domingo, 23 de agosto de 2009

Homilía sobre la Divina Providencia


LA CONFIANZA
EN LA PROVIDENCIA


La voluntad del hombre es por extremo suspicaz, de suerte que por regla general sólo se fía de sí mismo y teme siempre, por lo que atañe a sí propio, del poder y de la voluntad de otro. Lo que se posee de más precioso, fortuna, honor, reputación, salud, la vida misma, jamás se deposita en manos de otro, a menos de tener una gran confianza en él. Para el ejercicio de la caridad y del santo abandono, es, pues, necesaria una plena confianza en Dios.

La sabiduría del hombre es muy limitada en sus horizontes; su voluntad es débil, mudable y sujeta a mil desfallecimientos y, por consiguiente, en vez de tener confianza en nuestras propias luces y de desconfiar de todos, incluso de Dios, debiéramos suplicarle, importunarle para que se haga su voluntad y no la nuestra, porque su voluntad es buena, buena en sí misma, benéfica para nosotros, buena como lo es Dios y forzosamente benéfica.


¿Quién es aquel que vela sobre nosotros con amor y que dispone de nosotros por su Providencia? Es el Dios bueno. Es bueno de manera tal, que es la bondad por esencia y la caridad misma, y, en este sentido, “nadie es bueno sino Dios”. Santos ha habido que han participado maravillosamente de esta bondad divina, y, sin embargo, los mejores de entre los hombres no han tenido sino un riachuelo, un arroyo o a lo más un río de bondad, mientras que Dios es el océano de bondad, una bondad inagotable y sin límites. Después que haya derramado sobre nosotros beneficios casi innumerables, no hemos de suponerle ni fatigado por su expansión ni empobrecido por sus dones; quédale aún bondad hasta lo infinito para poder gastarla. A decir verdad, cuanto más da, más se enriquece, pues consigue ser mejor conocido, amado y servido, al menos por los corazones nobles. Es bueno para todos: “hace brillar su sol sobre los buenos y los malos, hace caer la lluvia sobre los justos y los pecadores” (Profeta Miqueas). No se cansa de ser bueno, y a la multitud de nuestras faltas opone “la multitud de sus misericordias” para conquistarnos a fuerza de bondades. Es necesario que castigue, porque es infinitamente justo como es infinitamente bueno; mas, “en su misma vida no olvida la misericordia” (Profeta Habacuc).

Este Dios tan bueno es “nuestro Padre que está en los cielos”. Como estima tanto este título de Dios bueno y nos recuerda hasta la saciedad sus misericordias, por lo mismo le gusta proclamarse nuestro Padre. Siendo El tan grande y tan santo y nosotros tan pequeños y pecadores, hubiéramos tenido miedo de Él; para ganarse nuestra confianza y nuestro afecto, no cesa de recordarnos en los libros santos, que Él es nuestro Padre y el Dios de las misericordias. “De Él deriva toda paternidad en el cielo y en la tierra” (San Pablo) y ninguno es padre como nuestro Padre de los cielos. Él es Padre por abnegación, madre por la ternura. En la tierra nada hay comparable al corazón de una madre por el olvido de sí, el afecto profundo, la misericordia incansable; nada inspira tanta confianza y abandono. Y, sin embargo, Dios sobrepasa infinitamente para nosotros a la mejor de las madres. “¿Puede una madre olvidar a su hijo, y no apiadarse del fruto de sus entrañas?, pues aunque se olvidara, yo no me olvidaré de vosotros” (Isaías). El que ha amado al mundo hasta el extremo de darle su Hijo unigénito, ¿qué nos podrá negar? Sabe mejor que nosotros lo que necesitamos para el cuerpo y para el alma; quiere ser rogado, tan sólo nos echará en cara el no haber suplicado bastante, y no dará una piedra a su hijo que le pide pan. Si es preciso que se muestre severo para impedir que corramos a nuestra perdición, su corazón es quien arma su brazo; cuenta los golpes y en cuanto lo juzgue oportuno, enjugará nuestras lágrimas y derramará el bálsamo sobre la herida. Creamos en el amor de Dios para con nosotros y no dudemos jamás del corazón de nuestro Padre.

Es nuestro Redentor, que vela sobre nosotros; es más que un hermano, más que un amigo incomparable, es el médico de nuestras almas, nuestro Salvador por voluntad propia. Ha venido a “salvar el mundo de sus pecados”, curar las dolencias espirituales, traernos “la vida y una vida más abundante”, “encender sobre la tierra el fuego del cielo”. Salvarnos, he aquí su misión; salir bien en esta misión, he aquí su gloria y su dicha. ¿Podrá Él no sentir interés por nosotros? Su vida de trabajos y humillaciones, su cuerpo surcado de heridas, su alma llena de dolor, el calvario y el altar, todo nos muestra que ha hecho por nosotros locuras de amor. ¡Nos ha adquirido a tan alto precio! ¿Cómo no le hemos de ser queridos? ¿En quién pudiéramos tener confianza, si no en este dulce Salvador, sin el cual estaríamos perdidos? Por otra parte, ¿no es Él el Esposo de nuestras almas? Abnegado, tierno y misericordioso para con cada una, ama con marcada dilección a aquellas que todo lo han dejado por adherirse sólo a Él. Tiene sus delicias en verlas cerca de su tabernáculo y vivir con ellas en la más dulce intimidad.


Cuando os hallareis en la aflicción —dice el Padre de la Colombière—, considerad que el autor de ella es Aquel mismo que ha querido pasar toda su vida en los dolores, para con ellos poder preservarnos de los eternos; Aquel cuyo ángel está siempre a nuestro lado vigilando por orden suya sobre todos nuestros caminos; Aquel que ruega sin cesar sobre nuestros altares y se sacrifica mil veces al día en favor nuestro; Aquel que viene a nosotros con tanta bondad en el sacramento de la Eucaristía; Aquel para quien no existe otro placer que unirse a nosotros.


— Pero me hiere cruelmente, deja caer su pesada mano sobre mí.


— ¿Qué podéis temer de una mano agujereada, que se dejó atar a la cruz por nosotros?


— Me parece andar por un camino erizado de espinas.


— Pero si no hay otro para ir al cielo, ¿preferirías perecer siempre antes que sufrir durante unos momentos? ¿No es éste el mismo camino que Él ha seguido antes de vosotros y por vosotros? ¿Podréis encontrar una espina que Él no haya enrojecido con su sangre?


— Me ofrece un cáliz lleno de amargura.


— Sí, pero recordad que es vuestro Redentor quien os lo presenta. Amándoos como os ama, ¿podría resolverse a trataros con rigor, si no hubiera para ello una utilidad extraordinaria o una urgente necesidad?


Siendo como es bueno y santo, no obra sobre nosotros sino con los fines más nobles y beneficiosos. Su objeto es y será indefectiblemente uno: la gloria de Dios. “El Señor ha hecho todas las cosas para sí mismo”, nos dice la Escritura, y no hemos de lamentarnos por esto, pues esta gloria no es otra cosa que la alegría de darnos la eterna felicidad. Teniendo el universo por fin la glorificación de Dios mediante la beatificación de la criatura racional, síguese que en un plan secundario el fin de todas las cosas, al menos sobre la tierra, es la Iglesia Católica, pues ella es la madre de la Salvación. Todas las cosas terrestres, todas, hasta las persecuciones, están hechas o permitidas por Dios para el mayor bien de la Iglesia. Y en la misma Iglesia, todo está ordenado con miras al bien de los elegidos, ya que la gloria de Dios aquí abajo se identifica con la salvación eterna del hombre, de lo cual hemos de concluir que en un tercer plano, el término invariable de las evoluciones y revoluciones de aquí abajo, no es otro que la llegada de los elegidos a su eterno destino; tanto es así, que tal vez nos sea dado ver en el cielo países enteros, removidos por la salvación de un grupo de elegidos. ¿No es cosa loable ver a Dios gobernar al mundo con el único fin de hacer seres felices y regocijarse en ellos?

La voluntad de Dios es, por tanto, la santificación de las almas. No existe un solo segundo en que, en un punto cualquiera del universo, se le pueda sorprender ocupado en otra cosa. He aquí la razón de todos estos acontecimientos grandes y pequeños que agitan en diversos sentidos las naciones, las familias, la vida privada. He aquí por qué Dios me quiere hoy enfermo, contradicho, humillado, olvidado, por qué me proporciona este encuentro feliz, me ofrece esta dificultad, me hace chocar contra esta piedra y me entrega a esta tentación.

Todos estos procedimientos los determina su amor, su deseo de mi mayor bien. ¿Con qué confianza y docilidad no debiéramos dejarnos hacer y corresponder si comprendiéramos mejor sus misericordiosos caminos? Tanto más, cuanto que sin cesar pone al servicio de su paternal bondad un poder infinito, una sabiduría intachable. Conoce, en efecto, el fin particular de cada alma, el grado de gloria a que la destina en el cielo, la medida de santidad que la tiene preparada. Para llegar al término y a la perfección sabe qué caminos ha de seguir, por cuáles pruebas ha de atravesar, qué humillaciones ha de sufrir.


En estos mil acontecimientos de que estará formada la trama de su existencia, la Providencia es la que tiene el hilo y lo dirige todo al fin propuesto. Del lado de Dios que lo dispone nada viene que no sea luz, sabiduría, gracia, amor y salvación. Porque siendo infinitamente poderoso, puede todo cuanto quiere. Él es el dueño, tiene en su poder la vida y la muerte, conduce a las puertas del sepulcro y saca de él. Hay en nosotros sombras y claridades, tiempo de paz y tiempo de aflicción; hay bienes y males; todo viene de Él, no hay absolutamente nada de que su Voluntad no sea dueña soberana. Hace todo según su libre consejo, y si una vez ha decretado salvar a Israel, nadie hay que pueda oponerse a su voluntad, nadie que pueda hacerle variar sus designios; contra el Señor no hay sabiduría, ni prudencia, ni profundidad de consejos.


Bien es verdad que dispone de los seres racionales respetando su libre albedrío. Pueden, pues, oponer su voluntad a la suya, y parece que la tienen en jaque. Mas en realidad, la resistencia de unos y la obediencia de otros le son conocidas desde toda la eternidad, y las tuvo en cuenta al determinar sus planes; halla en los recursos infinitos de su omnipotente Sabiduría la mayor facilidad para cambiar los obstáculos en medios, a fin de hacer servir a nuestro bien las maquinaciones que el infierno y los hombres traman para perdernos. “Lo que yo he resuelto —dice el Señor en Isaías— permanecerá estable, mi voluntad se cumplirá en todas las cosas”. Obrad como queráis, es necesario que la voluntad de Dios se ejecute; os dejará obrar según vuestro libre albedrío, reservándose el dar a cada uno según sus obras; mas todos los medios que podáis emplear para eludir sus designios, Él sabrá hacerlos servir para el cumplimiento de estos mismos.

Entonces, ¿qué podemos temer?, ¿qué no debemos esperar siendo hijos de un Padre tan rico en bondad para amarnos y en voluntad para salvarnos, tan sabio para disponer los medios convenientes a este fin y tan moderado para aplicarlos, tan bueno para querer, tan perspicaz para ordenar, tan prudente para ejecutar?


Dom Vital Lehodey, O.S.B.
(tomado de su libro “El Santo Abandono”)

viernes, 21 de agosto de 2009

¿Qué es y qué hace la «Cienciología»?


UN EXPERTO RESPONDE

Declaraciones del padre Manuel Guerra Gómez

MADRID, domingo, 3 octubre 2004 (ZENIT.org).- «Una psicotécnica que ha sido convertida en religión, pero una religión en la que no hay fe y no se ora»: así describe Manuel Guerra Gómez --autor del «Diccionario enciclopédico de las sectas» (Ed. Biblioteca de Autores Cristianos)-- la «Iglesia de la Cienciología», que en septiembre pasado inauguró en la capital española su nueva sede.

Profesor emérito en Historia de las Religiones de la Facultad de Teología del Norte de España (sede de Burgos), Guerra declaró a la agencia Veritas que en los «templos» de la «Cienciología» «no se entra a orar a Dios, sino a hacer la auditación, a ver las técnicas y a ponerse de acuerdo sus miembros para organizar actividades".

Con palabras de la propia «Iglesia de la Cienciología», «es una religión que no requiere fe ni creencia. No es algo qué creer, sino algo qué hacer; es por lo tanto una filosofía religiosa aplicada. Por medio de la mente tienen confianza en uno mismo y se convierten en "superhombres"», apunta.

«La Cienciología --prosigue-- cree que, desarrollando las fuerzas o potencialidades ocultas de la mente humana, el hombre conseguirá salvarse a sí mismo».

«Curiosamente, usan términos cristianos vaciados de su sentido» --destaca--, tales como «iglesia», «jerarquía eclesiástica», «capellán» o «feligrés».

De acuerdo con Guerra, los «cienciólogos» «tienen ritos de matrimonio, funerarios, de imposición del nombre, reuniones semanales celebradas en domingo, etc. Suelen ir vestidos de clergyman, y en las ceremonias usan una especie de sotana un poco más corta, con una especie de pectoral. Eso desorienta a la gente y hace que parezca más próximo al cristianismo, pero no lo es».

Cuando se entra en la «Cienciología» «realizan el .auditing., o sea, una especie de entrevista en la cual el "auditor (oyente)" asesora al que recibe la auditación por medio del diálogo y sobre todo del aparato E-Metro. Como todo queda grabado, luego se puede volver contra ti si en una crisis quieres dejar el grupo», alerta el experto en sectas.

Además «se reciben una serie de cursos numerosos y cada vez más caros. Un francés, ante la enorme presión económica por su deuda, se suicidó --recuerda--. Su esposa, Nelly Vic, acusó en 1996 a Jean J.Mazieer, líder de la .Cienciología. en Lyon, quien fue condenado a 18 meses de cárcel».

Para Guerra, la «Cienciología» es secta porque «secta es un grupo autónomo, no cristiano, fanáticamente proselitista, exaltador del esfuerzo personal y que espera un cambio maravilloso de la Humanidad o del individuo».

«En el caso de la .Cienciología., este cambio maravilloso del individuo es que pasa del hombre al superhombre. Además, lo adornan con un aspecto casi místico, porque el hombre no se compone sólo de cuerpo y alma, sino de cuerpo, mente y .thetan., que es el cuerpo energético, etérico o astral. Sus ejercicios consisten en separar ese supuesto "cuerpo energético o astral" del físico"», explica.

Entre los elementos que la hacen «incompatible con la fe católica», señala que los seguidores de la «Cienciología» creen en la reencarnación de las almas y que «el alma se va purificando a base de esfuerzo personal». Aclara igualmente que el dios en el que creen «no influye ni en la vida de los hombres ni en la historia de los pueblos».

Sobre las razones por las que tiene tanto poder de atracción en actores estadounidenses, indica que «estos actores están muy estresados, y la .Iglesia de la Cienciología., por medio de la dianética, igual que otros métodos de potencialidad humana, hace que esas personas tengan confianza en sí mismas. Además, tiene una eficacia inmediata y ningún compromiso humano moral, porque como el dios en el que creen no interviene ni en la vida ni en la historia, pueden tener el código moral que ellos quieran», aclara.

Dicho «código moral» tiene 21 preceptos, entre ellos «sé moderado», «no asesines» y «trata de no hacer a otros lo que no quieres que te hagan a ti», prosigue.

Se trata asimismo de un credo «utilitarista, pragmático, cuyo lema es que lo que no es útil para uno, no sirve». «En esto influye mucho el pragmatismo chino, ya que L. Ronald Hubbart, el fundador, conoció el budismo cuando estuvo en China», recalca Guerra.

Éste también informó de que la Iglesia de la «Cienciología» ha sido prohibida en Alemania, en Francia y en Grecia: «En Alemania este rechazo comenzó con un boicot a la película "Misión Imposible", cuyos beneficios de taquilla pasaban en parte a sus fondos. El gobierno alemán, en un informe de 1996, la calificaba como muy peligrosa y con tendencia totalitaria. En 1993 el gobierno de los Estados Unidos le reconoció los mismos derechos y situación jurídica que las Iglesias y confesiones tradicionales».

miércoles, 19 de agosto de 2009

Obituarios


BENEDETTI:
PLUMÍFERO TERRORISTA

La muerte, hace pocos meses, del escribidor terrorista Mario Orlando Hamlet Ardí Brenno Benedetti Farugia, nos ha permitido aquilatar que la fuerza más importante y eficiente de la desinformación es la difusión en masa de ideas y juicios.

No tiene importancia que ellas y ellos sean burdos o un grosero producto de la dialéctica sofisticada. Todo desaparece alegremente en esta era de la multiplicación por la repetición. Sea cierto o falso, las masas “soberanas” aceptan lo que se reitera sin tasa ni medida por lo medios de comunicación, que responden a intereses inconfesables emanados de salones denominados “Pasos Perdidos” o de los más profundos dameros carbonarios.

Por cierto que al redactar esto no estamos mostrando lo inédito. Deseamos señalar lo paradojal. El fenómeno se está dando como nunca en la historia de sociedades que se jactan de racionalistas pero con una enorme gama de neurosis y complejos.

Las ideas “prefabricadas” aprovechan la tendencia humana al menor esfuerzo y hacen injerir intelectualmente al “hombre masa” lo que no analiza. Van cesando las funciones intelectivas y así como en las fisiológicas provoca atrofia. Queda en evidencia cuando la necesidad obliga a un esfuerzo. El intelecto resulta incapaz de llevarlo a buen término. El martilleo intelectual hace estragos. Pronto no habrá ser humano capaz de resistir el estado de animalidad e idiotez a que nos lleva el asaeteo relampagueante de periódicos, revistas, radio, cine y TV, coincidiendo el zurdaje y “la derechona” como decía gráficamente José Antonio.

Hace más de un siglo Charles Maurras escribía: “Así pues, si la mentira liberal se difunde en toda la tierra, el anarquismo y la democracia universal difunden la Panbootie anunciada por Renán y emergen en la época actual los bárbaros de las profundidades que predijo Macaulay, entonces el hombre podrá desaparecer como ente humano, tal como desparecerán la configuración del francés del griego o del latino”.

Lo políticamente correcto está en el aporte decisivo de Gramsci vuelto código de operaciones por el neo-marxi-leninismo. Ello implica que en estas sociedades no será posible la toma del poder político sin manejar el poder cultural.

Los lectores comprenderán que no puedo ampliar más esta importante cuestión digna de un estudio solamente a ella dedicado. Por ello voy a limitarme a invitarlos a una simple prueba a mano de cualquiera.

Tomemos los periódicos posteriores al 17 de mayo fecha de la muerte del “genio” que nos ocupa y veremos que por los medios nacionales e internacionales se desparramó una avalancha de laudatorios juicios no sólo sobre los escritos, sino también respecto a su postura ideológica ante la vida. Un aluvión inundó Montevideo de lacrimógenos recordatorios. Nadie recordaba tanta mediocre poesía leída en programas de radio y televisión.

Lamentablemente mal parido en esta bendita tierra (14 de setiembre de 1920) que mereció mejor suerte, pues vio alumbrar a grandes como Acevedo Díaz, Herrera y Reissig, Zorrilla de San Martín, Reyles, Roxlo, Juana de Ibarbourou…

El veinteañero “poeta” comenzó su “camino literario” en la década del ´40 con un estruendoso fracaso titulado “La Víspera Indeleble”. En 1956 publicó “uno de su títulos más reconocidos”: “Poemas de Oficina”.
Allí encontramos el titulado “Oh”, cuya emotividad burocrática damos traslado al lector: “Jefe usted está aburrido / aburrido de veras / hace veinticinco años que sabe sus asientos, que comprueba los saldos y revuelve el café”. Insuperable descripción del tedio solamente captable por un ser con sensibilidad superior. Por eso muy suelto de cuerpo declaró a un diario porteño: “Cuando escribo un poema generalmente pongo mucho sentimiento en el cuerpo. No sólo en los poemas de amor”.

Y prosiguió “inasequible al desaliento” con páginas que con “mensaje y lugares comunes supo mover los resortes más sensibles de la gente”. Al suplemento “Ñ” de “Clarín” expresó: “Nunca pensé en escribir literatura complicada, aunque la pudiera disfrutar. Uno hace lo que le sale. Y lo que más me salía a mí —como poeta sobre todo— era una cosa más sencilla”. Un ejemplo claro fue “Vivir Adrede” del año 2007 donde estampa profundos aforismos con juego de palabras.

Vayan algunos ejemplos. “Mi economía es lo contrario de la econotuya”, “El hormigón no es una hormiga gigante”, “Los médicos cubanos han curado tantas cataratas que deberían ocuparse de las del Niágara”.

Sus aportes con letras gramscianas llegaron al pentagrama para que las interpretaran partisanos como Los Olimareños, Daniel Viglietti, Alfredo Zitarrosa, Eduardo Darnauchans, Joan Manuel Serrat y Clotilde, la candidata de KK que lleva por alias Nacha Guevara.


Se ha dicho que Benedetti, nueva constelación del Parnaso, “es un escritor para la superficialidad y los aficionados a los lugares comunes” además “sospechoso de excesiva complacencia de sentimentalismo y de simplismo…” Ello seguramente le valió el recibir el VIIº Premio Reina Sofía de Poesía Hispanoamericana y, en el año 2002, el XIXº Premio Internacional Menéndez y Pelayo, dotado con cuarenta y ocho mil euros.

No se puede leer a Benedetti separado de su ideología marxista leninista. En la novela “El Cumpleaños de Juan Ángel” hace un alegato apoyando la lucha armada y terrorista.

De la misma manera, en “Pedro y el Capitán”, un drama teatral de muy escasos valores literarios, plantea la relación existente entre un militante de izquierda preso y su torturador. Fue una representación propagandística que recorrió quince países recibiendo el Premio Amnistía Internacional y galardonada como la mejor obra extranjera en México.

Un párrafo aparte demandaría enunciar su producción explícitamemnte blasfema, como el “poema” El Paraíso contenido en su libro “Cotidianas”. De allí la perplejidad sumada al dolor que ha causado en los buenos católicos tantos desatinados homenajes que le fueron prodigados por hombres de Iglesia.

En el año 1976 fue designado funcionario rentado del Partido Comunista de Cuba dirigiendo el Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas. Ello le significó ser lanzado a la fama y los honores en América y el mundo siniestro. Desde entonces se apoderó de su cerebro una obsecuencia canina al Tirano habanero. Justificó todas y cada una de las acciones dispuestas por el Comité Central bolchevique.

Contra los disidentes como Heriberto Padilla fue implacable. Benedetti se enfrentó a Vargas Llosa, Jean Paul Sartre y Alberto Moravia señalando al eurocomunismo gramsciano que “entre la Revolución y la Literatura la prioridad es la Revolución. Matar es un agrio deber revolucionario”.

Paralelamente en Montevideo fundaba el Movimiento 26 de Marzo que actuaba como fachada legal del Movimiento Tupamaro que tenía a su cargo la lucha terrorista. El Movimento era la vía para hacerle llegar las consignas al general Líber Seregni y recibirlas de éste. Cubrieron todo el territorio uruguayo de Comités de Apoyo Tupamaro (CAT) por Barrios o Unidad Económica o Profesional, que permitieron un trabajo que desembocaría en poderoso Movimiento de masas instrumento del Alzamiento General Revolucionario. De ese momento es el estudio que Mario Benedetti titulara “Hemos Decidido Ayudar a la Historia” (diciembre de 1971). Pero el accionar de las Fuerzas Armadas encabezadas por el Presidente Bordaberry destrozaron la agresión.

De los que Dostoievski acertadamente llamó “Los Endemoniados” sólo quedó el polvo que levantaron al huir cobardemente. Entre ellos estaba el pequeño hombrecillo de sonrisa hipócrita bajo un payasesco bigote cepillo que dejando abandonada a su madre y mujer buscaba que su pellejo quedara intacto. Sólo volvería por los perversos caminos del demoliberalismo…

Dios le haya perdonado tanta ruindad.

Luis Alfredo Andregnette Capurro

martes, 18 de agosto de 2009

De pluma ajena


TESTIMONIO DE UNA
EX ADEPTA A LA
CIENCIOLOGÍA


Francesca: “Me di cuenta de la nada
con la que habia llenado mi vida”

—Ex adepta del grupo destructivo Cienciología,
fundado por Ronald Hubbard. Milan, 7 abril 09— (ZENIT.org)


“Conocí Cienciología en los años ochenta en Milán. Tenía treinta años y estaba separada y con un hijo. Trabajaba pero estaba insatisfecha e inquieta. Aparte del matrimonio, mi vida me parecía un fracaso. Un día me encontré entre las manos una hoja publicitaria que invitaba a «conocerse a sí mismo». Fui a hacer un test con 200 preguntas. Al final, me dijeron que era inestable e infeliz porque no podía expresar todo mi potencial”.

Así comienza la aventura de diez años que pasó Francesca en Cienciología. Un grupo que en algunos países del mundo disfruta del reconocimiento como nueva religión y de la exención de impuestos. Con el mismo colaboran personajes como John Travolta. La ha revelado ahora al diario italiano “Avvenire”.

Francesca ha salido hace tiempo de Cienciología. Cuenta con serenidad la experiencia:

“Tras veinte lecciones sobre «anatomía de la mente humana» se me acercaron personas que me contaron cómo la Cienciología había cambiado sus vidas mejorándolas y me invitaron a hacer más cursos. Aprendí que era un «tethan», un ser actuante y consciente pero a causa de mis «aberraciones» (es decir los traumas de mi vida) estaba atrapada en un cuerpo y había perdido conciencia.

“Mi existencia estaba constituida por una cadena interminable de vidas precedentes, en las que había seguido perdiendo conciencia. Ahora, sin embargo, gracias a Cienciología, podía salir de esta espiral para alcanzar la libertad total. Esta perspectiva de libertad, de dominio sobre la realidad, me fascinó. Además, practicar Cienciología no era abrazar ciegamente una creencia sino seguir un método científico probado por muchos con éxito. Este no ser una fe sino una ciencia me daba seguridad”.

A Francesca le dijeron que el mejoramiento le vendría través de una serie de grados en el Puente o Camino hacia la felicidad. Cada grado es un nuevo curso y nuevos dineros que hay que pagar a la organización. “Hay una técnica para todo y un costo para cada técnica, costo que sube a medida que se avanza por el Puente»”.

Tras algunos meses, Francesca decide que esto es lo más importante de su vida, abandona el trabajo y confía su hijo a una pariente. Entra en la organización de la Cienciología donde la hacen trabajar 12 ó 15 horas al día por muy poco dinero. No se preocupa porque tiene el dinero de la liquidación y además, piensa “dentro de poco seré tan capaz y libre que podré hacer lo que quiera”.

Pero las cosas no van como había pensado. Cuando llega a la condición de “claro” (un nivel de conciencia y libertad capaz de hacer a la persona autónoma) experimenta una gran alegría que le dura poco: “me parecía en realidad estar exactamente como en el punto de partida. Yo me decía que en los niveles superiores resolvería mis problemas pero siempre se va adelante y el Puente no acaba nunca”.

En aquel momento debía ir a Copenhague para pasar el nivel OT3, llamado el “muro de fuego”. “Trabajé muchísimo para lograr mi nivel OT3 aunque cada vez más me parecía ciencia ficción y no ciencia. Pero estaba ha habituada a pensar poco y a fiarme totalmente de los escritos de Hubbard. Volví a casa y no olvidaré aquel viaje porque empecé a tener perturbaciones mentales que antes no había tenido nunca: sentido de asfixia, pánico, incapacidad de mantener el control de mi conciencia. Luego he sabido que otros tuvieron perturbaciones semejantes al acabar el OT3”.

Al llegar a Italia, se sentía cada vez más fuera de la realidad: “creía que habría sido libre y en cambio me encontraba incapaz de resolver las cosas más banales de mi vida cotidiana. Mientras tanto, tras cinco años, el dinero de la liquidación se había acabado y yo no podía hacerme cargo de mi hijo. Decidí salir pero no fue fácil. Me hicieron acusaciones de todo tipo, intentos de hacerme confesar cosas que no había hecho, la amenaza (para mí gravísima) de no poder practicar nunca más la Cienciología por toda la eternidad (por tanto me negaban la vida eterna). Me dijeron incluso que usarían todo lo que dije en las sesiones de «auditing» (una especie de confesión ante un rudimentario detector de mentiras llamado «E-meter») sería publicado. Mientras tanto, me llamaban por teléfono muy amables diciéndome que yo era tan estupenda que justamente ahora no podía abandonar. Me fui durante algún tiempo a un lugar escondido porque me sentía acosada”.

La conclusión de Francesca es elocuente: “Se entra en Cienciología para autorrealizarse y uno se convierte en completamente dependiente de esta «ciencia». Para entrar en la organización avanzada, yo había firmado un contrato de dos mil millones de años: estaba completamente fuera de la realidad. La noche en que cumplí cuarenta años, me di cuenta de la nada con la que había llenado mi vida. ¿Y mi hijo, y mi trabajo? Con un terror mezclado con alegría, comprendí que tenía que comenzar todo desde el principio”.

lunes, 17 de agosto de 2009

Por el honor de la Iglesia


ELLOS Y
NOSOTROS


ELLOS

“Es preciso hacer trizas a la Iglesia. ¿A qué fin tolerarla por más tiempo? ¿Que servicios ha prestado a la humanidad? No reconozca ya el hombre el poder de la Religión, y deje de inclinarse ante la soberanía de la Iglesia”
(H. Feuri, Del Consejo Supremo Masón de Francia).

NOSOTROS

“Bastante claro aparece qué sean y por dónde va la secta de los masones. Sus principales dogmas discrepan tanto y tan claramente de la razón, que nada puede ser más perverso. Querer acabar con la Religión y la Iglesia fundada y conservada perennemente por el mismo Dios, y resucitar después de dieciocho siglos las costumbres y doctrinas gentílicas, es necedad insigne y audacísima impiedad”
(S.S. León XIII, Encíclica “Humanum Genus”).

“Secta satánica que tiene por única ley la mentira, por su dios al demonio, y por culto y religión lo que hay de más vergonzoso y depravado sobre la faz de la tierra”
(S.S. Pío VIII, Encíclica “Tradite”).

“Todo lo que ha habido en las sectas y herejías más criminales de sacrílego, vergonzoso y blasfemo, ha pasado a las sectas secretas y por ende, a la francmasonería”
(S.S. Gregorio XVI, Encíclica “Mirari vos”).

O CON CRISTO
O CONTRA CRISTO


domingo, 16 de agosto de 2009

Sermón de las palabras


EL HABLAR
DESHONESTO


En el presente evangelio refiere San Marcos el milagro que hizo nuestro Divino Salvador curando a un hombre sordo y mudo con sólo tocarle la lengua: “Tocó su lengua… y se soltó la atadura” (San Marcos, 7, 33-35). Pero de estas últimas palabras no se deduce que aquel hombre fuese mudo en efecto, sino que tenía la lengua impedida y no podía hablar expeditamente, por la cual añade San Marcos que después del milagro “hablaba correctamente” (San Marcos, 7, 35). Fue, pues, necesario un milagro para desatar la lengua de este hombre y soltarle el impedimento que tenía. ¿A cuántos, empero, haría Dios un favor si les atase la lengua para que no pudiesen hablar deshonestamente?

Daños que le causan al prójimo las palabras torpes

Escándalo grave. San Agustín (cfr. In Sal. 160) llama “medianeros de Satanás” a los que hablan deshonestamente; donde no puede llegar Satanás con las sugestiones, llegan éstos con las palabras obscenas que pronuncian. De estas lenguas malditas dice Santiago: “Es su lengua un fuego inflamado por el infierno, con el cual abrasa el obsceno a cuantos lo escuchan” (Santiago, 3, 6).

El Real Profeta, hablando de la vida de los hombres sobre la tierra, dice: “Su camino es tinieblas y lubricidad” (Salmo, 34, 16). Como si dijéramos: El hombre, mientras vive, camina entre tinieblas por un camino resbaladizo, por lo cual está en peligro de caer a cada paso si no tiene toda la cautela y no mira por dónde asienta los pies, con el fin de evitar los pasos peligrosos, es decir, las ocasiones de pecar. Si en este camino tan resbaladizo hubiese alguno que lo empujase para hacerlo caer, sería un milagro que no cayera en el precipicio. Pues esto cabalmente practican los satélites del demonio que hablan obscenidades. Inducen a otros al pecado mientras están en el mundo, habitando en las tinieblas y cercados de una carne tan propensa a este vicio.

Escándalo en el que no se repara. Lo peor es que estas bocas infernales, que pronuncian a menudo palabras deshonestas, tienen este vicio por una menudencia, y poco se confiesan de él, pues suelen responder, cuando el confesor los reprende: Yo lo digo por gracia y sin malicia. ¿Conque lo dices por gracia? ¡Desdichado! Esas gracias hacen reír al demonio: te harán llorar a ti eternamente en el infierno. Porque no sirve decir que tú lo dices por gracia y sin malicia, pues, por lo mismo que profieres esas palabrotas escandalosas y obscenas, es muy difícil que no peques por obrar también; porque, como observa San Jerónimo, el que se deleita con las palabras no está lejos de las obras. Además de que, cuando se habla tan escandalosamente delante de personas de ambos sexos, siempre hay en ellas delectación peligrosa. Y ¿no es pecado también el escándalo público? Una sola palabra deshonesta que se pronuncie, es capaz de hacer caer en pecado a cuantos la oyen…

En fin, esos hombres, cuya lengua no tiene freno, son la ruina del mundo. Más daño hace uno solo de ellos que cien demonios del infierno, siendo así la ruina de muchas almas. Y no soy yo quien os lo digo, sino el Espíritu Santo, que dice: “La boca lúbrica y deshonesta es causa de ruina de muchos” (Proverbios, 26, 28)… Si tuviesen presente, cuando hablan de este modo, la amenaza que les hace Dios por Ezequiel, de que les pedirá cuenta de su perdición: “Yo he de reclamar su sangre de tu mano” (Ezequiel, 3, 18), seguramente que refrenarían la lengua y no causarían la muerte del alma a tantos inocentes.

Daños que le causan al mismo que habla

Lo inclinan al pecado de obra. Dicen algunos: Pero yo hablo sin malicia. A esta excusa frívola y necia he contestado ya en el punto primero que es muy difícil que uno hable palabras deshonestas sin complacerse con las obras, que ellas suscitan en la imaginación especialmente cuando se profieren delante de muchachas y casadas jóvenes, porque regularmente resulta de ellas una secreta complacencia, que suele ser semejante a una chispa eléctrica, que abrasa cuanto toca…

Al que dice libremente palabras obscenas, siempre se le presentan a la imaginación aquellas mismas ideas impuras y deshonestas que nombra; y éstas suscitan la complacencia en su alma y lo hacen caer, primeramente en torpes deseos y luego en las obras; y ésta es la consecuencia de hablar obscenidades, aunque sea sin malicia, como suelen decir los que acostumbran a divertir a los demás con torpezas. ¿Conque hablas mal sin malicia? ¿Y no hay malicia en obrar mal? ¿Y no es hablar mal hablar lo que Dios prohíbe? ¿Y no prohíbe Dios los actos, las alusiones y hasta los pensamientos impuros? ¿Cómo, pues, osáis decir que habláis sin malicia? Decid que despreciáis la salvación de vuestra alm y los preceptos de vuestro Dios y que obedecéis al demonio.

Le acarrea el castigo del escándalo. Mas ¿cómo ha de querer Dios compadecerse de aquellos que no se compadecen de las almas de sus prójimos? Por esto dice Santiago: “Aguarda un juicio sin misericordia al que no usó de misericordia” (Santiago, 2, 13).

¡Qué compasión causa a las veces ver a estos habladores obscenos hablar delante de jóvenes casadas y muchachas! Y cuando mayor es la concurrencia de los oyentes, con tanto más calor y desenfreno suelen hablar, sin contemplar el mal que hacen ni el escándalo que dan a tantos inocentes. Porque muchas veces se hallan presentes niños y niñas de poca edad, a quienes escandalizan sin reflexión ni miramiento… ¡Oh Dios mío, cómo llorarían los ángeles custodios, si pudiesen llorar, de aquellos desgraciados muchachos que se condenan por el escándalo que le causaron las palabras deshonestas que pronuncian en su presencia algunos hombres impuros y desalmados! Pero pedirán contra ellos terrible venganza delante de Dios. Y esto es lo que significan aquellas palabras de Nuestro Señor Jesucristo: “Mirad que no despreciéis a algunos de estos pequeños, porque os hago saber que sus ángeles custodios están viendo continuamente la cara de mi Padre” (San Mateo, 18, 10).

Cuidad, por tanto, hermanos míos, de guardaros, más que de la misma muerte, de hablar palabras deshonestas. Oíd la exhortación que os hace el Espíritu Santo por estas palabras: “Haz una balanza para tus palabras y un freno bien ajustado para tu boca, y mira no resbales en tu hablar y sea incurable y mortal tu caída” (Ecli. 28, 29-30). Con las palabras: “Haz una balanza” se nos exhorta a pesar bien las palabras antes de proferirlas; y con la expresión: “Haz un freno bien ajustado para tu boca”, se nos intima a que cerremos la boca cuantas veces nos sentimos tentados a pronunciar palabras deshonestas. “Dios no nos ha dado la lengua para ofenderlo, sino para alabarlo y bendecirlo” (Efesios, 5, 3). De manera que no solamente debemos evitar las palabras obscenas y las palabras equívocas, teniendo presente que los equívocos deshonestos tal vez causan más daño que las palabras impuras, sino también las palabras picantes o que son ajenas de las personas santas, esto es, de los cristianos, de quienes habla San Pablo.

Exhortación

“Reflexionad, dice San Agustín, que vuestras bocas son bocas de cristianos, en las que tantas veces ha entrado Jesucristo por medio de la santa comunión, y por esto debéis absteneros de proferir palabras lujuriosas, que son un veneno infernal” (cfr. Sermón 265, E. B., app.). San Pablo escribe: “Vuestra conversación sea siempre con agrado, sazonada con buena gracia” (Colosenses, 4, 6). Es decir, mezclad en la conversación algunas palabras santas que muevan a los que escuchan a amar a Dios y a retraerlos de ofenderlo. No nos avergonzaremos de parecer discípulos de Jesucristo si no queremos que Jesucristo se avergüence de recibirnos después en el paraíso. Manifestemos a los malos que seguimos la doctrina y los preceptos de Jesucristo; confesemos que somos sus discípulos, para que Él también declare que es nuestro Maestro en la otra vida, como nos lo promete en el Evangelio con estas palabras: “A todo aquel que me confiese delante de los hombres, Yo también lo confesaré delante de mi Padre, que está en los cielos” (San Mateo, 10, 32). De esta suerte cumpliremos con su santa Ley y después de esta vida mereceremos disfrutar de su compañía en la eterna.

San Alfonso María de Ligorio

sábado, 15 de agosto de 2009

Asunción de Nuestra Señora


LA ASUNCIÓN A LOS CIELOS
DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA


La fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen María del 15 de agosto es también llamada en los viejos libros de liturgia Pausatio, Nativitas (por el cielo), Mors, Depositio, Dormitio S. Mariæ. Esta fiesta tiene un doble objetivo: (1) la feliz partida de María de esta vida; (2) la asunción de su cuerpo al cielo. Es la fiesta principal de la Sagrada Virgen.

EL HECHO DE LA ASUNCIÓN

En relación al día, año, y modo en que murió Nuestra Señora, nada cierto se conoce. La referencia literaria más antigua de la Asunción se encuentra en un trabajo griego, De Obitu S. Dominæ. De todos modos, la fe católica siempre derivó su conocimiento de este misterio de la Tradición Apostólica. Epifanio (m. 403) reconoce que no sabe nada definitivo sobre el tema (Haer., lxxix, 11). Las fechas asignadas varían entre 3 y 15 años luego de la Ascensión de Cristo. Dos ciudades proclaman ser el lugar de la partida: Jerusalén y Éfeso. La opinión general favorece a Jerusalén, donde se muestra su tumba; pero algunos argumentan a favor de Éfeso. Durante los seis primeros siglos nada se supo sobre la tumba de María en Jerusalén.

La creencia en la asunción del cuerpo de María se funda en el tratado apócrifo De Obitu S. Dominæ, que lleva el nombre de San Juan, y que pertenece de todos modos al siglo cuarto o quinto. También se encuentra en el libro De Transitu Virginis, falsamente imputado a San Melito de Sardes, y en una carta apócrifa atribuida a San Dionisio el Aeropagita. Si consultamos a los genuinos escritores de Oriente, este hecho es mencionado en los sermones de San Andrés de Creta, San Juan Damasceno, San Modesto de Jerusalén y otros. En Occidente, San Gregorio de Tours (De gloria mart., I, iv) es el primero que lo menciona. Los sermones de San Jerónimo y San Agustín para esta fiesta, de todos modos, son apócrifos. San Juan el Damasceno (P. G., I, 96) formula así la tradición de la Iglesia de Jerusalén:

San Juvenal, Obispo de Jerusalén, en el Concilio de Calcedonia (451), hace saber al Emperador Marciano y a Pulqueria, quienes desean poseer el cuerpo de la Madre de Dios, que María murió en presencia de todos los Apóstoles, pero que su tumba, cuando fue abierta, a pedido de Santo Tomás, fue hallada vacía; de esa forma los apóstoles concluyeron que el cuerpo fue llevado al cielo.

Hoy, la creencia de la asunción del cuerpo de María es Universal tanto en Oriente como Occidente; de acuerdo a Benedicto XIV (De Festis B.V.M., I, viii, 18) es una opinión probable, cuya negación es impía y blasfema.

LA FIESTA DE LA ASUNCIÓN

Existe también una gran incertidumbre respecto al origen de esta fiesta. Probablemente se trate del aniversario de la dedicación de alguna Iglesia, más que la fecha real del aniversario de la muerte de Nuestra Señora. Que se originara en tiempos del Concilio de Éfeso, o que San Dámaso la introdujera en Roma, son sólo hipótesis.

De acuerdo a la vida de San Teodosio (m. 529) se celebraba en Palestina antes del año 500, probablemente en agosto (Baeumer, Brevier, 185). En Egipto y Arabia, por otra parte, se mantuvo en Enero, y dado que los monjes de las Galias adoptaron muchos usos de los monjes egipcios (Baeumer, Brevier, 163), hallamos esta fiesta en las Galias en el siglo sexto, en Enero [mediante mense undecimo (Greg. Turon., De gloria mart., I, ix)]. La Liturgia Gala la fija el 18 de enero, bajo el título: Depositio, Assumptio, or Festivitas S. Mariæ (confrontar las notas de Jean Mabillon en la Liturgia Gala, P. L., LXXII, 180). Esta costumbre permaneció en la Iglesia de las Galias hasta el momento de la introducción del Rito Romano. En la Iglesia Griega, parece que algunos mantuvieron la fiesta en Enero, como los monjes egipcios; otros en Agosto, con aquellos de Palestina; por lo cual el Emperador Mauricio (m. 602), si es correcto el relato de “Liber Pontificalis” (II, 508), fijó la fiesta para el Imperio Griego el 15 de agosto.

En Roma (Batiffol, Brev. Rom., 134) la única y más antigua fiesta de Nuestra Señora era el 1 de enero, la octava del nacimiento de Cristo. Celebrada primeramente en Santa María la Mayor, más tarde en Santa María de los Mártires. Las otras fiestas son de origen Bizantino. Louis Marie Olivier Duchesne piensa (Origines du culte chr., 262) que antes del séptimo siglo ninguna otra fiesta se guardaba en Roma, y en consecuencia, la Fiesta de la Asunción, hallada en los sacramentales de Gelasio y Gregorio, es un agregado apócrifo hecho en el siglo séptimo u octavo. De todos modos, Probst brinda (Sacramentarien, 264 sqq) fuertes y buenos argumentos que prueban que la Misa de la Santísima Virgen María, hallada el 15 de agosto en el rito Gelásico, es genuina, desde el momento que no hace mención a la Asunción corporal de María; esto muestra, por lo tanto, que la fiesta era celebrada en la Iglesia de Santa María la Mayor en Roma, por lo menos en el siglo sexto. Él prueba, más aún, que la Misa Sacramental Gregoriana, tal como la tenemos, es de origen Gálico (dado que la creencia en la Asunción corporal de María, bajo la influencia de los escritos apócrifos, es más antigua en Galia que en Roma), y que ésta suplantó la antigua Misa Gelásica. Para la época de Sergio I (700) esta fiesta era una de las principales festividades en Roma; la procesión comenzaba en las puertas de la Iglesia de San Adrián. Siempre fue un doble de la primera clase y un Día Sagrado de precepto.

La octava fue agregada en 847 por León IV; en Alemania esta octava no se celebraba en varias diócesis en la época de la Reforma. La Iglesia de Milán no la aceptó hasta la actualidad (Ordo Ambros., 1906). La octava es privilegiada en las diócesis de las provincias de Sienna, Fermo, Michoacán, etc.

La Iglesia Griega continua esta fiesta hasta el 23 de agosto inclusive, y en algunos monasterior del Monte Athos se prolonga hasta el 29 de agosto (Menaea Græca, Venice, 1880), o así lo era antiguamente. En la diócesis de Bavaria el día treintavo de la Asunción (una especie de recuerdo del mes) se celebraba durante la Edad Media, el 13 de septiembre, con el Oficio de la Asunción (doble); en la actualidad sólo la Diócesis de Augsburgo mantiene esta vieja costumbre.

Algunas de las diócesis de Baviera y las de Brandenburgo, Mainz y Frankfort mantienen el 23 de septiembre como la “Fiesta de la Segunda Asunción”, o los “Cuarenta Días de la Asunción” (doble) creyendo, de acuerdo a las revelaciones de Santa Elisa de Schönau (m. 1165) y de San Bertrand, O. C. (m. 1170), que la Santísima Virgen María fue llevada al cielo a los cuarenta días luego de su muerte (Grotefend, Calendaria 2, 136). Las Brigidinas guardan la fiesta de la “Glorificación de María” (doble) el 30 de agosto, desde que Santa Brígida de Suecia dijo (Revel., VI, l) que María fue llevada al cielo quince días después de su partida (Colvenerius, Cal. Mar., 30 Aug.). En América Central, se celebra una fiesta especial, “La Coronación de María en el Cielo” (doble mayor) el 18 de agosto. La ciudad de Gerace, en Calabria mantiene tres días sucesivos el rito de doble de primera clase, conmemorando el 15 de agosto la muerte de María, y el 16 de agosto, su Coronación.

En Piazza, en Sicilia, hay una conmemoración de la Asunción de María (doble de segunda clase) el 20 de febrero, que es el aniversario del terremoto de 1743. Una fiesta similar (doble mayor con octava) se sigue en Martano, Diócesis de Otranto, en Apulia, el 19 de Noviembre.

Frederick G. Holweck

Nota del traductor: Mediante la promulgación de la Bula Munificentissimus Deus (“Dios, que es sumamente magnánimo”) el 1° de Noviembre de 1950, el Papa Pío XII declaró en forma infalible que la Asunción de la Santísima Virgen María era un dogma de la Fe Católica.

viernes, 14 de agosto de 2009

La respuesta de siempre


LA RESPUESTA DE
MONSEÑOR HESAYNE


Según una información aparecida en el Boletín de AICA del día 13 de agosto, el Obispo Emérito de Viedma, Monseñor Esteban Hesayne dedicó su homilía del pasado domingo 9 de agosto a recordar al fallecido Obispo de La Rioja Enrique Angelelli al que calificó de mártir “más allá de que si su muerte fue causada por un accidente automovilístico o planeada en un cobarde asesinato”.


Afirma Monseñor Hesayne que fue depositario de una confidencia que le hiciera Monseñor Angelelli, poco antes de su muerte, en el sentido de que éste presentía la proximidad de su fin. “Sabía —continúa Hesayne— que si lo mataban salvaría a muchos de su querida feligresía. Vivió en actitud martirial (destacado en el original). Vivió defendiendo los Derechos Humanos con su propia vida episcopal cuya defensa no lo hacía desde ninguna ideología sino desde su honda Fe en Jesús y su Evangelio”.

Antes, al comienzo de la homilía, Monseñor Hesayne sostuvo: “Una Iglesia que no celebre sus mártires no merece ser llamada Iglesia de Jesús. Por eso, en no pocas comunidades católicas en estos días se han programado Encuentros y Eucaristías para honrar a nuestros recientes mártires latinoamericanos. En la Argentina contamos en todos los sectores: Obispos, Presbíteros, Religiosas/os, Laicos”.

Fueron estas palabras iniciales las que me movieron a enviarle a Monseñor un correo electrónico cuyo texto transcribo:


From: Mario Caponnetto

To: mehm@speedy.com.ar

Sent: Thursday, August 13, 2009 4:32 PM

Subject: Mártires


Monseñor:

Sería bueno seguir con la lista.

Dos laicos católicos asesinados por la guerrilla marxista: Jordán Bruno Genta (+ 27-10-74) y Carlos Alberto Sacheri (+ 22-12.74).

Fueron asesinados a la luz del día y por expreso odio a la Fe.

Esperamos sus próximas homilías.

En el Señor

Mario Caponnetto.


La respuesta de Monseñor Hesayne fue rápida. La transcribo textualmente:


Original Message

From: Miguel E. Hesayne

To: Mario Caponnetto

Sent: Thursday, August 13, 2009 7:08 PM

Subject: Re: Mártires













Sí; no se trata de un error. La respuesta sólo consistió en un mensaje en blanco.

Mario Caponnetto

Cartas


DOS SEMANAS,
TRES CÁRCELES,
UN PROTAGONISTA

(Carta de un sacerdote a nuestros prisioneros de guerra)

Quitándole tiempo al sueño y aprovechando las pequeñas vacaciones que mi ministerio sacerdotal me permite, en los últimos días pude cumplir con un deber cristiano y, más aún de gratitud: visitar a algunos de los que se hallan presos por haber defendido la Patria en la década del ’70.

Por gracia de Dios, hace ya algunos años que pude romper el cerco que nos separa a los ciudadanos comunes de ese terrible lugar que es la cárcel; fue durante los estudios del seminario cuando, junto a otros compañeros, alcancé a visitar algunas cárceles y correccionales, palpando en cuero ajeno lo que significa el estar privado de la libertad y alejado de los seres queridos. Sin embargo, hay una diferencia, ya que una cosa es pagar por algo injusto que uno sí ha hecho y otra muy distinta es pagar injustamente por algo que no se ha hecho. El visitar a estos presos es un experiencia inolvidable que implica, a la vez, un gran dolor y un poco de gozo.

Dolor, por la cruz que deben llevar y gozo porque uno se sabe estar cumpliendo un mandato evangélico: “estuve preso y me visitasteis” (Mt. 25,36).

Se trata de ayudarlos a cargar la Cruz, la de ellos y la de sus familias, porque todos estamos presos con ellos. Es compartiendo esta bendita Cruz como se les hace más liviana; es compartiéndola y abrazándola como la Cruz nos puede llegar a redimir.

Dos semanas; fue poco nomás. Sólo dos semanas de vacaciones que pensaba aprovechar para leer, para rezar, para visitar a algunos amigos; dos semanas que venía proyectando desde hacía meses y que – como siempre – no saldrían tal cual lo esperaba. Dos semanas en las que quería descansar, “desenchufarme” un poco, estar un poco más entre los míos; sin embargo, una y otra vez, resulta imposible acallar la conciencia y dormir cuando se sabe que se está cometiendo una injusticia (“todos los que militáis bajo esta bandera, ya no durmáis, ya no durmáis, que no hay paz en esta tierra”, decía Santa Teresa).

Había que ver a nuestros presos; no sólo a mi padre, a quien visito mensualmente en la vieja cárcel de San Juan, sino a muchos otros a los que no pueden asistir a la Santa Misa, a los que – normalmente – no pueden recibir el Cuerpo de Cristo, a los que pocas veces reciben un consuelo o un conforto.

Porque hay que seguir peleando, hay que seguir combatiendo esta misma guerra que pelearon ellos. No es poco lo que podemos hacer y es mucho lo que nuestros padres han hecho y siguen haciendo por nosotros; en sus prisiones, aún hoy nos siguen dando ejemplo de entereza cristiana; en su prisión siguen edificando a cada uno de nosotros cuando vamos a visitarlos.

Tres cárceles fueron y tres espadas parecían clavarse en cada requisa, en cada lista y espera; comencé por San Luis, donde un viejo amigo de mi padre “reside” desde hace casi tres años; seguí por Mendoza visitando a otros y terminé en San Juan para culminar mis vacaciones. Tres cárceles y varios prisioneros de guerra. Historias similares, combates, desilusiones, pero siempre, siempre, un solo protagonista; uno solo aparecía tras las rejas: era Cristo en la cárcel.

Era Cristo quien sufría por los suyos, por la injusticia, por los pecados de nuestra Patria; era Cristo el que una vez más pasaba la noche del Jueves Santo, injustamente encadenado y sometido a un juicio que da risa, por no decir llanto. Era Cristo que ahora padecía una vez más el odio satánico de quienes todavía tienen un corazón de piedra (misterio que mete miedo).

Pero no sólo eso: era Cristo en los presos y era Cristo en la Misa.

Era un solo el protagonista: sufría Él en la cárcel y se ofrecía en el Altar; figuradamente en uno y realmente en otro; era Cristo en la cara de nuestros presos y era Cristo elevado en el altar, un altar de campaña, improvisado en la celda: sin mantel, sin velas y sin música; era Crito que bajaba nuevamente a una mesa de hierro, sin pretender demasiados ornamentos más que algunas lágrimas de los fieles y su ministro.

Pude ofrecer el Santo Sacrificio y elevar a la Víctima en tanto cuanto me lo permitía el tiempo y las circunstancias y siempre, siempre, pedí una vez más por la pronta libertad e insistiendo como la viuda del evangelio que finalmente le ganó por cansancio al Buen Dios (Lc. 18,1-5).

Un solo protagonista, que sigue obrando ocultamente en ellos y que nos ofrece una vez más la Cruz, para que la besemos, para que la carguemos sin arrastrarla hasta configurarnos con ella. Un solo Dios que quiere que ayudemos a redimir el mundo con nuestros sufrimientos. Un solo Dios exige nuestra cooperación para que Él reine “haciendo de cuenta que todo depende de nosotros, sabiendo que todo depende de Dios” (como decía San Ignacio).

Un solo Dios que está esperando que le pidamos y que nos volvamos hacia Él.

Ruego a Dios y a los de buena voluntad que aligeremos este Cáliz uniéndonos en la oración y en los sacrificios; cuanto antes lo hagamos, antes pasará.

Y no temamos “Acordaos de la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros” (Jn. 15,20).

Dios ha vencido al mundo.

Con mi bendición

P. Javier Olivera, IVE
Hijo de un prisionero de guerra

jueves, 13 de agosto de 2009

Por el honor de San Cirilo de Alejandría


AGUINIS Y
LOS DESPERDICIOS


LA FUNCIÓN FABULATRIZ

Desde las páginas de “La Nación” —siempre prontas a albergar mendacidades— Marcos Aguinis ha vuelto por el tema que eternamente lo perturba y desquicia, el ataque a la Iglesia Católica.

Sucedió el viernes 7 de agosto, en una densa y declinante nota que tituló Mujer excluida… ¡qué desperdicio!, más el didáctico agregado previo de una volanta quejosa: Sigue la desigualdad de los géneros.

Aguinis viene de recibir un sopapo de su paisano Verbitsky, que el domingo 2 de agosto, desde “Página/12”, lo llamó “pavo real”, y lo desplumó como tal con el recuerdo de ingratos menesteres; entre otros, su vinculación con Massera, el cobro de una holgada jubilación de privilegio y algunas mentiras enhebradas al voleo. Dispuesto a no arredrarse por estas menudencias, y sabedor de que su perruno agresor es hombre de taleguillas sucias, Aguinis siguió con su oficio preferido, el de invertir la Cruz.

Tiene la nota de marras los tópicos remanidos del freudismo y del feminismo, y una obsecuencia hacia la mujer, que acaba degradándola; como suele pasar cuando los maridos parranderos quieren atemperar con lisonjas melifluas los desvaríos de alguna noche crapulosa. Tiene incluso el escrito curiosos reproches al cristianismo, como el de haberse dejado ganar por “el pueblo judío”, que “fue el primero en abolir el analfabetismo de los varones ¡cinco siglos antes de la era cristiana!”. Fatídico cargo, sobre todo si se piensa que cuanto no hicieron los cristianos antes de existir se debe a la horrible culpabilidad de no haber existido.

Mas en medio de naderías antes risibles que indignantes, el filósofo de Río Cuarto presenta el núcleo de su argumentación. Se trata de la historia de Hypatia de Alejandría, una científica de nota en la plenitud del siglo IV, que tras destratos varios por parte de los cristianos, habría sido asesinada en el año 415, mediante un crudelísimo linchamiento ejecutado “por un grupo de monjes” que no dejó tortura por infligirle a la desdichada sabia. Según Aguinis, “los historiadores coindicen en responsabilizar” a Cirilo de Alejandría “por el asesinato de Hypatia”; como responsable habría sido, asimismo, de “la masacre que en aquel año se realizó contra los judíos”.

Machismo, incultura y antisemitismo, he aquí un verdadero combo de acusaciones infames lanzadas impunemente contra el catolicismo, para seguir escribiendo otras diatribas después con la misma desaprensión intelectual. Ya se sabe de sobra que el diario que otrora fue de los Mitre y ahora es de los peores, no concederá análogo espacio para la réplica. También se sabe que la Jerarquía eclesiástica nada dirá, ocupada como está en conciliar las próximas tertulias interreligiosas con rabinos, imanes, sufíes, gurúes y el Padre Pepe de Paola.

No obstante, llega tarde el fabulador Aguinis con su histórico hallazgo. La historia de Hypatia —convertida en mito en la doble acepción de la palabra; esto es, como ficción y como símbolo— ha dado ya innúmeras y trilladísimas vueltas por la novelística, la cinematografía, las tablas, el ensayo, el amarillismo lésbico y hasta por el cómic de Hugo Pratt y las extravagancias cósmicas de Carl Sagan. Voltaire se le adelantó en su Examen important de Milord Bolingbroke ou le tombeau du fanatisme —sin contar con que a él mismo se le habían adelantado los gnósticos y los protestantes— y Umberto Eco, hace ya casi una década, evocó a la fémina en Baudolino.

Vueltas y piruetas tan abundantes cuanto torvas las de este personaje, pues cargan todas con el común denominador de las leyendas negras contra la Iglesia. En rigor, no hay ignorante infatuado que haya podido sortear la tentación de apelar a esta heroína para desfogar el odio anticatólico, aunque para lograr tal cometido tuvieran todos que falsificar burdamente los hechos y matar mil veces a Hypatia, como bien lo sostiene Miguel Ángel García Olmo, recientemente, en un ensayo notable a propósito del filme Ágora de Alejandro Amenábar (cfr. Las mil muertes de Hipatia, Alfa y Omega, nº 643, Madrid, 28-V-09).

Lejos, pues, del consejo bergsoniano, la función fabulatriz de Aguinis no irrumpe para atemperar el racionalismo, sino para sumarse al coro corrupto de los sepultadores de la verdad.

LOS CRISTIANOS E HYPATIA

La verdad, como siempre, es distinta y opuesta a la versión de estos incendiarios de Roma.

Se empieza por no contar con datos precisos sobre la biografía de Hypatia, a pesar —o por lo mismo— de que una vasta bibliografía ha dado cuenta de ella y de sus sucesos. Y tales son las brumas y las imprecisiones al respecto, que el historiador judío Heinrich Graetz, en el volumen segundo de su History of the Jews, aún cargándole el crimen a Cirilo, no tiene a la víctima por mujer sino por hombre.

Hypatia —mujer al fin— no fue menoscabada en vida por los cristianos, ni desecharon ellos su ciencia con orgullo a causa de su condición femenina. La misma María Dzielska, de la Universidad de Jagellónica, en su Hipatia de Alejandría —de la que hay versión castellana, por lo que puede constatarse su ausencia de toda apologética católica— narra que la filósofa contaba con cristianos entre sus alumnos, como el Obispo Sinesio de Cirene (cuyo intercambio epistolar conocemos gracias a la obra ingente de Agustín Fitzgerald, The Letters of Synesius of Cyrene, Londres, 1925), o el “digno y santo" sacerdote Teotecno, y los prestigiosos Olimpio, Herculiano e Isión.

José María Martínez Blázquez, por su parte, en su Sinesio de Cirene, intelectual –que ha tenido la gentileza de volcar digitalmente- menciona las buenas relaciones de Hypatia con el curial Amonio y el Patriarca Teófilo, así como los nombres de cristianos fervientes que, contemporáneos con los sucesos, no dudaron en defender su personalidad. Tal, por ejemplo, Timoteo, en su Historia Eclesiástica. También fue un cristiano, Sócrates Escolástico, quien en su Historia Eclesiástica (VII, 15), escrita con posterioridad a la muerte de la alejandrina, la encomió como “modelo de virtud”.

Entonces, la versión aguiniana de fanáticos católicos machistas opuestos a Hypatia por su género y por su paganismo, es puro cuento, trufa insidiosa y bola insensata echada a rodar con lamentable incultura.

LA MUERTE DE HYPATIA

Si no le es imputable a los cristianos el maltrato a esta mujer singular, tampoco lo es su muerte, ni mucho menos a San Cirilo de Alejandría.

El origen de tan amañada y dañina versión, según lo explica eruditamente Bryan J.Whittield en The Beauty of Reasoning: A Reexamination of Hypatia of Alexandra, hay que buscarlo en el desencajado Damascio, último escolarca de la Academia de Atenas, quien exiliado en Persia tras su cierre por orden de Justiniano, y dispuesto a azuzar las maledicencias contra Cirilo, a quien tuvo por rival —en un tiempo de rivalidades religiosas fortísimas y extremas— le atribuyó el homicidio sin más fundamento que sus propias conjeturas. Sin más fundamento que sus propias conjeturas, repetimos. Porque esto y no otra cosa es lo que, desde entonces y hasta hoy, siguen haciendo cuantos rivalizan endemoniadamente contra la Fe Verdadera. Han pasado siglos desde el lamentable episodio y nadie ha podido aportar otro cargo contra el gran santo de Alejandría que no fuera la sospecha, el rumor, la hipótesis trasnochada o la presunción prejuiciosa.

No hay mentira mayor que la sostenida por Aguinis, y según la cual “los historiadores coinciden en responsabilizar a Cirilo de Alejandría por el asesinato de Hypatia”.

Coinciden los enemigos frenéticos de la Iglesia Católica, no los historiadores o los genuinos estudiosos del caso, a algunos de los cuales llevamos citados en estas prietas líneas. No coinciden —y discrepan con la leyenda negra oficial impuesta finalmente por el Iluminismo— el arriano Filostorgio, el sirio Juan de Éfeso, los jansenistas Le Nain de Tillemont y Claude Pierre Goujet o el erudito Christopher Haas en su Alexandria in Late Antiquity: Topography and Social Conflict, publicado en 2006. No coincide tampoco Thomas Lewis, quien redactara ya en 1721 la célebre impugnación de la mentira a la que tituló sugestivamente “La Historia de Hypatia, la imprudentísima maestra de Alejandría: asesinada y despedazada por el populacho, en defensa de San Cirilo y el clero alejandrino. De las calumnias del señor Toland”.

No coincide el mencionado Miguel Ángel García Olmo, quien advierte en la maniobra acusadora un “afán de mancillar la ejecutoría de un pastor teólogo de vida esforzada y ejemplar como fue Cirilo de Alejandría, venerado en Oriente y en Occidente”; y ni siquiera se atreve a coincidir Gonzalo Fernández, quien en su obra La muerte de Hypatia, del año 1985, a pesar de la ninguna simpatía que manifiesta hacia el santo, llamando tiránico a su ministerio, concluye en que “ninguna de las fuentes sobre el linchamiento de Hipatia alude a la presencia de parabolani entre sus asesinos”. Los parabolani eran los miembros de una hermandad de monjes alistados voluntariamente para el servicio, principalmente entre los enfermos, y que en su momento respondieron incondicionalmente a San Cirilo, recibiendo la acusación de consumar el linchamiento de Hypatia. Recuérdese que también Aguinis, en el suelto que le objetamos, menciona a “un grupo de monjes”, como causa instrumental del delito.

No coinciden los hechos. Porque el mismo Cirilo, que lamentó y reprobó el crimen de Hypatia, amonestó enérgicamente en su Homilía Pascual del 419, a la plebe alejandrina dada a participar en turbamultas feroces y sanguinarias como la que puso desdichado fin a la vida de la filósofa. Si no se le cree al santo, las novelas de Lawrence Durrel —concretamente las de su Cuarteto de Alejandría— resultan una buena fuente para conocer el carácter sangriento y cruel de esas tropelías feroces del populacho alejandrino. Sin olvidarnos de que fueron esas mismas hordas las que dieron muerte a dos obispos cristianos, Jorge y Proterio, en el 361 y 457 respectivamente.

Aguinis, claro, además de la versión falseada de la muerte de Hypatia, sólo quiere recordar la expulsión de los judíos ordenada por San Cirilo, sin aclarar primero qué participacion tenían los hebreos en aquellos episodios luctuosos. Episodios que podían llegar a terribles excesos, como lo reconoce el ya citado Graetz, comentando los modos que solían tomar entonces los festejos del Purim. Porque como dice Maurice Pinay —en el capítulo VIII del segundo volumen de su Complot contra la Iglesia— los judíos “califican siempre esas medidas defensivas de los Estados Cristianos, de persecuciones provocadas por el fanatismo y el antisemitismo del clero católico”, pero son incapaces de ver las enormes vigas en los propios ojos. Tiene sobradas razones el exhaustivo Alban Butler, cuando en su voluminoso santoral, en la fecha correspondiente a la festividad del santo, el 9 de febrero, explica que Cirilo tomó legítimamente la decisión de expulsar a los judíos, tras comprobar “la actitud sediciosa y los varios actos de violencia cometidos por ellos”.

No coinciden, al fin, los juicios de la Santa Madre Iglesia, quien mucho tiempo después de agitadas las pasiones terrenas, disipadas las dudas, superadas las conjeturas malintencionadas, estudiadas las causas, investigadas las acciones, consideradas las objeciones y sopesadas las acciones, elevó dignamente a los altares a Cirilo de Alejandría, y lo proclamó Doctor de la Iglesia en 1882, bajo el Pontificado de León XIII. Años más tarde, en 1944, el Papa Pío XII, en su Orientalis Ecclesiæ, lo llamó “lumbrera de la sabiduría cristiana y héroe valiente del apostolado”. Y hace muy poco, en la Audiencia General del miércoles 3 de octubre de 2007, Benedicto XVI se abocó por entero a su encomio, recordando su defensa de la ortodoxia contra la herejía nestoriana. Para el Santo Padre, San Cirilo de Alejandría es el “custodio de la exactitud, que quiere decir custodio de la verdadera fe”; el varón justo que comprendió y predicó que “la fe del pueblo de Dios es expresión de la tradición, es garantía de la sana doctrina”.

Va de suyo que el lector honrado sabrá a quién creer al respecto. Si a la Iglesia, que para canonizar a alguien se toma siglos de estudios, pidiendo milagros y virtudes heroicas al candidato, o a un ropavejero de las letras, alucinado de odio a la Cruz, que súbitamente y sin más trámites que su audacia, declara asesino a un santo, y misógino a quien veneró a la más excelsa de las mujeres: María Santísima.

LA POBREZA DEL ESCÁNDALO

Bien está que exista el escándalo de la pobreza, porque la sangre del pobre —decía León Bloy— es el dinero mal habido de todos los rapaces. Pero a condición de que no se caiga en la pobreza del escándalo; esto es, en el raquitismo de un escándalo flaco y magro, sólo susceptible ante cuestiones terrenas, salariales o sociológicas.

Tomar en vano el nombre de Dios, profanar lo sacro, agraviar a los santos y mostrarse impiadoso y blasfemo, debería movilizar los ánimos y los actos reactivos de los católicos, antes y con mayor intensidad que las injusticias sociales. El Reino de Dios y su justicia sigue siendo lo primero. La añadidura se le ordena como lo subalterno a lo principal.

No pretendemos que lo entiendan nuestros obispos.

CONSEJOS PARA UN FEMINISTA MÓRBIDO

En cuanto a Aguinis, si anda buscando machismo en las religiones, le sugerimos una repasadita al Libro del Zohar o al Schulchan Arukh. O algo más próximo: el conocimiento descarnado y patético de las mujeres ultrajadas y prostituidas por la Zwi Migdal.

Y si su feminismo mórbido lo impulsa –como en la nota que le objetamos- a extasiarse en la descripción del linchamiento de Hypatia, para cargar las tintas y disponer las sensibilidades contra su odiado catolicismo, no le vendría mal retratar del mismo modo los horrendos crímenes rituales de Agnes Hruza y Marta Kaspar, cristianas ambas y víctimas probadas de la demencia judaica. La una desangrada salvajemente en el bosque de Brezin, el 1º de abril de 1899; la otra descuartizada en Paderborn, el 18 de marzo de 1932. Los detalles de este tipo de endemoniados acontecimientos se los dará la obra de Albert Monniot, Le crime rituel chez les juifs. Si la juzgara nazi —porque ya se sabe que, en la guerra semántica, da lo mismo que su autor la escribiera antes de la aparición de Hitler en la historia— podrá acudir a Las pascuas sangrientas del insigne judío Ariel Toaf. Y si recusara esta obra aduciendo la supuesta retractación que su autor hiciera de la misma, deberá entonces acudir a la obra de otro israelita honestísimo, El poder de la judería, de Israel Adán Shamir.

No dirá Aguinis que lo dejamos sin alternativas.

POR EL HONOR DE SAN CIRILO DE ALEJANDRÍA

No; categóricamente no. La coincidencia de la historia no está en retratar un Cirilo obtuso, asesino y odiador de mujeres. Eso queda para los recolectores de desperdicios usurpando el papel de escritores; para los escribas de ascosidades elevados al podio de intelectuales; para los ignorantes de invencible memez adornados con los oropeles baratos de la decadencia posmoderna. Eso queda para los hijos del Padre de la Mentira y los sepulcros blanqueados.

En lo que coincide la vera historia sobre el santo y corajudo defensor de María como Madre de Dios, podrá contemplarlo y admirarlo el cristiano fiel y el hombre de voluntad recta adentrándose en sus escritos, que son muchos y ricos y bien sazonados en precisión, certidumbre y hondura. Quasten, Moliné, Altaner, Luis de Cádiz, Bardenhewer y la monumental obra de Migne, son sólo las principales patrologías que podrá consultar con provecho quien desee aproximarse al gran apologista.

A la derecha del Padre donde ahora se encuentra, y bajo el regazo celeste de María Theotokos, de quien fue su caballero en lisa enamorada y sapiente, no lo rozan las diatribas indoctas de un hábil especialista en cantar las gestas de la marranería.

San Cirilo de Alejandría: ora pro nobis.

Antonio Caponnetto

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