1825 “era pertenecer a las Provincias Unidas del Río de la Plata”. A ello agregó, con justeza histórica, (nobleza obliga reconocerlo) “que se trataba de un acto de identidad local en el marco de un proyecto regional amplio y generoso”. Ciñéndose a la verdad, expresó con contundencia: “La historia escrita hará primar la idea de independencia como factor diferenciador, pues la Banda Oriental debió seguir el rumbo que le imponían los tratados internacionales. Era el destino elegido por otros y no el forjado en los campos de batalla”.
      
El muy buen discurso que, como se ha señalado, no registra antecedentes en un acto oficial, fue objeto de observaciones poco convincentes. Tal el artículo que envió a la revista “Búsqueda” el  ex Presidente uruguayo Dr. Julio M. Sanguinetti, publicado el 9 de septiembre, y en el que expresa refiriéndose a las Instrucciones de 1813: “nuestro proyecto era el de confederación (alianza de soberanos) y no un Estado federal (soberanía única con autonomías relativas)”. Tal afirmación se ve desmentida por Francisco Bauzá cuando en el tomo III de su obra “Historia de la Dominación…, etc.” estampa que Artigas “estatuía la Confederación de la B. Oriental como paso preliminar al establecimiento de un gobierno común…” Poco más adelante el Dr. Sanguinetti escribe, en referencia a Inglaterra, que ésta “sólo procuraba la  paz para comerciar”. Las afirmaciones expuestas por el articulista, sumadas a otras que no podemos transcribir por su extensión, exigen que buscando la verdad histórica entremos en la liza. Veamos.
                       
Nuestra Independencia nació desconociendo un proceso que fue de fidelidad al tronco y los ancestros, manteniéndonos dentro de la Ecumene del Plata, expresión geopolítica cuya ruptura fue crimen de Lesa Patria. Descuartizamiento que Inglaterra propugnó forjando la siniestra red de la que resultó la Convención Preliminar de agosto de 1828, rubricada en Río de Janeiro. Allí estaba, en las sombras, John  Ponsomby, el maquiavélico “mediador” que amputó nuestro territorio negándole ser uno en la argentinidad. Vocación nacida con el alumbramiento de estas regiones en tiempos de los Reinos de Indias con el César Carlos I de las Españas  y NO de Coloniaje materialista como se ha afirmado con sentido equívoco. Unidad a la que jamás había imaginado renunciar.
                      
Un ejemplo notorio lo encontramos con  Artigas, quien marcó claramente su disposición en la reunión de Tres Cruces, el 5 de abril de 1813, en momentos de designar los diputados que lo representarían en Buenos Aires. Muy clara fue su expresión en un párrafo destacado de su discurso: “ni por asomo la separación nacional”, sentimiento que reiteraría varias veces en 1815. Una de ellas a Nicolás Herrera, ministro de Carlos María de Alvear, y poco después, a Blas Pico y José Rivarola, enviados del  Director Supremo Álvarez Thomas cuando otra vez dijo NO a la  Independencia de la Provincia Oriental propuesta por los delegados de la jerarquía Directorial.
                              
Con empecinamiento notable (permítaseme la expresión) mantuvo el planteo en los treinta años de su ostracismo paraguayo. A este respecto —como muy bien señala Vázquez Franco— cuando en una especie de reportaje se le preguntó por qué no volvía a su Patria independiente, el anciano Caudillo contestó: “Yo ya no tengo Patria”. Rechazaba de esta manera con fuerza, a la Convención anglófila  y pese a que los dados estaban echados (corría 1845 año de las agresiones del imperialismo franco británico) para el otrora Protector, la Patria era Una, Grande y Libre, la misma que años antes fuera el Reino del Río de la Plata.  Con esa afirmación desconocía la amputación mediatizadora. Tan notable era su repudio al engendro inglés, así como su visión estratégica, que no aceptó el ofrecimiento de Carlos Antonio López para comandar el ejército paraguayo en la guerra contra Don Juan Manuel de Rosas que preparaba Asunción, haciendo torpe juego a los Braganza. Con sangre pagarían  los paraguayos años  después desconocer la unidad de las tierras y de los hombres siempre presentes en la raza, como lo probó “el crimen de la Triple Alianza” de Britania, Mauá, Rotschild y sus sicarios Venancio Flores, Bartolomé Mitre y Pedro II.
                        
Pero continuemos el relato lineal luego que de la escena política desapareciera Artigas en 1820. Así, el intento de 1823 contra el usurpador brasileño. Sublevación que fracasó ante la negativa de apoyo expresada por el Bernardino Rivadavia justo en el instante en que el Cabildo de Montevideo, con fecha 29 de octubre, había declarado por enésima vez, su decisión irrevocable de Unidad Platense. En los dos años siguientes se preparó la reivindicación de la filiación oriental. Juan Antonio Lavalleja fue el jefe en la “Quijotesca empresa” (Busaniche dixit) contando con el apoyo de Tomás Manuel de Anchorena y de Juan Manuel de Rosas, quien relatará en 1868: “Recuerdo al fijarme en los sucesos de la Banda Oriental la parte que tuve en la empresa de los Treinta y Tres… procedí en un todo de acuerdo con el Ilustre General Don Juan Antonio Lavalleja y fui yo quien facilitó gran parte del dinero para la empresa…” En este sentido se expresa el citado historiador Busaniche: “Rosas, como hombre no sospechado por los brasileños había estado en Santa Fe y Entre Ríos interesando a Estanislao López y a León Solá. Llevando cartas de Lavalleja a los hermanos Oribe cruzó la campaña Oriental con el pretexto de adquirir campos en la zona del Bequeló, pero en realidad para establecer las bases de la insurrección...” Ella dio comienzo el 19 de abril de 1825 con el desembarco en la Playa de la Agraciada acompañando el manifiesto que decía: “Argentinos orientales: Las Provincias hermanas sólo esperan vuestro pronunciamiento para protegeros en la heroica empresa de reconquistar vuestros derechos. La gran Nación Argentina de que sois parte tiene gran interés en que seáis libres”.
                    
Dos meses después la Cruzada matrera establecía su gobierno en San Fernando de la Florida y llamaba a los Cabildos de la Provincia para que enviaran delegados “con poderes con el fin de decidir la reincorporación”. Ésta se proclamó el 25 de agosto con la ley que expresa claramente: “La Sala de Representantes… declara que su voto general constante y solemne es y debe ser por la unidad con las demás Provincias Argentinas a las que  siempre perteneció por los lazos más sagrados que el mundo conoce…” Y luego volvió a resonar la tradición en la voz del Brigadier General Juan Antonio Lavalleja dirigiéndose a las ciudades con Cabildo: “¡Pueblos! Ya están cumplidos vuestros más ardientes anhelos; ya estamos incorporados a la Nación Argentina…” La Guerra con el Imperio de Pedro I se presentó  como preocupante situación para el interés británico que creyó posible una victoria de las Provincias Unidas del Plata. Por eso hizo su aparición en Buenos Aires el altanero y donjuanesco John Ponsomby, Barón de Imokilly, como “mediador“  pero en realidad para segregar la estratégica Provincia Oriental. El plan había sido esbozado por Canning, quien le manifestara al enviado inglés el 28 de mayo de 1826: “Arroje cualquiera el más rápido vistazo sobre el mapa y verá que el comercio de todo el antiguo Virreinato de Buenos Aires y todas las tierras vecinas hasta la cordillera dependen para salir al mar de la libre navegación del Plata y que cualquiera que se adueñe de la Banda Oriental y Montevideo puede abrir o cerrar a los otros el Río de la Plata” (L. A. de Herrera: “La Misión Ponsomby”, Eudeba, 1974).
                     
Cortar el nudo gordiano era, según Canning: “Que la ciudad y territorio de Montevideo se hicieran independientes de cualquier país en una situación semejante a las de la ciudades hanseáticas de Europa” (Herrera: “La Misión…”, etc.). Toda la diplomacia del inglés, con sus dobles agentes “el bribón” (San Martín dixit) Manuel José García y el psicofante Pedro Trápani (socio comercial de Ponsomby), se volcó a preparar la segregación Oriental. No teníamos otro destino que el señalado a Bremen y Hamburgo para el Báltico o el de Gibraltar para el Mediterráneo. A  los problemas de la Patria se agregaron las maniobras financieras de los comerciantes ingleses y los metecos criollos manejando las libras del usurario préstamo que Rivadavia contrajera con el Baring Brothers Bank. Todo desembocó en la insolvencia, la inflación y el curso forzoso.
                   
Algo similar sucedía en el Brasil enfeudado a  los préstamos de la Banca Rotschild. En medio de los enjuagues delictivos, Rivadavia —sedicente Jefe del Ejecutivo— le decía a Ponsomby lo que éste informaba a Canning en Octubre de 1826: “Está convencido que la Paz es necesaria y que tal vez sea mejor que la Banda Oriental sea separada…” La coacción era el arma que el Foreing Office utilizaba cada vez con mayor fuerza. Y llegó a la impúdica amenaza. El Vizconde de Itaboyana, embajador del Imperio en Londres, hacía conocer sin eufemismos su reunión con Canning: “Me intimidó que si el Brasil no hacía la Paz con Buenos Aires, es decir que si no cede la Banda Oriental, Inglaterra se declararía a favor de Buenos Aires y contra Brasil…” Mientras, en estas latitudes, Ponsomby, en un alarde de cínica franqueza, le espetaba a Roxas y Patrón, Secretario de Relaciones de las Provincias Unidas: “Europa no consentirá nunca que sólo dos Estados, el Brasil y Argentina sean dueños de las costas orientales de América del Sur” (Herrera, op. cit.).
                         
Mientras así se continuaba la “negociación“ el gabinete de Buenos Aires intentó una nueva acción. Así le dice a sus delegados Guido y Balcarce en nota RESERVADA el 26 de julio de 1828: “…el gobierno cree que las últimas ocurrencias con motivo de los tumultos de las tropas extranjeras, los avances de la expedición del norte que hace su movimiento sobre Río Pardo que amenazará a Porto Alegre y que aumentando nuestra fuerza naval a órdenes del  Almirante Brown lo ponen en la necesidad de separarse de toda idea cuya tendencia sea la absoluta independencia de la Banda Oriental y formación de un Estado Nuevo…” A lo que los generales Guido y Balcarce contestan torpedeando las consideraciones llegadas con la firma del General José Rondeau. Así decían: “Finalmente la base de independencia absoluta libra a la República Argentina de una guerra doméstica con la Provincia Oriental y la libra con honor y provecho de ambas, pues ahora no es la Provincia de Montevideo la que lo exige, ni la República Argentina la que difiere su solicitud, sino LA DE UN PODER TERCERO QUE TIENE POSESIÓN Y DERECHOS PROBABLES QUE HACER VALER, FUERZA QUE APOYARLOS Y TÍTULOS EN SU MISMO DESPRENDIMIENTO, CON QUE ALGÚN DÍA ENAJENARÍA TAL VEZ LA AFECCIÓN DE LOS ORIENTALES EN PERJUICIO DE LA ARGENTINA COLOCÁNDOLA EN MAL PUNTO DE VISTA CON ELLOS MISMOS POR LA LIBERALIDAD CON QUE CARACTERIZARÍAN LA RESISTENCIA INESPERADA DE LA ARGENTINA A FORMAR DE LA ORIENTAL UN ESTADO INDEPENDIENTE” (Ernesto Quesada: “Archivo de la Familia Guido”) (resaltados nuestros).
                        
Es indignante el entreguismo de los comisionados. Finalmente se cumple el objetivo inglés con la firma de la Convención Preliminar de Paz, el 27 de agosto de 1828. Nada importaba la sangre derramada en Rincón, Sarandí, Juncal, Camacuá, Ituzaingó y en la conquista de las Misiones Orientales, episodio que había jaqueado al Imperio haciendo temblar a Pedro I. El General Fructuoso Rivera, que encabezó victoriosamente esa fulgurante campaña, mostró su indignación y así escribía a su amigo Gregorio Espinosa: “¡Qué gloria se han robado a la República Argentina!… Algún día saldrán los pueblos del letargo en que los tiene sumidos la embriaguez de una paz, la más ominosa y que jamás se podrá hacer otra cosa igual por mucho que se trabaje en imitarla…”, agregando: “Se corre precipitadamente a la Corte del Janeiro a ofrecer una paz humillante para el vencedor…”
                    
Fenecía la tercera década del siglo XIX. Ayacucho ya era historia y el heroico Brigadier Pedro Antonio de  Olañeta caía asesinado en el Alto Perú cuando continuaba la lucha para impedir que el Imperio de Isabel y Fernando, los Católicos Reyes del Yugo y las Flechas, cayese en manos de los mercaderes del Támesis.
                 
Era el formidable Sacro Imperio Romano Hispánico que, extendiéndose desde California hasta la Antártida, resistiendo durante trescientos años los ataques del enemigo, se hundía para convertirse en veinte republiquetas balcanizadas orbitando en el Imperio Británico. En el derrumbe, asimismo, nuestro Río de la Plata con Montevideo y la Banda Oriental serían convertidos por más de un siglo, en factoría informal de la City londinense, “Ad maiorem Gloriam Britania”.
                  
Luis Alfredo Andregnette Capurro
                                     

domingo, 3 de octubre de 2010

Fiesta del Santo Rosario

NUESTRA SEÑORA DEL
SANTÍSIMO ROSARIO
  
Solemnizamos hoy la Fiesta de Nuestra Señora del Santísimo Rosario, a cuya devoción está consagrado el mes de octubre.

Sabemos que todo el valor y eficacia del Santísimo Rosario radica en la excelencia de sus Oraciones y la meditación de sus Misterios.

Las Oraciones del Santo Rosario tienen aquella concisión, aquella fuerza y aquella simplicidad sin rodeos, tan propias del lenguaje divino.

Cada palabra nos hiere en un punto determinado, del cual brota el sentimiento que Dios pretende. Agradecimiento, esperanza, humildad, confianza en la infinita misericordia, van subiendo poco a poco del fondo de nuestra alma y se derraman por la superficie.

Y estas oraciones, repetidas con calma, forman un ritmo, una melodía en la cual descansa y se expansiona el corazón; en la cual se mecen y se suavizan nuestras tristezas.

Es la oración de la suavidad, la oración de las horas en que uno tiene necesidad de mirar al Cielo, la oración que tiene alas para elevar sin esfuerzo.

El Santo Rosario es la santificación de nuestros labios por las Oraciones divinas que nos hace repetir: la oración enseñada por Jesucristo: Padre Nuestro que estás en los cielos…; la oración del Ángel: Dios te salve, María…; la eterna oración del Cielo, la exaltación de la Santísima Trinidad: Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo…
  
  
El Padre Nuestro

De entre todas las fórmulas de oración, el Santo Rosario pone primero en nuestros labios la más divina y, por lo tanto, como hace notar Santo Tomás, la más humilde, la más confiada, la más ordenada y la más devota: el Padre Nuestro.

Admirable Oración Dominical, toda penetrada de humildad; de esta humildad verdadera, que no presume nada en las fuerzas humanas, que lo pide y lo espera todo de la virtud divina.

Sublime expresión de los más nobles y de los más justos deseos; norma de lo mejor que podemos desear.

Grito de fe y de inquebrantable confianza en la bondad del Padre celestial y en la mediación del Hijo que el Padre nos ha dado.

Gradación perfecta, que coloca el Cielo por encima de la tierra, que prefiere lo que ha de durar eternamente a lo que pasa con el tiempo, que nos hace desear ante todo el Reino de Dios y su justicia, y las demás cosas por añadidura.

Soberana devoción, mezcla de amor fiel a Dios y de amor paternal y lleno de misericordia para con el prójimo.

Oración divina que va directamente al Corazón de Dios, lo hiere, lo enternece y lo obliga a escuchar nuestros ruegos.
 
  
El Ave María

Para más asegurar su triunfo, he aquí que a la Oración Dominical, quince veces repetida, añada el Santo Rosario ciento cincuenta veces la Salutación Angélica, el Ave María.

En la economía de la gracia redentora, María Santísima es la Mediadora entre el género humano y su Salvador, el Canal de la Gracia, el Celeste Acueducto de las divinas misericordias.

Así pues, una vez conmovido y conquistado el Corazón de la Virgen María, el Corazón de Jesús se enternece, perdona y derrama sobre nosotros los tesoros de su amor.

Así como ninguna oración es más apta que el Padre Nuestro para tocar el Corazón de Dios, de la misma manera, ninguna es más apropiada que el Ave María para conmover el Corazón maternal y virginal de Nuestra Señora.

Cuando la Virgen la oyó por primera vez de labios del Arcángel San Gabriel, concibió en seguida, en sus purísimas entrañas el Verbo Divino, por la virtud del Espíritu Santo; y ahora, cada vez que una boca humana le repite estas palabras, su Corazón se conmueve al recordar aquel momento, que no ha tenido igual en el Cielo ni en la tierra.

“A cada Ave María que rezan los fieles, escribe Santa Gertrudis, tres arroyos procedentes del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, penetran con fuerza y suavidad en el Corazón de María; y, volviendo a su fuente, de tal manera deleitan a la Virgen, que este gozo se difunde sobre todos los Santos, sobre todos los Ángeles y cuantos le recuerdan esta salutación”.

Este derramamiento es para nosotros la efusión de los dones divinos obtenidos por las Ave Marías del Rosario.

Esta efusión es tanto más abundante y segura cuanto que el alma se impregna del espíritu de la Inmaculada Madre de Dios, penetra en la intimidad de Jesús, y acaba por vivir en una comunidad de pensamientos y de voluntades con sus divinos modelos.

Santo Domingo conoció admirablemente este poder del Corazón de María sobre el Corazón de Jesús, así como el ascendiente del corazón del simple cristiano sobre el Corazón de la Reina de los Cielos, por el Rosario.

Omnipotente el Santo Rosario sobre el Corazón de María y, por éste, sobre el Corazón de Jesús, también lo es sobre el corazón de quien lo reza y lo medita cual conviene.
  
  
El Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo
Es la principal y más antiquísima fórmula que utiliza la Iglesia para honrar a la Santísima Trinidad. Con ella se rinde a las tres Personas Divinas un homenaje de adoración, de honor, de reconocimiento y de amor a su Infinita grandeza.

No debemos olvidar que la glorificación de la Santísima Trinidad es el fin último y absoluto de toda oración y devoción.

El Santo Rosario es la santificación de nuestros pensamientos por la consideración de los divinos misterios: alabamos a Jesús honrando a María, y recordamos en nuestro interior todo el dogma revelado.

El Santo Rosario es, además, la sublime lección que nos da fuerza para todos los trances de la vida: misterios gozosos, misterios dolorosos, misterios gloriosos; pensamientos de amor, de fortaleza, de esperanza; todo lo que necesitamos en el decurso de nuestra existencia.

Omitir la consideración de los misterios, es no rezar el Rosario, pues esta meditación es de todo punto esencial; es su alma, su encanto y su hermosura, y lo que hace del Rosario una oración agradable a todos. Si el Santo Rosario nos aburre o fatiga es porque no meditamos sus arcanos.

Sin duda que su fondo, insondable a los mismos Ángeles, siempre permanecerá oculto; pero, si se aporta a la meditación un alma recta y sincera, cada día Dios le descubrirá bellezas hasta entonces no advertidas, maravillas insospechadas en el simple relato de los grandes acontecimientos que constituyen las fases principales de la vida del Verbo Encarnado y de nuestra Redención.

En esto estriba la verdadera riqueza del Rosario y la verdadera explicación de su extraordinaria eficacia.

Ya se halle nuestro corazón agitado o turbado, conmovido o arrebatado, alentado o abatido, entusiasmado u oprimido, siempre encontrará, en una u otra de las tres partes del Rosario, un sentido que estará en armonía con el momento actual de su espíritu.

El dolor más profundo y el goce más vivo, los lamentos más desgarradores y los transportes de júbilo más ruidosos, el agradecimiento más expresivo, las angustias del temor y las dulzuras de la esperanza, la sequedad espiritual más árida y los movimientos más elevados del alma, el sentimiento más aplastante del abandono de Dios y las delicias anticipadas del Cielo, todo, en una palabra, tiene su eco en el Santo Rosario; todos los latidos de nuestro corazón hallan en Él adecuada respuesta.

Jamás, cuando lo hemos rezado bien, lo dejamos sin gustar una satisfacción muy íntima; pues, gracias a Él, encontramos en la vida de Jesús y de María algunos rasgos semejantes de lo que pasa dentro de nosotros.

De manera que después de haberlo rezado nos levantamos, ya confundidos, ya consolados; ya más tranquilos, más exaltados, más alentados o más fortalecidos.

Estos son los efectos que produce la simple consideración de los misterios del Rosario; los cuales  encierran, para quien cree, ama y espera, todo cuanto puede hacerlo feliz en el tiempo y en la eternidad.

Sean cuales fueren nuestras necesidades, nuestras penas, nuestras disposiciones, siempre que recurrimos al Santo Rosario, encontramos en Él lo que necesitamos.

Mientras recorremos las cuentas del Rosario, repitiendo el Ave María, pidamos a la Virgen la gracia de conocer mejor a Jesucristo.

Ella, el testigo más clarividente de toda su vida, de su muerte y de sus triunfos; Ella, que sin cesar meditaba en su Corazón los grandes misterios que se cumplían ante sus propios ojos; Ella, que penetraba hasta lo más íntimo del Corazón y del Alma de Cristo; no se negará, pues, a dárnoslo a conocer y a hacérnoslo amar.

Esta es su misión, el darnos a conocer a Jesús y el conducirnos a Él.
  
  
Las Letanías
Después de contemplar los misterios de la vida de Jesús y de Nuestra Señora con el Padre Nuestro, el Ave María y el Gloria Patri, terminamos el Santo Rosario con la Letanía Lauretana.

Letanía es una palabra griega que significa oración, especialmente oración hecha en común. Significa también procesión, porque esta manera de orar se usa en las procesiones.

El origen de las letanías se remonta a los primeros siglos del cristianismo. Eran oraciones breves, dialogadas entre los miembros del clero y el pueblo fiel, y tenían un especial carácter de invocación a la misericordia divina.

Al principio se dirigían al Señor, pero muy pronto surgieron también las invocaciones a la Virgen Santísima y a los Santos.

Las primicias de las Letanías Marianas son los elogios llenos de amor de los cristianos a su Madre del Cielo y las expresiones de admiración de los Santos Padres, especialmente en Oriente.

Las que actualmente se rezan en el Santo Rosario comenzaron a cantarse solemnemente en el Santuario de Loreto hacia el año 1500; de donde procede el nombre de Letanía Lauretana; pero recogen una tradición antiquísima, y desde allí se extendieron a toda la Iglesia.

La Letanía Lauretana se compone de una serie de invocaciones a María Santísima; son títulos de honor que los Santos Padres le dieron, designaciones que se fundan principalmente en la única e incomunicable dignidad de la Maternidad Divina de María Santísima.

Con ellos honramos su persona e invocamos su poderosa intercesión.

Recitar la Letanía es ante todo dar gloria a Dios que tanto ensalzó a su Madre Santísima; es darle gracias a Ella y por Ella. Es alabarla, admirarla y pedirle su protección; es reconocer y meditar sus virtudes; movernos a imitarla, en cuanto es posible a nuestra humana debilidad; es pedir a Dios y a Ella gracia y protección para llevar a cabo lo que es imposible a nuestras propias fuerzas.

La letanía es una oración corta y muy fácil para quien la medita; es una oración rica de santos pensamientos y de afectos sobrenaturales.

Cada título es una jaculatoria llena de amor que dirigimos a la Virgen Santísima y nos muestra un aspecto de la riqueza del alma de Nuestra Madre.

Estas invocaciones se agrupan según las principales verdades marianas, y se distinguen seis categorías:

1ª) Las tres primeras abarcan, en resumen, todas sus grandezas.
2ª) Siguen sus atributos como Madre de Dios.
3ª) Se saluda luego la Virginidad perpetua de María.
4ª) Su Ejemplaridad y sus Prerrogativas son representadas por hermosas imágenes o símbolos bien apropiados.
5ª) A continuación se exalta su Mediación Universal y sus relaciones con la Iglesia Militante.
6ª) Finalmente, se celebra su Realeza Universal y su gloria en la Iglesia triunfante.

Cada una de estas verdades, títulos o advocaciones principales viene expresada en la primera aclamación de cada categoría, y es desarrollada a continuación.

Al detenernos lentamente en cada una de estas advocaciones podemos maravillarnos de la riqueza espiritual, casi infinita, con que Dios ha adornado a su Madre Virginal.

Nos produce una inmensa alegría tener una Madre así, y se lo decimos muchas veces, porque el amor nunca se cansa de expresarse y de manifestarse.

Cada una de las advocaciones de las letanías nos puede servir como una jaculatoria en la que le decimos lo mucho que la amamos, lo mucho que la admiramos, lo mucho que la necesitamos.

Detengámonos hoy sobre cuatro de estas Letanías, las que resumen su Mediación y a las cuales acudimos en nuestra condición de pobres miserables: Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, Consuelo de los afligidos y Auxilio de los cristianos.
  
  
Salud de los enfermos
El pecado original introdujo en el mundo la enfermedad y la muerte.

Tenemos a la Santísima Virgen María, Salud de los enfermos, que nos ayuda y conforta en esos momentos difíciles.

Ella intercede por nosotros ante todo para alcanzar, mantener o recuperar la salud del alma.

Pero también estamos sujetos a enfermedades que nos hacen sufrir y, finalmente, conducen a la muerte.

Si en cada circunstancia de la vida necesitamos la ayuda de Dios y el socorro y protección de María, la asistencia es mayor y urgente en la enfermedad.

El amor maternal de María, amor vigilante y solícito cuando sus hijos están afligidos por la enfermedad, hará más llevadera la pena y nos ayudará a sobrenaturalizarla, convirtiéndola en meritoria.

Son innumerables los testimonios de curaciones milagrosas que se encuentran en casi todos los Santuarios Marianos de la tierra. Esos ex votos son muestras de la gratitud a Quien llamamos Salud de los enfermos.

Pero incluso, si la gracia solicitada no fuese concedida, ¡cuánta resignación y conformidad cristiana ha hecho nacer es las almas! ¡Cuánta fortaleza y confianza! ¡Cuánta luz para hacer comprender la función providencial y benéfica del dolor! ¡Qué ejemplo de identificación con su Divino Hijo crucificado!

Muchas veces, no es la salud del cuerpo, sino la del alma la que el enfermo recupera, empleando bien luego el tiempo para su salvación.

Los ejemplos de las conversiones obtenidas también en el lecho de muerte, manifiestan la bondad inagotable y la poderosa intercesión de María.

Pidamos a Nuestra Señora, Salud de los enfermos, nos asista en todas las enfermedades que padecemos y padeceremos, pero especialmente en la postrera, para que nos alcance la perseverancia final y la gracia de una buena muerte.
  
  
Refugio de los pecadores
Por el pecado ha entrado la enfermedad y la muerte en este mundo. Es, pues, el pecado el más temible y principal enemigo del alma.

María Santísima es Refugio de los pecadores, no para que escapen fácil e impunemente de la justicia Divina, sino que por Ella y en Ella ejerza su infinita misericordia divina, que desea ante todo la conversión de los pecadores.

Dos gracias principales son necesarias a un pecador para alcanzar la futura bienaventuranza: la conversión o el perdón de los pecados y la perseverancia en el bien.

Ambas gracias nos alcanzará la Santísima Virgen María, Refugio de los pecadores, si se lo pedimos continuamente y si cumplimos con todo lo que Ella nos pida.
  
  
Consuelo de los afligidos
El pecado nos arrojó del Paraíso y nos precipitó en este valle de lágrimas, en el cual padecemos la enfermedad del alma, el pecado, y la enfermedad del cuerpo, el sufrimiento físico y la muerte.

Además, nuestra vida se compone de un sin fin de tribulaciones y aflicciones, que turban nuestro corazón y nos sumergen en la tristeza.

La Santísima Virgen María, si recurrimos a Ella con confianza, nos consuela en nuestras pesadumbres y tribulaciones. Ella es Consuelo de los afligidos.

Ella quiere y puede consolarnos en nuestras penas y dolores, porque hace suyas nuestras congojas, se apropia nuestro dolor, y nos enseña el valor del sufrimiento y la manera meritoria de sufrir, para nuestra propia salvación y la salvación de muchas almas.
  
  
Auxilio de los cristianos
El Corazón de la Virgen María cobija a enfermos, pecadores y afligidos que recurren a Ella con confianza.

Pero Ella es particularmente poderosa defensora de la Iglesia contra todos los enemigos de todos los tiempos, tanto los externos, como los internos.

Los enemigos externos son los que, no perteneciendo a la Iglesia, la atacan y pretenden destruir la fe y el culto que Ella enseña y practica.

Los enemigos internos son aquellos que, cual cizaña sembrada en el campo del padre de familia, sofocan la verdad, introducen el error, desnaturalizan la liturgia… llevan a cabo la autodemolición de la Iglesia…

El nombre de Auxiliadora se le daba ya a la Virgen María en el año 1030, en Ucrania, por haber liberado aquella región de la invasión de las tribus paganas.

Hacia el año 1558 ya figuraba este título en las letanías que se acostumbran recitar en el Santuario de Loreto.

Esta advocación se impuso con ímpetu y fervor ante la invasión de los turcos, en 1571, cuando el gran San Pío V la invocó como María Auxiliadora de los Cristianos.

La Cristiandad siguió invocándola de este modo, ya los Príncipes católicos de Alemania fieles al catolicismo frente a las tesis protestantes; ya frente a las invasiones turcas sobre Viena en el siglo XVII; ya ante los caprichos de Napoleón Bonaparte, que desterró al Papa Pío VII, quien con motivo de su liberación quiso en 1814 instituir en el 24 de mayo su fiesta litúrgica.

Sin duda, fue con San Juan Bosco, el Santo de María Auxiliadora, que esta advocación mariana encontró el mejor exponente para su desarrollo y popularidad.

En 1862, de Don Bosco declara: “La Virgen quiere que la honremos con el título de Auxiliadora. Los tiempos que corren son tan aciagos que tenemos necesidad de que la Virgen nos ayude a conservar y a defender la fe cristiana”.

Esos tiempos no han cambiado, sino que son cada día más aciagos. Por lo tanto, debemos recurrir a Nuestra Señora e invocarla: ¡Auxilio de los cristianos, ruega por nosotros!

Al finalizar estas consideraciones, que sea nuestro propósito santificar bien este mes de octubre, rezando diariamente el Santísimo Rosario para honrar a Nuestra Señora y para alcanzar de Ella todas las gracias que necesitamos.
                           

sábado, 2 de octubre de 2010

Plan K

PATTI
                                  
Hace algún tiempo decíamos que el número cada vez mayor de muertos entre los presos políticos en nuestro país respondía a un “plan sistemático de exterminio” tan claro y evidente como siniestro. El plan dispuesto y avalado por el gobierno K para eliminar a quienes en determinado momento habían enfrentado de alguna manera al terrorismo revolucionario.
       
Los soviets de la época stalinista contaban entre otras muchas atrocidades con el soporte de un médico, el doctor la muerte, que pasaba los días ensayando venenos que fueran difíciles de rastrear para ser utilizados —él mismo los administraba— entre los enemigos del régimen.
        
Los soviets de la época K recurren en cambio a las cárceles criollas no menos pestilentes que el Estado que las controla, pero el fin no difiere, en efecto se trata de matar a los presos políticos que van amontonando en ese submundo de la vergüenza K. Y donde ya no es necesario veneno alguno, porque ahora el método es el abandono.
        
Es que en cierto modo, y aunque Perón haya querido tomar distancia, siguen obedeciendo algunas de sus consignas, como aquella: “al enemigo ni justicia” que cumplen a rajatabla.
          
Han cancelado la cosa juzgada, han hecho retroactiva la ley penal, han borrado indultos ignorando la ley más benigna, han creado delitos, prejuzgado, e inventado tantos falsos testigos como les vino en gana, etc., etc. Es decir han convertido a los juicios en parodias como demostraron, con autoridad, los miembros de la Asociación de Abogados por la Concordia y la Justicia.
         
Pero todo esto con ser demasiado les pareció poco y entonces dispusieron las más  inhumanas condiciones carcelarias, entre las que incluyeron asistencia médica pero, eso si, asistencia como aquella de los GULAG, o de las prisiones cubanas. O sea  el médico en su nuevo rol de  funcionario del estado totalitario, donde ya no trata de curar, sino que en adelante será disciplinado operador del régimen.
           
Aunque, sería inexacto afirmar que estas cosas suceden tan solo por decisión del estado K. La realidad dice que, salvo alguna honrosa excepción personal, el resto de la estructura partidocrática del país consintió  que estas arbitrarias persecuciones y encarcelamientos y parodias judiciales se llevaran a cabo sin la más mínima objeción.
              
No hay dudas tampoco, que la cosa no hubiese llegado a estos extremos sin las otras dos grandes complicidades. La primera y esencial, de la justicia, partícipe hasta la repugnancia en estas atrocidades y luego los medios que dispusieron que esto fuese cosa juzgada y condenada desde el inicio.
             
En estos días  todos hemos visto un ejemplo más de esta denigrante persecución política a la que llaman justicia. Hemos visto llegar en camilla a la sala de audiencias a Luis Patti con quien se han cometido todas y cada una de las aberraciones legales posibles. Patti quien sufrió un grave accidente cerebrovascular y permanece con secuelas no menos graves; fue en su momento juzgado, absuelto, avalado por la justicia para ocupar cargos públicos, elegido diputado, impedido de asumir por el guardián de la democracia —Bonaso— y por fin encarcelado y vuelto a juzgar por las mismas causas, etc., etc. ¡Todas estas aberraciones fueron posibles por la complicidad de buena parte de los llamados diputados opositores!
            
Santo Tomás enseña que la justicia alejada de la misericordia es cruel. Cuanta más crueldad se manifiesta en este caso donde no sólo hay injusticia sino muy claramente venganza y odio.
           
Ya hay más de cien muertos entre los presos políticos del régimen K y ayer Patti, golpeado duramente por la enfermedad, en una escena estremecedora fue brutalmente obligado a ir a los tribunales.
            
Es que no ocultan nada, son las mismas hienas de siempre que al mismo tiempo que  hablan de derechos humanos, en ese momento —una vez más— atentan  bestialmente contra  la vida.
          
Algo debe estar profundamente degradado, algún esencial vínculo con el honor y la dignidad humana se quebraron en la sociedad argentina, como para permitirnos asistir a ese instante horroroso sin, por lo menos, gritar; o para que contemos los muertos sin detenernos e inclinar la cabeza.
            
Próximo a su fin Wilde escribió aquello de “Donde hay dolor, es lugar sagrado”, los argentinos hemos violado ese lugar  de casi todas las maneras imaginables, pero como decía Belgrano después de la derrota: nos queda la justicia de la causa y la bandera… y no abandono su puesto.
           
Es tiempo de rebelarse, podríamos comenzar hoy 29 de setiembre, rogándole a San Miguel Arcángel en su día “defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad…”
                 
Miguel De Lorenzo
              

viernes, 1 de octubre de 2010

1º de octubre, Día de Caudillo

FRANCISCO FRANCO:
CAUDILLO

                                                      
El terror lo abarca todo,
los más valientes vacilan,
surge el pánico. ¡De pronto,
en el negro abismo, brilla
una luz! La pobre España
hacia ella va. Llama, grita…
                                      
¡Y el gran soñador de imperios
surge y responde! Rutila,
centelleante, su tizona;
su voz convoca de prisa
al pueblo honrado. Se agrupa
una juventud magnífica
tras el fiel enamorado
de esta España dolorida.
                  
¡Francisco Franco, Cruzado
de Occidente, no vacila
y se enfrenta con la horda
malvada, cobarde y cínica!
El choque es duro y terrible.
El enemigo asesina,
roba, destruye y asola…
              
Pero la raza magnífica
—con aliento sobrehumano
que en sus entrañas palpita—,
escucha la voz de Franco,
que llama a la Reconquista
—en una mano la Cruz,
la Espada en la otra cogida
y la Fe en el corazón—,
y, entonces, ya no vacila.
Contra el alud invasor
en alud triunfal replica,
y a las hordas sanguinarias
las combate y aniquila…
              
Vuelve en España la paz,
el Honor y la Justicia,
la Cruz de Cristo a su Trono
e, imponente, se perfila
un nuevo Imperio español,
renaciendo de cenizas…
               
¡Francisco Franco, Cruzado
de estirpe casi divina,
Forjador de un nuevo pueblo,
Genio de la Reconquista!
Aquél tu sueño de Imperio,
hoy, por fin, se realiza.
           
¡Imperio de Dios, de Patria,
de Espíritu! Trilogía
que tu genio ha conseguido
de la española familia.
Tu nombre es un rezo. “¡Franco,
Franco, Franco!” —España grita—.
        
¡Y este grito es Esperanza,
Fe, Deber, Amor, Consigna
que, ciegamente, obedece,
España, la Redimida…!
           
Jaime de Pascual Villanova