sábado, 18 de octubre de 2008

Fragmento


EL PAPA PÍO XII
Y LA DEMOCRACIA


Si existe un término en la lengua política de nuestra civilización que ha pasado a convertirse en un santo y seña ideológico, es el de democracia. Era imposible que un Pontífice pudiera usarlo en una acepción más o menos tradicional sin provocar numerosos malentendidos o una universal agresión publicitaria. Pío XII lo pronunció en algunas ocasiones y trató de colocarlo, de la mejor manera que pudo, en el elenco de las nociones políticas que tienen un sentido preciso. Es mi modesta opinión que perdió lamentablemente el tiempo, porque el término democracia está inevitablemente impregnado de ideologismo y su significación es tan variable y antojadiza como la propaganda de la cual depende de un modo fundamental y necesario.

Convengo en que la política es una realidad fluida y accidental, y aunque se pueden encontrar en ella principios prácticos universales, la adecuación a las muy diferentes situaciones provistas por la historia hace que las formas de la politicidad concreta no respondan nunca a las exigencias de un modelo determinado con anticipación. Uno de esos principios fundamentales hace que no se puede actuar en política sin conseguir, en alguna medida y de alguna manera, el apoyo del pueblo a la gestión de sus gobernantes.

Es indudable que para tener una clara comprensión de este hecho hay que distinguir con claridad entre lo que sucede con un pueblo y aquello que puede acontecer en una sociedad de masas. Un pueblo histórico, en la medida que despliega su dinamismo social conforme a un ritmo de crecimiento natural y espontáneo, se reconoce siempre en las clases dirigentes conque lo provee la historia. La sociedad de masas es hija de la publicidad e incumbe a ésta convencerla de que efectivamente participa en el gobierno porque se la convoca, de vez en cuando, a elegir los representantes seleccionados por la propia propaganda.

El mismo Papa quizá cedió un poco a la solicitud del reclamo publicitario cuando afirmaba que los pueblos “aleccionados por una amarga experiencia, se oponen con mayor energía al monopolio de un poder dictatorial incontrolable y exigen un sistema de gobierno que sea más compatible con la dignidad y la libertad de los ciudadanos”.

El mismo Papa había visto nacer el fascismo como un movimiento de signo autoritario, exigido, reclamado y proclamado en cuanta oportunidad se tuvo, por la inmensa mayoría de los italianos. Había asistido también como Nuncio Apostólico al nacimiento de la Social Democracia Alemana y no había dejado de percibir la enorme cantidad de votantes que consolidó el poder de Hitler. Sabía mejor que nadie cuál fue la actitud del democratísimo Frente Popular español frente a la Iglesia Católica y por supuesto había coincidido con las medidas de su antecesor Pío XI en apoyar con toda su energía la cruzada del Generalísimo Franco. El Frente Popular francés, dirigido por el judío León Blum, no fue mejor para el cristianismo que el español y si se buscan las responsabilidades sobre el carácter internacional que tomó la guerra civil española quizá sea el Frente Popular galo el primero que se movió en apoyo de la República Española y la proveyó con los elementos de guerra que precisaba para hacer frente al levantamiento del ejército.

Tampoco ignoraba el Santo Padre que el comunismo se reclamaba de la voluntad del pueblo soberano y se anunciaba desde el Este de Europa como el verdadero rostro de la democracia. Todas estas ambigüedades y contrastes en el uso del término, no le impidieron intentar una aclaración semántica y dar su definición de eso que él entendía por democracia, sin que su intento haya sido más feliz que otros para señalar una realidad que gusta desafiar todas las definiciones.

De acuerdo con el espíritu de la filosofía práctica tradicional, distinguía entre pueblo y masa y asignaba al pueblo el hecho de ser una realidad histórica con vida y modalidad peculiares. Un pueblo poseía una estratificación social que era el resultado de un orden secular de convivencia en un territorio determinado. Tanto sus individuos como sus clases habían alcanzado diversas situaciones en una relación viviente con sus méritos, sus trabajos, sus ambiciones o sus abandonos. Todas las desigualdades prohijadas por el temperamento, la inteligencia, la laboriosidad, la simpatía, la astucia, el dolo o la honestidad tienden a fijarse y a mantenerse en los niveles logrados gracias a los usos, las costumbres o los prejuicios que favorecen la conservación familiar de las fortunas y los méritos. Los ideales educativos aparecen para que tales desigualdades prohijen obligaciones, deberes y actitudes en consonancia con la posición alcanzada en la sociedad.

Una comunidad humana se convierte en masa cuando desaparecen las jerarquías impuestas por la historia y, bajo el pretexto de una igualación de oportunidades, se destruyen los esfuerzos familiares y nacen en las tinieblas los poderes ocultos del dinero o los más ostensibles del mérito subversivo. En este clima surge la democracia moderna, es decir, las masas convocadas por los poderes anónimos para enmascarar su propio dominio.

El Papa no quería defender algo tan contrario al espíritu del Evangelio pero, al usar el término democracia y tratar de aclararlo en un contexto plagado de ambigüedades, no hizo más que sumar un elemento de confusión a los muchos que ya existían en el complicado panorama de la época. En un discurso pronunciado en 1946 hacía una seria advertencia a las clases dirigentes de la sociedad señalando las exigencias que les imponía la promoción del bien común y el cuidado de todos aquellos puestos bajo su dirección. No había en sus palabras la menor concesión al espíritu demagógico que imponía siempre el halago a la muchedumbre. Por el contrario, suponía que “la multitud innumerable, anónima, es presa fácil de la agitación desordenada, se abandona a ciegas, pasivamente al torrente que la arrastra o al capricho de las corrientes que la dividen y extravían. Una vez convertida en juguete de las pasiones o los intereses de sus agitadores, no menos que de sus propias ilusiones, la muchedumbre no sabe ya asentar firmemente su pie sobre la roca y consolidarse así para formar un verdadero pueblo, es decir un cuerpo viviente con sus miembros y sus órganos diferenciados según sus formas y funciones respectivas, pero concurriendo todos juntos a su actividad autónoma en el orden y la unidad”.

En ocasión de este discurso aparece nuevamente en boca del Papa la noción de democracia, pero ahora como un claro sinónimo de “res publica” en el sentido preciso y tradicional del término. De otro modo no se podría entender por qué razón alude a la necesidad de que en los pueblos civilizados exista el influjo de “instituciones eminentemente aristocráticas en el sentido más elevado de la palabra como son algunas academias de extenso y bien merecido renombre”.

“También la nobleza —añadía el Papa— pertenece a este número: sin pretender privilegio o monopolio alguno, la nobleza es, o debería ser una de esas instituciones tradicionales fundadas sobre la continuidad de una antigua educación”.

Advertía la dificultad de que una democracia moderna, teniendo en cuenta lo mucho que la revolución había dañado el crecimiento natural de los pueblos, aceptara la existencia de una nobleza condicionada por el nacimiento y la formación espiritual en el seno de una familia. Exhortaba a los nobles que todavía quedaban en Italia a que merecieran su posición mediante el esfuerzo y el trabajo sobre sí mismos.

“Tenéis detrás de vosotros —les decía— un pasado de tradiciones seculares que representaban valores fundamentales para la vida sana de un pueblo. Entre esas tradiciones de las que os sentís justamente orgullosos, contáis en primer lugar con la religión, la fe católica, viva y operante”.

Al final de su alocución a la nobleza tocaba la nota paternalista, que tanto ofende al espíritu democrático de nuestra época y que coloca su prédica en la justa línea donde estuvieron todos sus predecesores frente a la demolición revolucionaria. Dios es padre y la paternidad es la forma justa en que se desarrolla y se expresa la madurez del hombre. La única protección que pueden tener los débiles en el seno de una sociedad tiene que nacer del espíritu paternal de los fuertes. Ya no se cree en el espíritu ni en los buenos hábitos formados a la luz de la doctrina cristiana. Los que gobiernan consideran más ventajosos los expedientes hipócritas por los que se hace creer a las masas que gobiernan ellas. Se las halaga y se las nutre espiritualmente con utopías, para explotarlas mejor y envilecerlas sin remordimientos.

Rubén Calderón Bouchet

Nota: Este fragmento pertenece al extenso artículo “La luz que viene del Norte”, que poseemos en su totalidad. Por su amplitud, sólo publicamos hoy estos breves párrafos, mientras esperamos el momento de poder transcribirlo íntegramente.

viernes, 17 de octubre de 2008

El profeta de la Argentina


POR DULCINEA
ARGENTINA


—Ahora yo solamente defiendo mi fe —gritó el cura cuando se apagó el vocerío—, contra la herejía más sutil que existe, la última herejía, dentro de cuyo caldo nacerá el Anticristo. Muchos de vosotros defendéis el ser histórico de esta nación, que habéis aprendido a amar, como Uriarte por ejemplo; otros defendéis o vengáis directamente vuestros bienes arrapiñados, que consideráis con razón requisito necesario de vuestra vida moral y racional; como por ejemplo el tagarote de Quiroga Quintana. Pero yo defiendo directamente la fe católica. Porque este democratismo que se nos impone a la vez con la mentira y la violencia, es una cosa religiosa, es el cristianismo de Cristo transformado en el cristianismo de Panchampla, adulterado, tergiversado, vaciado de todo su contenido; y rellenado por Juliano Felsenburgh de un contenido satánico.

—¡Obra de los judíos! —gritó uno; y un gong impuso silencio.

—A la manera que la Iglesia dice: Extra Ecclesiam nulla salus, ahora esta Contra-Iglesia o mejor dicho Pseudo-Iglesia proclama: Fuera de la “democracia” no hay salvación. A los que no admitimos esta sublimación ilegítima de un sistema político en dogma religioso, nos llaman peralistas o nazis o cristóbales. El ser “nazi” corresponde a una nueva categoría de crimen, peor que el robo, el asesinato, el adulterio y cualquier delito común; no de balde a la policía que lo persigue llaman Sección Especial. En realidad, corresponde al delito que en otro tiempo se llamó “herejía”; por eso dije que este “liberalismo” triunfante ahora es una cosa religiosa: es una religión falsa, peor que el mahometismo. ¡Se nos quiere hacer creer que la guerra de Norteamérica contra Asia es una Cruzada, una “guerra santa”! Se ha inventado y puesto en acción contra nosotros una Inquisición mucho peor que la antigua, “diametralmente” peor —como sería por ejemplo la inversión sexual con respecto a la simple lujuria—. Se está repitiendo lo que pasó en Inglaterra en los siglos XVII y XVIII con la palabra “papista”, y con los que ella designaba, que eran los cristianos mejores, que fueron extirpados limpios del país en forma total: con la diferencia que ahora el proceso es mundial, y se esconde detrás de una hipocresía mucho más adelantada. ¡Nos matan en nombre de la libertad y en nombre de Cristo!

Toda esta persecución se hace en nombre del Cristianismo, del cual se han conservado los nombres vaciados y los ritos falsificados, llegándose hasta el fingir una adhesión zalamera y enteramente inefectiva al Sumo Pontífice de Roma. Se mantiene el aparato burocrático de las Curias y aún se fomenta su hipertrofia, pero todas las asisas sobre que el Cristianismo romano se asienta… como la independencia de la familia y la propiedad privada, la justicia social, el principio de legitimidad de los gobiernos, el control sobre los gobernantes, la decencia pública, la convivencia caritativa… la Ley en fin… todo eso ha sido aniquilado, de sobra lo sabéis, lo habéis sufrido en carne propia… haciendo al mismo tiempo mucho ruido con todas esas palabras. Se favorece al clero menos digno, en una diabólica selección al revés, y de hecho se ha creado un cisma en él, con el sencillísimo arbitrio de dar las sillas episcopales, no a los más dignos, que son los más doctos… no a los más inteligentes y espirituales, sino a los más políticos y puerilmente “piadosos”. Pero ¿a qué seguir? Todos lo conocéis por haberlo sufrido, mejor que yo. La adoración de Dios está siendo sustituída imperceptiblemente por la adoración del Hombre; y eso sin suprimir a Cristo, sino reduciéndolo súbdolamente a hombre. El misterio de iniquidad, que consiste en la inversión monstruosa del movimiento adoratorio de hacia el Creador en hacia la Creatura se ha verificado del modo más completo posible, sin suprimir uno solo de los dogmas cristianos, como la Virgen Madre, el Santísimo Sacramento, el Crucificado, solamente con convertirlos en “mitos”, es decir, en símbolos de lo divino que ES lo humano, como dijo el gran escritor español Unamurri… y yo mismo hace un momento, en otro sentido. De vosotros no sé; de mí sé decir que no hay descanso para mí, fuera de la muerte, mientras esta abominación subsista.

R.P. Leonardo Castellani, S.J.

Nota: Este fragmento ha sido tomado de su libro “Su Majestad Dulcinea”, cap. X, El sermón del Cura Loco.

jueves, 16 de octubre de 2008

Damos la señal de los festejos


SEGUIREMOS CELEBRANDO
EL DOCE DE OCTUBRE

El enemigo sabe bien dónde apuntar, cuando clava con saña el hacha en la raíz. Ya ha adormecido a varias generaciones de americanos con falsificaciones marxistas y leyendas negras antiespañolas, para asesinar el ser americano, pues no se trata de otra cosa, cuando se quita el alma.

¿Que la raíz indígena, blablabla?... Sí, claro... Parece que en verdad nos hubieran sitiado los fantasmas de las víctimas, apenas arrancados sus corazones para los ídolos, pretendiendo volver a nuestra tierra al infierno del paganismo del que María de Guadalupe la salvó amorosamente. Y a América se la salvó no “cambiándole” sino otorgándole un alma, con el ser bautizada aquel 12 de octubre, puesto que no podemos hablar de un alma viva previa a la Conquista, si no era para Cristo y la Verdad revelada. Como todo bautismo —sacramento “de muertos”— que rescata y resucita al alma de la muerte en que se halla sumida por el pecado original, ciertamente aquí yacía un continente en espera de la Luz sin ocaso. “El mayor genocidio en la historia de la Humanidad”, califican nuestros legisladores porteños, lo que Francisco López de Gomara ha definido como “La mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la Encarnación y Muerte del que lo crió.” Nosotros antepondríamos además, solamente el día de la Inmaculada Concepción. Locura y escándalo para los gentiles, sin duda, y para nosotros, Historia Sagrada, ni más ni menos.

Demasiado abismal la diferencia, como para confundirnos, ¿no? Y sin embargo, lamentablemente, muchos católicos están muy confundidos, y hoy son insensiblemente arrastrados por la corriente. Es por eso tal vez que muy seguros de sí, en la resolución de la Legislatura porteña de dejar de celebrar esta fecha, se declara que “hoy en día resulta una discusión inútil plantear el tema del “encuentro de dos culturas”, o hablar del “descubrimiento de América”. Sin embargo, no está de más refrescar datos y hechos que a la luz de los tiempos son argumentos inobjetables para plantearnos en la actualidad una actitud de reflexión frente al 12 de octubre...” Porque bajo el imperio democrático de Gramsci se han hecho “bien los deberes”, y tal vez queden pocos católicos dispuestos a discutir y combatir por estos temas.

Pues nosotros instamos a la necesidad imperiosa de sostener hasta el cansancio esa discusión, y de librar ese combate. Porque ante los genuflexos de las Constituciones liberales de turno, y de todas las Convenciones Internacionales, NO reconocemos la “preexistencia ética y cultural de los pueblos indígenas” (cfr. Const. Nacional, art. 75, 17) sino la “preexistencia del Designio Salvador de la Divina Providencia”, que jamás puede darse en la esclavitud de las idolatrías ni del paganismo. Consecuentemente, mientras que para los Legisladores la Convención Internacional sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Racial tiene “jerarquía superior a las leyes” (id., art. 17, 22), para nosotros la suprema jerarquía no puede residir sino en el Decálogo, ante cualquier ley humana, y es en la conformidad con él, y con el Orden y el Derecho Natural, donde se refuerzan y legitiman, en última instancia. Por más “cara de foto” que pongamos, si somos coherentes, no puede decirse que como católicos podamos adherir a los postulados citados de la nueva Carta Magna. Si no quisiéramos esconder la cabeza como el avestruz, comprenderíamos que al señalar en ella (ibid. Art.7) que los Estados “se comprometen a tomar medidas inmediatas y eficaces, especialmente en las esferas de la enseñanza, la educación, la cultura y la información, para combatir los prejuicios que conduzcan a la discriminación racial y para promover la comprensión, la tolerancia y la amistad entre las naciones y los diversos grupos raciales y étnicos”, veladamente se está dirigiendo toda la política hacia una dictadura del relativismo y sincretismo que de ningún modo podremos admitir, porque con la palabrita mágica paralizadora de las conciencias, “discriminación racial”, lo único que se discrimina es la identidad católica, si como tal ésta pretende señalar su supremacía frente al Corán o al Talmud, por ejemplo (¡y no se trataría, por supuesto, de cuestiones “raciales”!).

Huelgan comentarios muy extensos a la reciente resolución de la legislatura de la Ciudad de Buenos Aires que concluye afirmando “...creemos necesario de una vez por todas, llegada una nueva fecha de octubre, decir «No» enérgicamente a la celebración del 12 de octubre como «Día de la Hispanidad» o «Día de la Raza». El 12 de octubre no hay nada a celebrar”.

Asumámoslo sencillamente, pues: no podemos, tal como están las cosas, ser “políticamente correctos”. Y en cambio, ¿por qué no tratar en todo caso de ser “religiosamente coherentes”?... Respondiendo entonces, SÍ ENÉRGICAMENTE: CELEBRAREMOS CADA VEZ MÁS.

Hoy la Iglesia nos exhorta a una Nueva Evangelización, y a nosotros nos surge una pregunta: ¿es posible acometerla eficazmente a partir del olvido, de la traición a la justa memoria y de la ingratitud? Cómo es posible, digo, ser fieles al imperativo de re-evangelizar América, cediendo ante el imperio de la mentira marxista y liberal, entregando sin chistar nuestras conciencias? Espigando las Sagradas Escrituras podemos concluir en la certeza de que Dios no puede bendecir la ingratitud, y por otra parte, la virtud de la piedad nos impone como deber sagrado la honra de nuestros padres, extensivo a nuestros padres en la fe; a quienes les debemos nuestra vida espiritual. Atentos pues a ello, ¿puede pasar inadvertido para un católico americano, el eterno vínculo que nos une a la España católica —la España genuina, por cierto— y a todos los pueblos junto a los cuales formamos la bendita Hispanidad? ¿Puede ser que en estos tiempos tan ansiosos por salir a “misionar” se silencie indiferentemente el día en que LA misión se hizo milagro patente, arrasador, constituyéndose para siempre los arquetipos magníficos del misionero, del apóstol, y del cristiano militante? ¿Evangelizar en América dando la espalda a los santos apóstoles que nos precedieron de un modo eminente, sólo explicable recurriendo a las maravillas inagotables de la gracia? Parece necedad, por lo menos.
Y no obstante... hoy, 12 de octubre de 2008, se nos repiten frases como que “hace años venimos buscando ‘cómo ser Iglesia’, para vivir en hondura nuestra vocación del servicio evangelizador (...)”; de la “necesidad de mirarnos para poder renovar nuestro fervor apostólico, discernir en la acción, abrirnos con docilidad al Espíritu, salir a las periferias”; se nos insta a una Renovación del compromiso misionero: “recorrer juntos un itinerario de conversión, renovar el ardor misionero y confianza plena en el Señor y disponibilidad a repensar y reformar muchas estructuras pastorales para ser mejores discípulos misioneros...” Y en este año paulino nosotros insistimos: ¿es que en medio de tanta palabra bonita, a nadie se le ocurre MIRAR HACIA LOS MODELOS, o al menos enterar a los jóvenes de su mera existencia? ¿Es que los santos americanos que dejaron su palabra, su vida y su sangre en ocasiones, no tienen ya nada que enseñarnos, pretendiendo que el Espíritu Santo nos enseñe “recetas magistrales” en dinámicas de grupos?¿Se cree realmente en la Comunión de los santos, y en la eficacia intercesora de quienes habiendo ya “llegado a puerto” pueden realmente iluminar nuestras sendas desde el cielo, si somos fieles en invocarlos? A menudo se oyen lamentos acerca de la ignorancia doctrinal que aqueja a los jóvenes misioneros, junto a la más bella intención, y los celosos “lobos” (que no pastores) que los orientan se escudan en el consabido “su tarea es lo popular”, y “hay que dar prioridad a la urgencia pastoral”. Concedamos un poco...¡pero ni eso! Que ya sabemos bien que hay pocas cosas más sencillas y eficaces para animar la religiosidad popular, como el proponer ejemplos concretos de vidas de santos. Pero no se conocen, porque no interesa conocerlos, pareciera. Si al fin y al cabo... nosotros tenemos la “nueva teología”, y entonces seguramente los viejos santos americanos suenan a “preconciliares”...¡a ver si nos encontramos con algún intolerante que viniera a hablar de una única Verdad, o del Cielo y del Infierno! Santa Rosa, San Pedro Claver, San Luis Beltrán, San Francisco Solano, Santo Toribio de Mogrovejo, San Martín de Porres, santo padre Pro, Toribio Romo y mártires cristeros, María Antonia de Paz y Figueroa; Hernán Cortés, sí; el apóstol innombrable! No podemos resistir, de paso, a la tentación de referir aquí una cita acerca de su reacción (de verdadera misericordia, propiamente hablando), al comprobar el estado de esclavitud espiritual en que vivían los indígenas:

Los ídolos, cuenta Tapia, “tenían mucha sangre, del gordor de dos y tres dedos, y [Cortés] descubrió los ídolos de pedrería, y miró por allí lo que se pudo ver, y suspiró habiéndose puesto algo triste, y dijo, que todos lo oímos: «¡Oh Dios!, ¿por qué consientes que tan grandemente el diablo sea honrado en esta tierra? Ha, Señor, por bien que en ella te sirvamos». Y mandó llamar los intérpretes, y ya al ruido de los cascabeles se había llegado gente de aquella de los ídolos, y díjoles: «Dios que hizo el cielo y la tierra os hizo a vosotros y a nosotros y a todos, y cría con lo que nos mantenemos; y si fuéremos buenos nos llevará al cielo, y si no, iremos al infierno, como más largamente os diré cuando más nos entendamos; y yo quiero que aquí donde tenéis estos ídolos esté la imagen de Dios y de su Madre bendita, y traed agua para lavar estas paredes, y quitaremos de aquí todo esto».
“Ellos se reían, como que no fuese posible hacerse, y dijeron: «No solamente esta ciudad, pero toda la tierra junta tiene a éstos por sus dioses, y aquí está esto por Huichilobos, cuyos somos; y toda la gente no tiene en nada a sus padres y madres e hijos en comparación de éste, y determinarán de morir; y cata [mira] que de verte subir aquí se han puesto todos en armas, y quieren morir por sus dioses».
“El marqués [Cortés, luego marqués de Oaxaca] dijo a un español que fuese a que tuviesen gran recaudo en la persona de Muteczuma, y envió a que viniesen treinta o cuarenta hombres allí con él, y respondió a aquellos sacerdotes: «Mucho me holgaré yo de pelear por mi Dios contra vuestros dioses, que son nonada». Y antes que los españoles por quien había enviado viniesen, enojóse de las palabras que oía, y tomó con una barra de hierro que estaba allí, y comenzó a dar en los ídolos de pedrería; y yo prometo mi fe de gentilhombre que me parece agora que el marqués saltaba sobrenatural, y se abalanzaba tomando la barra por en medio a dar en lo más alto de los ojos del ídolo, y así le quitó las máscaras de oro con la barra, diciendo: «A algo nos hemos de poner [exponer] por Dios». Frase esta última que deberíamos grabar en las conciencias cuando con tanta facilidad rendimos tributo al respeto humano para dar testimonio de nuestra fe. Para Isabel la Grande, la que mereció pasar a la historia con el nombre de «la Católica», como ningún gobernante, la que no nos cabe la menor duda nos mira desde la Gloria como madre engendradora de mundos, aunque esperemos pacientes su paso a los altares, para ella, decimos, no nos alcanzarían estas páginas. Pero podemos invocarla piadosamente, sin duda”.

Decíamos pues que el enemigo (el masón, el marxista, el liberal, el sionista, o el burgués sin más, idiota útil a todos ellos) sabe bien lo que censura o que suprime (con nuestra culpable y silenciosa omisión), cuando por ejemplo, en este 11 de octubre declara en la voz de los legisladores de la Ciudad de Buenos Aires que “El 12 de octubre no hay nada a celebrar." Con respecto a los falaces y ya suficientemente rebatidos argumentos, remitimos sencillamente a los lectores a abrevar en Zacarías de Vizcarra, Ramiro de Maeztu , el Card. Gomá, en Alberto Caturelli, Antonio Caponnetto, en las múltiples alusiones al tema de la Evangelización de América de S.S. Juan Pablo II; volvamos a la Verdad, sencillamente pero con seriedad, si algo nos confunde. Mal se puede amar y defender con el alma lo que no se conoce sólidamente.
Pero una vez esclarecidas las ideas, no puede ser el desánimo o la desidia la respuesta. Creemos que más que nunca, en esta hora, se hace necesario multiplicar acciones y oraciones para restaurar la Hispanidad en nuestras vidas y costumbres diarias; ¿ofrecemos comuniones de acción de gracias por cada nuevo aniversario? ¿inculcamos la gratitud por esta gesta a nuestros hijos en la oración, y en la alegría de cada amanecer de un nuevo 12 de octubre?; ¿procuramos estampas e imágenes de nuestros santos y héroes para animar la memoria y piedad familiar?; pues es preciso comprender que se trata de la restauración del ser mismo de nuestras patrias americanas, hijas de María del Pilar y de Guadalupe a la vez. Como algunos pueblos fortificaron su fe en la persecución, así nosotros podemos obrar en las familias, sobre todo, la urgente resistencia.

Resulta inconcebible y vergonzoso, entonces, que nuestros sacerdotes olviden en este día mencionar la gran gesta. Recordémoslo, pues: que no haya un solo templo en América sin celebrar cada 12 de octubre, una Misa de acción de gracias, que no pueden negarnos.
Porque por encima de todos los hombres y acciones pequeñas y grandes mezcladas (¡tan mezcladas!) en esta empresa, ¡la diestra de Dios se distingue TAN nítida! Porque no fue casual que la Santa María llegase a estas tierras el día preciso en que Isabel celebraba la fiesta de esa misma Señora que —según la tradición— asistiera a Santiago, patrono especialísimo de España y de guerreros. Y no es menos significativo que —una vez más, como en todos los magnos acontecimientos— el Señor escogiera lo que es tenido por necio entre los hombres —marineros incultos, soldados y aún bandidos— para mostrar su Voluntad, sin éstos comprenderlo.

No es tema de poca monta el ataque a esta fecha, “pascua de América”, sagrada en su dependencia total de la primera. Cristo vive porque ha resucitado para siempre; y para siempre será América también hija de la Iglesia, hija de España, aunque la cizaña se mezcle con el trigo, y abunden los apóstatas, a los santos ya no pueden vencerlos; ellos son legiones, y no duermen.

No durmamos nosotros tampoco; ni permitamos que adormezcan a nuestros hijos, sobre todo, los sopores mentirosos del paganismo —cuyos demonios se escudan temporalmente en los títeres que creen gobernarnos— que pretende volver a enseñorearse de estas tierras ya consagradas para Cristo, y no dejemos de proferir a voz en cuello la divisa perenne:

¡Viva Cristo Rey!

¡Viva María Reina!


¡Viva Doña Isabel de Castilla, y Viva España y América Católica!


M. Virginia O. de Gristelli

miércoles, 15 de octubre de 2008

Nacionales


VIVA LA PEPA
AUNQUE LA
PATRIA PEREZCA


En el “Berliner Tagelblatt” del pasado mes de mayo, Ingeborg Hellige manifiesta, refiriéndose a cómo nos ven en la Unión Europea: “El robo, el vaciamiento del Estado a través de las privatizaciones, la inestabilidad monetaria, el desmantelamiento de sus sistemas de defensa nacional, el muy bajo presupuesto para su educación y la saluda pública, la emisión desmedida de moneda, el enorme déficit fiscal encubierto por el gobierno y las estructuras mafiosas que tienen hoy el poder, hacen que no podamos ver en La Argentina más que desconfianza y descreimiento”.

El párrafo trascripto contiene verdades que no pueden ser discutidas, salvo al final. La desconfianza y el descreimiento a que hace referencia parecen incluir a la totalidad del pueblo argentino, cuando éste —si debe ser acusado de algo— es de ser crédulo y pasto de la mentira. A los que no se les puede creer es a los votados por parte de ese pueblo para cumplir su función de agentes locales de Imperialismo Internacional del Dinero.

“Bueno, ustedes mismos los votaron”, dirían en Europa; repetida muletilla que será, lamentablemente, coreada por una gran cantidad de argentinos. El notable estadista y filósofo contemporáneo, Carlos Saúl Menem, fue quien aclaró magistralmente el meollo de esta cuestión: “Si yo en la campaña electoral le digo a la gente: vamos a reanudar las relaciones con Inglaterra, pierdo el 20% de los votos. Si le digo a la gente: vamos a privatizar teléfonos, ferrocarriles y aerolíneas, tengo en contra a todo el Movimiento Obrero” (cfr. Tomás J. Persichini, “El Omega de Menem”).

Pero disgresiones metafísicas al margen, resulta paradójico que sea precisamente la Unión Europea la que desconfía de nosotros. Se puede leer, citado por Julio C. González en “Los Tratados de Paz por la Guerra de Malvinas”, a Juan Bautista Alberdi (nobleza obliga), diciendo lo siguiente: “La Europa presta al suelo, no al hombre, cuando presta su dinero a los Estados de la América del Sud”, exigiendo el suelo desocupado de habitantes como pago. Y se pregunta después cómo se puede desalojar un continente, respondiéndose a sí mismo: “provocando guerras u otras calamidades por cualquier pretexto y sin ningún motivo”, adelantándose así a Sir Henry Kissinger y a Felipe de Edimburgo. ¿Qué más se necesita saber?

Y ya que estamos hablando de Sir Henry, fue éste quien explicó la secuencia que va desde el robo para adelante, en el Simposio sobre Deuda Externa (DE), en el año 1985, en la ciudad de Berna: “Yo prefiero —dijo— que las naciones deudoras paguen sus obligaciones externas con activos reales a los bancos acreedores, con la entrega del patrimonio de las empresas públicas” (cfr. Alejandro Olmos, “Todo lo que Usted quiso saber sobre la Deuda Externa y siempre se lo ocultaron”).

Orden que fue cumplida por medio de la Ley 23.696 de Reforma del Estado, promulgada el 18 de agosto de 1989, antes de cumplirse los dos meses de haber asumido Menem su mandato. La susodicha ley autorizó las privatizaciones, segunda fase de la estafa que se inició con la Deuda Externa, y que cumplió el triple propósito de:

a) saquear los bienes físicos de las naciones;

b) despoblar los países del tercer mundo, según los postulados del Memorando 200 (de mayo del año 1976) de Henry Kissinger, a fin de liberar de habitantes zonas importantes de producción de materias primas,

c) desmantelar los sistemas de defensa nacional, al suprimir, por privatizaciones, sus bases logísticas indirectas (combustibles, transportes, comunicaciones), y las directas (Fabricaciones Militares, astilleros, fábrica militar de aviones). Así se cumplió la entrega de nuestros bienes físicos a precio vil o simbólico, y así fuimos primero estafados y luego denostados. “Cornutto e bastonatto”, dirían en Italia.

Recordamos que la primera fase de la estafa fue la imposición de la Deuda Externa, a la que fueron obligados pueblos seleccionados por organismos internacionales. Al respecto dice Olmos en la precitada obra: “La Argentina se endeudó como consecuencia de las soluciones arbitradas por el Banco Mundial y otras organizaciones (FMI), a fin de evitar graves perturbaciones en el sistema financiero internacional como consecuencia del enorme exceso de petrodólares en el mundo”.

Es decir, “el FMI tenía pleno conocimiento de la Deuda Externa a que fue obligada La Argentina”. A todo esto, según constata el Dr. González, también en la obra ya citada, “el endeudamiento contraído por empresas y organismos del Estado Argentino no se traducía en el ingreso de ninguna suma. Quedaban depositados (los dólares) en el banco prestamista como reservas internacionales que respaldarán los pesos en la República Argentina. Es decir que la Deuda Externsa era una simple garantía para la moneda de curso legal en el país”.

La continuidad y la identidad de las misiones que deben cumplir los eslabones de la cadena que se inició con el Proceso y que sigue hasta hoy, queda a la vista con el tratamiento de esta estafa. El Juez Federal Martín de Anzoátegui, primer juez de la Causa 14.467 (A. Olmos / Denuncia) sobre la Deuda Externa elevó, el 16 de diciembre de 1983, fotocopia de lo actuado al presidente de la Cámara de Diputados, Juan Carlos Pugliese, por la utilidad que pudiera “brindar para el éxito que se avizora en esta investigación judicial”.

Los senadores radicales sostuvieron “que la investigación parlamentaria es incompatible con la política económica de Alfonsín”. Antes bien, se pudo leer en el diario “Clarín” del 2 de julio de 1985: “El Estado asumió el total de la deuda privada”. Dentro de éstas se incluían los autopréstamos, “perverso procedimiento utilizado por los supuestos deudores mediante transferencias al exterior de divisas que volvían a ingresar como préstamos”.

Entre estas instituciones figuraba el Chase Manhattan Bank, del cual era apoderado Martínez de Hoz. Él mismo en su libro “Bases para una Argentina Moderna”, de1981, manifestó que “se incluyen las deudas de las multinacionales y 4000 millones de dólares ya cancelados y que continúan incluidos como impagos”.

En la época de Menem, ante un proyecto presentado por el Diputado Alfredo Bravo y otros el 27 de septiembre de 1994, el “Bloque de la mayoría (justicialista)”, decidió “que el proyecto no se trate”. Los ministros Erman González y Roberto Dromi declararon, el primero que “la Deuda Externa no puede repudiarse porque es legítima”, y el segundo que “con las últimas medidas la cuestión de la legitimidad o ilegitimidad de la Deuda Externa había pasado a la historia”. González, además, no tuvo empacho en “destacar los servicios prestados al país por Martínez de Hoz”.

Entre las empresas que cayeron como consecuencia de todo esto figura, por supuesto Aerolíneas Argentinas (AA). Olmos precisa que “la empresa se vendió con una parte de supuesto efectivo —130 millones de dólares— y otra en títulos de la Deuda Externa. Los derechos de ruta —del orden de los ochocientos millones de dólares— se estimaron en apenas sesenta y los Jet 707 se valuaron en U$S 1,54 (un dólar y medio), por considerarse que ya estaban amortizados”. De paso, el inciso 12 del artículo 15 de la Ley 23.696 exige “disponer para cada caso de privatización y/o concesión de obras o servicios públicos, que el Estado Nacional asuma el pasivo total o parcial de la empresa a privatizar”.

Y por si fuera poco, leemos en “La Nación” (del 17 de febrero de 1992), con el título Las Sorpresas de la Deuda Externa: “pasarán más de noventa días antes de que finalice la verificación de los títulos de la Deuda Externa que por mil cincuenta millones de dólares se entregaron al gobierno como pago por Aerolíneas Argentinas. ¿Cuál es la causa de semejante demora?”

Menciona entre otras, el hecho de que “no pocos tenedores de esos títulos se desprendieron rápidamente de ellos”. Y también “el cierre de algunas entidades bancarias que originalmente las adquirieron. Los trastornos recrudecieron cuando se trata de títulos que, como tales, no existen físicamente, sino que se trata de anotaciones, comunicaciones o registros contables en entidades bancarias del exterior cuya razón jurídica ha variado con los años”.

Es decir, nos obligaron a endeudarnos en humo, y nos pagaron con humo. Ahora que se trata de reestatizarla, se plantea un resarcimiento de más de novecientos millones de dólares. Dice “Clarín” (del 27 de julio de 2008 - pág. 6): “Muchos opositores hacen conocer sus dudas y recelos: no quieren que toda la sociedad se haga cargo otra vezde una millonaria deuda privada”. También se habla de una nueva privatización posterior.

Es de esperar que, de concretarse, esta vez nos paguen aunque sea con pirulines y dibujitos de Walt Disney.

Luis Antonio Leyro

martes, 14 de octubre de 2008

In memoriam: Renzo Lódoli


UT FIDELIS INVENIATUR

“Ser encontrado fiel”.
El Camarada Renzo Lódoli, fascista de familia católica y padre militar, presidente de ANCIS (los bravos italianos que vinieron a España para ayudar a ganar la Cruzada contra el bolchevismo internacional), descansa ya de una vida cargada de fidelidades, a las cuales honró hasta su muerte, acaecida el pasado 6 de octubre.
Además de la oración agradecida por quien caritativamente expuso su vida por la causa de España, vamos a sumar el recuerdo de un viejo reportaje, en el cual desgranó —en el lenguaje florido del Dante— su ideario de siempre. El mejor Lódoli se vio en campos de combate, siempre bajo la bandera del “il Fascismo Redentor”; pero el Lódoli reporteado no le iba en zaga...

Nací en Venecia porque mi padre era oficial de marina. De niño recorrí toda Italia con él. Luego volví a Roma y estudié en el Politécnico. Cuando empezó la guerra de España tenía 23 años. Era ingeniero pero todavía no estaba trabajando. Acababa de regresar de África de luchar en Abisinia como miembro de un batallón de estudiantes voluntarios. Todos nosotros éramos fascistas. En aquel entonces todos los italianos eran fascistas. Había una organización de universitarios fascistas, de donde posteriormente surgirían los más antifascistas.

Llegué a España con un regimiento de la División Littorio, en un barco que no tenía nombre ni nacionalidad. Se la habían borrado. ¡Era un barco fantasma! Llevábamos los uniformes caquis de las tropas coloniales italianas, sin grados, sin emblemas, sin nada. Salimos de Nápoles y tardamos cinco días en llegar a Cádiz. No sé por dónde pasamos. Al llegar, nos pusieron grados y emblemas y una boina negra con una estrella de cinco picos. Teníamos, como los alféreces provisionales españoles, una hombrera de paño negro con una estrella de oro. A los alféreces, nos pusieron dos estrellas blancas de plata. No llevábamos bandera italiana ni nada semejante. Llevábamos una bandera negra, con una cinta italiana y otra española.

Nada más llegar nos mandaron quince días a Jerez de la Frontera, donde nos facilitaron un carné de falangista y otro de requeté. De allí nos trasladamos a Guadalajara. Fue horroroso, ya que allí, nuestro Estado Mayor se equivocó en todo. Estábamos a mil y pico metros de altitud, había mucha nieve, hacía mucho frío y no estábamos bien equipados. Los soldados, por ejemplo, no teníamos guantes. Mi general pidió guantes. ¡Llegaron en junio! Algunos compañeros murieron de frío. Había una única carretera, la carretera de Francia. Viajábamos en una fila de autocares que ocupaba toda la calzada con lo que si un autocar se paraba, toda la columna de coches se tenía que detener detrás. Fuimos al bosque de Brihuega, y ahí nos dijeron: “Aquí está el frente”. Había anochecido, nevaba. Los italianos de las Brigadas Internacionales habían avanzado 40 kilómetros hasta Torija e intentaban tomar el pueblo. Nosotros éramos más fuertes, pero ellos eran más. Nosotros éramos 40 batallones de infantería, pero 33 eran banderas, es decir, batallones ligeros. Ellos tenían 44 batallones de infantería, 90 carros rusos de combate y la aviación. Nuestros aviones se habían visto obligados a permanecer en la base, que estaba en Soria, porque llovía y había mucho barro lo que les impedía despegar. Sin embargo, los aviones rojos sí salían, porque se encontraban en los campos de Madrid, donde disponían de varias pistas de asfalto. Resistimos lo que pudimos y luego retrocedimos hasta Almadrones.

Los rojos tardaron en avanzar dos o tres días. No sabían que nosotros habíamos retrocedido. En el campo no había casas. En la meseta de Castilla no hay apenas casas. Nuestra posición estaba muy próxima al palacio de Ibarra. Era un palacio muy hermoso, decorado con numerosos cuadros, pinturas y alfombras. Cuando una de nuestras banderas llegó al palacio, dijeron: “¡Oh, aquí nos quedamos!” Llevábamos una semana conviviendo con la nieve, la lluvia y el barro de manera que los compañeros no se lo pensaron y se pusieron a descansar allí. Entonces fueron atacados por las Brigadas Internacionales. Murieron casi todos. Fueron sorprendidos mientras dormían, ¡una cosa horrorosa! Es mejor olvidar. Los rojos, después, sepultaron a los suyos y, a los nuestros, los arrojaron a una fosa común que todavía no se ha encontrado.

Estábamos obligados a entregar los prisioneros a los nacionales en un plazo de 48 horas. Los fusilaban a todos. Los españoles eran de paredón fácil. De un bando y del otro. Nuestras divisiones estaban llenas de prisioneros. Casi todos eran gudaris vascos. A muchos les pusimos el uniforme italiano para salvarles la vida. Hubo un capitán republicano que combatía en el frente de Santander que fue hecho prisionero y sabíamos que si lo entregábamos lo iban a fusilar. El comandante del regimiento de artillería le puso un uniforme italiano y ese hombre hizo toda la guerra con nosotros como topógrafo. Incluso fue condecorado con una medalla de bronce por detectar un depósito de municiones. Cuando acabó la guerra y volvió a su casa, lo detuvo la Guardia Civil y fue condenado a muerte. Gracias al embajador italiano pudo salvar la vida, aunque tuvo que estar preso durante algunos años.

Al principio, los españoles nos llamaban cobardes, porque cuando avanzábamos, íbamos de un árbol a otro, o de una piedra a otra, mientras que ellos avanzaban en línea recta, con la bandera y el crucifijo de los requetés como escudo y al descubierto. Aprendieron mucho de nosotros. A los italianos nos sorprendían muchas de las cosas que hacían. Por ejemplo, en el frente de Bilbao, en Orduña, había una peña que era defendida por unos requetés que tenían su casa justo debajo, en el valle. Todas las noches iban a dormir a su casa. ¡La guerra la hacían durante el día! ¡Los españoles combatían así! A la hora de la comida cesaban los tiros y después de comer proseguían. Y por la noche no combatían nunca.

En Guadalajara, con los rojos, estaban los italianos de la Brigada Garibaldi, que no hicieron nada. Decían que no querían que italianos combatiesen contra italianos, de modo que aunque la Brigada Garibaldi fue enviada al frente, apenas actuó. Iban en unos camiones con altavoces y nos gritaban: “Italianos, cabrones, tenéis que venir con nosotros. Somos los defensores de la libertad y de la democracia”. Y cantaban Giovinezza. Eso era todo lo que hacían. Una noche, en Guadalajara, tuve que ir a tomar contacto con una bandera. Llovía. Cuando les encontré, estaban cantando Giovinezza y les pregunté: “¿Por qué cantáis esa canción? Sólo los rojos cantan Giovinezza”. Era para confundir, ya que en el bosque no se sabía quién era amigo y quién enemigo. Además, los uniformes eran casi iguales, bueno, eso cuando había uniformes.

El primer rojo que murió en Guadalajara fue uno que se despistó y apareció en nuestras líneas. Se parapetó detrás de un árbol y empezó a disparar. Tenía una chaqueta de civil y un fusil. Los nuestros dispararon y cayó herido muy grave. Antes de morir se santiguó. Llevaba en la cartera estampas de santos y el carné de Socorro Rojo. Era un campesino de Ciudad Real. El primer italiano de mi bando que murió en Guadalajara, fue uno que durante la noche, como no había aseos, se alejó un poco; cuando volvió, un centinela le dio el alto y aunque él se identificó, el soldado le disparó. ¡Mira que durante el día disparaban y no acertaban casi nunca!, pero esa vez, de noche y todo, no falló. Estas cosas pasaban todos los días.

Posteriormente tuvo lugar la batalla de Levante. De mi batallón, fallecieron ocho personas y otros 17 quedaron mutilados o heridos. Yo pertenecía al Tercer Batallón del Segundo Regimiento de la División Littorio de voluntarios. Todos los italianos éramos voluntarios menos los oficiales y los generales del Estado Mayor, bueno, y los capellanes militares. El obispo castrense les decía: “Tú tienes que ir a España”. Y se tenían que aguantar.

En Levante hacía un calor terrible. Un día, una vez terminados los combates, me encontraba hablando y fumando en un búnker con mis soldados, cuando un balazo entró por la ventanita. Yo tenía las piernas en alto, y esa bala perdida me atravesó una pierna. Fue horroroso. ¡Esa fue mi heroica herida! Los soldados me decían: “¿Teniente, qué tiene?” El disparo me había reventado una vena. Tuve que retirarme con el caballo de mi comandante, porque no podía caminar. Pero no fui al hospital, me asistieron allí. No podía marcharme, ya que sólo quedábamos seis oficiales. Habían herido al comandante del regimiento y matado al comandante del batallón. Esa fue mi única herida. En otra ocasión, me dieron en el casco, otra en la mascara antigás, otra en la manta… Decían que tenía suerte. Después de la batalla de Levante volví a Italia porque murió mi madre. Posteriormente intenté volver, pero ya no me dejaron.

En octubre de 1938, las Brigadas Internacionales fueron disueltas y abandonaron los frentes. También regresaron a Italia los diez mil voluntarios nuestros que llevaban más tiempo en España. Tanto en la batalla de Cataluña como en las siguientes no hubo ya extranjeros combatiendo con el bando rojo. Cuando se produjo la victoria final, mi división se encontraba en la zona de Logroño. Después, muchos italianos se casaron con chicas de la zona. La convivencia con los españoles había sido buena. Lo que más esfuerzo nos costaba era el aceite. Teníamos que hacer dos ranchos: uno para los españoles y otro para nosotros. A los españoles no les gustaba nuestro aceite y a nosotros no nos agradaba el aceite de los españoles. En Italia se comía mejor que en España.

Durante la Segunda Guerra Mundial, fui con mi regimiento de los Guardias del Rey a Croacia, Eslovenia y Dalmacia y posteriormente me enviaron a la Escuela de guerra de Turín, donde permanecí seis meses. Luego estuve en Sicilia como oficial del Estado Mayor y pasé los últimos meses de la guerra en Francia. Después participé en la República Social Italiana y concluí con un año de calabozo y dos procesos en los tribunales. En total hice diez años de guerra, desde octubre de 1935 hasta noviembre de 1945. Después me dediqué a la ingeniería. También fui uno de los fundadores del Movimiento Social Italiano, un partido de extrema derecha. Hoy sigo escribiendo en periódicos y libros, pero ya no estoy activo en la política. Fui candidato a diputado en 1948 cuando nadie quería serlo.

A mí no me gustan las guerras pero, en mi opinión, la guerra de España fue la única que tenía un motivo real, ya que no se trataba de una guerra por el poder, contra los ingleses o los alemanes. Esta fue una guerra en defensa de nuestra civilización. El comunismo empezó a ser derrotado en España. Fue su primera derrota. Este fue el motivo por el que acudimos a España casi todos los italianos. Claro que, entre los ochenta mil que fuimos, estaban los que les había dejado la novia, los que tenían problemas económicos, los aventureros que iban por el mundo de guerra en guerra… Había uno en mi división que se llamaba Ferrari. Había sido condecorado con tres medallas de plata en la Primera Guerra Mundial y tenía tres promociones por méritos de guerra ¡Y era capitán! ¡Había sido degradado en dos ocasiones!

Me preguntan muchas veces por qué vine a España y yo respondo: “Soy católico, procedo de una familia católica, estudié ocho años en un colegio de jesuitas y no me gustaba ver que mataban a tantos curas ni tantas iglesias destruidas. Ni que el señor Azaña anduviera diciendo: «España ha dejado de ser católica»”. Esa era una de las razones. Otra es que soy italiano. Y el interés de Italia era que en España existiera un gobierno, si no igual, sí semejante al italiano y no comunista, desde luego. Otro motivo es que soy fascista y esperaba que el franquismo fuera fascista. No lo fue, pero eso nosotros no lo sabíamos entonces. Franco adoptó la boina roja, el Cara al sol, el saludo romano y poco más. Y por último: yo no soy demócrata. No creo que el 51% pueda decidir lo que quiera en contra del 49%. Y tampoco soy liberal.


Hace un esfuerzo, y en vano,
quiere mi mano estrechar:
¡duerme en paz, querido hermano,
la Patria quiere mi mano
para volver a cargar!

lunes, 13 de octubre de 2008

In memoriam: 20 años


RAFAEL GARCÍA SERRANO
(1917-1988)

El 12 de octubre de 1988 fue el día del descubrimiento del continente celestial para don Rafael, que dejó el poco cuerpo que le quedaba en estas tierras y voló, solo con su alma, a formar en mejores luceros. En consecuencia, en el Día de la Hispanidad (¿con qué menos se iba a despedir este falangista navarro que fue fiel a todo lo divino y lo humano?) ganamos un nuevo soldado de la Milicia Azul Purísima, división Nube de Combatientes y Escritores Poetas. No hay homenaje que le sea digno: recurramos —como siempre— a sus propias palabras, mientras elevamos por él una oración sentida.

FACCIOSOS

Casi todos los Pontífices de la filosofía de la Historia coinciden en afirmar que la fecha del 18 de julio de 1936 significa la liquidación superadora del siglo XIX español. Sin duda por eso en los primeros días del Movimiento se usa una terminología con resabios decimonónicos. De este modo, el manifiesto de la Junta de Defensa de Burgos comienza con estas dos palabras: “Al país”, y los bandos de estado de guerra o las proclamas y arengas iniciales terminan con vivas a España con honra o con vítores a la República honrada. Los rojos, por su parte, se suministran del vocabulario liberal una palabra que ha de hacer fortuna: facciosos. Los facciosos éramos nosotros, igual que don Tomás de Zumalacárregui y sus voluntarios. Le cogieron tal gusto al término, que no se les caía ni de la boca ni de la pluma. Como sucede siempre que una palabra se emplea peyorativamente en una guerra, los que tratan de ser ofendidos con ella la toman a orgullo, de manera que la verdad es que nos gustó ser llamados facciosos, hasta tal punto, por ejemplo, que en zona nacional se publicó un libro, escrito por un hijo del general Goded, con este título: Un faccioso cien por cien.

A la vez que facciosos fuimos denominados rebeldes, insurgentes, fachas —derivación castiza, menospreciante y burlona de fascistas o fachistas, digo yo—, insurrectos y un montón de cosas más. Lo curioso es que los periódicos extranjeros —igual que el Moniteur de París, cuando Napoleón salió de la isla de Elba camino de los Cien Días— comenzaron a llamarnos rebeldes, traidores, facciosos, etc., para luego pasar a denominarnos nacionalistas y, finalmente, ya con el triunfo a punto de madurar, nacionales. Más de un periódico francés nos adelantó el tratamiento en vista del brío con que se atacó Irún. Iribarren lo precisa: “En algunos periódicos ya no se nos llamaba les rebelles, sino les nationaux”.

También nos gustó mucho que nos llamasen rebeldes. A la gente joven siempre le encanta ser rebelde. Por eso cantábamos en las Academias de Provisionales:

Rebeldes nos han llamado,
rebeldes queremos ser,
España se ha levantado
con Franco para vencer
al judío masonismo
del Frente Popular,
y al bolchevismo
internacional.

También nos cayó en gracia lo de insurrectos. Y al que le hizo feliz fue al asistente del capitán Gerardo Lastra, que mandaba la primera Centuria de Navarra, llamada “de la noche y del silencio” por su especialidad en golpes de mano nocturnos. Este asistente era un ribereño maduro, cazurrón, lleno de zumba. A fuerza de leer en la Prensa roja —que nos suministraba con cierta frecuencia “el Negus”— que los insurrectos se retiraban, los insurrectos se mataban entre sí, los insurrectos esto y lo otro, tomó el dulce tranquilo de aplicar la palabra directamente, de modo que para llamar a un camarada decía:

— ¡Eh, tú, “insurreto”, alcánzame esa baqueta!

— ¿Llevas tabaco, “insurreto”?

El resultado es que le quedó el mote “el Insurreto”, y supongo que así le llamarán todavía en el pueblo, si es que vive, cosa que por cierto me gustaría mucho.

En los contactos más próximos y menos eruditos, los rojos no nos llamaban tanto facciosos, insurgentes, fachas o rebeldes, como hijos de cura o hijos de fraile. Con eso tenían una obsesión de suscriptores de La Traca y el Fray Lazo, aquellos dos “magazines” que tanta gloria dieron a las letras liberales españolas. Ya he contado en otro lugar, y mis buenos disgustos me costó, aquella frase del pater A…, capellán de una centuria, que harto de oír semejantes desvergonzadas acusaciones, opinó entre malicioso e irónico:

— ¡Hombre, alguno habrá; pero decirlo de todos…!

A los rojos, que eran agudísimos en materia de propaganda, se les nublaba el talento al hablar de los curas y soltaban unos folletines en esta materia que sólo degenerados mentales del tipo de Maritain o Mauriac podían tragar sin ahogarse. En el libro de José María Iribarren se recuerda, al hablar del frente de Irún, que los periódicos enemigos decían ferocidades sobre “los clérigos armados de rifles que Mola lleva en su vanguardia”, y también sobre “los curas que lanzan bombas desde los campanarios contra sus feligreses”. Del mismo modo se reproduce lo que decía un vasco comunista: “Entre esos requetés van muchos frailes. Saltan como malditos. ¡Cada «sancada» dan aquellos!… Nosotros les veíamos arremangarse el hábito «pa» brincar”.

Ya era ver. Claro que a lo mejor esto no era más que una simple transposición de la realidad en torno, al campo frontero, porque la única noticia que uno tiene de curas trabucaires en la guerra española es la de algún sacerdote jelquide, como de sobra se sabe. Los periodistas de la zona bolchevique también veían curas y frailes en el Tercio y hasta en los Regulares, que ya es decir. A propósito de esto, conozco una arenga que nuestra gente atribuía al general Yagüe, cuando todavía era teniente coronel y había llegado con su columna ante las murallas de Badajoz. No sé si la anécdota es cierta o no. En todo caso viene como anillo al dedo y es muy hermosa. Según ella aquel Yagüe legendario, por el que uno sigue sintiendo verdadera devoción, se dirigió a los soldados que iban a dar el asalto a la plaza con estas contundentes frases:

— Legionarios: los rojos dicen que sois frailes disfrazados. ¡Entrad en Badajoz a decir misa!

Rafael García Serrano

Nota: El texto, claro, ha sido tomado de su “Diccionario para un macuto”, obra que cada día se lee mejor. La posología recomendada es un par de páginas diarias de este volumen medicamentoso, cada doce horas, si queremos evitar todo contagio con la pestífera mala leche de los libros de hoy en día.

domingo, 12 de octubre de 2008

Forma de la Hispanidad


RAZA

El factor esencial de la unidad hispanoamericana es el espiritualismo español; este profundo espíritu católico que, porque es católico, puede ser universal, pero que, matizado por el temperamento y la historia, por el cielo y el suelo, por el genio de la ciencia y del arte, constituye un hecho diferencial dentro de la unidad de la catolicidad, y que se ha transfundido a veinte naciones de América.

La Hispanidad es algo espiritual que trasciende sobre las diferencias biológicas y psicológicas y sobre los conceptos de nación y patria. La Hispanidad importa cierta catolicidad dentro de los grandes límites de una agrupación de naciones y de raza. Es algo espiritual, de orden divino y humano a la vez, porque comprende el factor religioso: el catolicismo; y los otros factores meramente humanos: la tradición, la cultura, el temperamento, la historia, calificados y matizados por el elemento religioso como factor principal; de donde resulta una civilización específica, con un origen, una forma histórica y unas tendencias que la clasifican dentro de la Historia Universal.

Entendida así la Hispanidad, diríamos que es la proyección de la fisonomía de España fuera de sí y sobre los pueblos que integran dicha Hispanidad. Es el temperamento español, no el temperamento fisiológico, sino el moral e histórico, que se ha transfundido a otras razas y a otras naciones y las ha marcado con el sello del alma española, de la vida y de la acción española. Es el genio de España que ha incubado el genio de otras tierras y razas, y, sin desnaturalizarlo, lo ha elevado y depurado, y lo ha hecho semejante a sí.

Así entendemos la Raza y la Hispanidad.

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Religión, Santidad, Lengua, Cultura, Héroes y Sangre, he aquí las seis perlas con que España adornó la frente lozana de América al redimirla de la esclavitud material y espiritual en que yacía, para presentarla al gran Rey de las Naciones.

Pero de éstas se deriva y constituye el marco espléndido de su realización la nota típica de la colonización española: la Realeza pública de Jesucristo, aplicada íntegramente en la sociedad colonial americana.

El Salvador del mundo reinaba plenamente en aquellas tierras, como había reinado en la Edad Media en toda Europa y aún reinaba en los Estados europeos de origen latino preservados de la herejía protestante.

La América española formaba parte cabal de la Cristiandad. Las Indias eran en realidad una Nueva España, porque “tanto en una como en otra —es frase del Cardenal Eugenio Pacellli— al proclamarse la Realeza de Cristo, no se pronunciaba una palabra vacía, ni siquiera una palabra mutilada en su más hondo sentido, sino una palabra llena de asombrosa realidad”.

sábado, 11 de octubre de 2008

Editorial del nº 77


DEMOCRACIA
Y CONTRANATURA


Se cuentan por decenas, y a diario, los hechos gravísimos que corroboran la corrupción descomunal del kirchnerismo, engendro político sólo sostenido como suelen sostenerse las tiranías, por una mezcla trágica de dineros malhabidos y fuerzas brutas desplegadas a mansalva.

Ejemplo de lo primero —además de los negocios inmobiliarios y financieros del conyungo gobernante— son las actuales evidencias de fortunas ingentes que lo asisten, tanto procedentes del narcotráfico internacional como de la satrapía chavista. Entreverados en una mezcla ilegal de efedrinas, coimas, valijas clandestinas y prebendas torvas, la pingüinácea pareja semeja ya, sin retorno, al ave malandra que retratara Martín Fierro, diciendo: le tiene al robo afición. Ejemplo de lo segundo, esto es, de la violencia con que son capaces de sojuzgar y someter a quienes se les interponen, baste no olvidar el despliegue burdísimo de patoteros y rufianes exhibido principalmente en la lucha contra los hombres del campo; esto sin contar con los titulares institucionales del poder de coacción, que dócilmente le responden, hasta hace poco comandados por el primer escalador de taburetes, antes de que su nombre terminara emporcado, como corresponde, “en sórdidas noticias policiales”.

La corrupción, en suma, es multiforme y sostenida, sin que deje ámbito alguno para que repose la decencia. Está instalada y consubstanciada, como una red viscosa y putrefacta, en el centro mismo del poder oficial, con la presidenta como garante y el primer damiselo como enajenado custodio. Supuesto los hubiera veraces, no alcanzarían los cronistas para registrar tamañas felonías.

Pero he aquí que se esfumaba septiembre, y un episodio en sí mismo menor resultó emblema y epítome de la degradación alcanzada por la gestión de Cristina. Sucedió que dos putos promovieron ad nauseam su conyugalidad contranatura, contando para consumarla con el apoyo insensato y festivo de los medios masivos, y hasta con los oficios de un patético marica, que parodiando investidura y símbolos de la liturgia católica, simuló bendecir religiosamente a los descarados protervos. El hecho, repetimos, no hubiera sobrepasado los lindes del lupanar, si el Estado Argentino no hubiera tenido activa y principal participación en la apología del vicio nefando. La señora Kirchner hizo llegar su obsequio y su felicitación a los degenerados, y hasta se dispuso que la presidenta de un organismo oficial, como es el Inadi, oficiara de madrina en la ceremonia sacrílega que fue trasmitida con sones de victoria. Era, por cierto, la trágica victoria de la contranatura, asociada a la plenitud de la democracia, que es, en política, la encarnación misma de la antinaturaleza.

Acaso merezca un párrafo aparte la fraseología con que Cristina cohonestó públicamente al par de sodomitas: “que sean felices” —les dijo— “que es lo más importante”. Nadie salió a aclararle que la felicidad está en la virtud, y que no pueden alcanzarla ni merecerla los que hacen del pecado su encarnadura y su proselitismo. Los obispos callaron ante el aborrecible espectáculo, muy ocupados como están en prologar los libros del rabino Bergman o en recibir el premio Maimónides.

Se confundirían quienes minimizaran la entidad de este suceso, reduciendo sus contornos al anecdotario burdelesco de la gran aldea. El Gobierno ha dado un mensaje claro y contundente: a partir de ahora la cultura de la muerte es política de Estado, ya sin ambages ni pudores; y alzados contra el Orden Natural y el Orden Sobrenatural, los invertidos de toda laya y peor jaez tienen su sitial de honor en la corte repugnante de los malnacidos Kirchner.

El 6 de septiembre, en Recife, Brasil, con ocasión de inaugurarse la fábrica Impsa, un sacerdote roció con agua bendita a Cristina, y tras maldecirlo con la mirada, demoró diez minutos en secársela con pañuelo y abanico, para que ni rastros quedara del sagrado líquido. Similar actitud despreciativa había tenido Néstor, el 30 de septiembre de 2006, cuando asistió como presidente a la inauguración,en El Calafate, de una nueva flota de barcos de paseo de la empresa Fernández Campbell. Cada uno a su tiempo y en espacios distintos maltrató y humilló al Ministro que con tan significativo sacramental los prodigara. Los medios de las respectivas fechas recogieron sendas noticias.

Sabemos por los relatos de los grandes exorcistas —baste repasar la Summa Demoníaca de Fortea—que los demonios se retuercen ante el agua bendita, como sabemos de las crispaciones terribles de los posesos o infectados cada vez que la misma rocía sus cuerpos. Saque el lector las conclusiones que quiera. Las nuestras son tan simples cuanto rotundas. Satán anda enseñoreado en la democracia y en sus actuales protagonistas, sino como león rugiente, al menos como rata rabiosa y depredadora vestida de percal. Es preciso estar sobrios y vigilantes, resistiendo firmes en la Fe, como lo enseñara San Pedro.

Antonio Caponnetto

viernes, 10 de octubre de 2008

Musicales


VEINTICINCO AÑOS
DE “LOS FEDERALES”





A través de “Cabildo” supe que había aparecido una grabación, celebrando el primer cuarto de siglo del conjunto “Los Federales”. Como entre sus integrantes se cuentan varios amigos, me propuse comprarlo. Cosa nada fácil pues no está en todas partes. Pero lo cierto es que, finalmente, me hice con el disquito. O los disquitos, porque son dos y ahora se llaman CD. O ci di, lo que es todavía más grave.

Parece que Borges dijo alguna vez: el folklore se ha popularizado mucho; tanto que está llegando al campo. Salida que, pese a ser una boutade, algo de cierto tenía. Pues, efectivamente, impulsado por Los Chalchaleros, Los Fronterizos, Eduardo Falú, Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa, Julia Elena Dávalos y algunos más, alcanzó una difusión notable, extendiéndose, reelaborado, hasta alcanzar ámbitos que le eran totalmente ajenos.

Al margen de la calidad de sus cultores, fuera de discusión, pronto se advirtió que algunos de ellos respondían a una línea de izquierda más o menos protestataria y otros a posturas nacionales de sesgo tradicional. “Los Federales” se cuentan entre estos últimos. Es por ello que gozaron siempre de mi simpatía, aunque en rigor no me constaran sus merecimientos artísticos.

Pero la grabación que ahora he tenido el gusto de oír tuvo la virtud de demostrarme acabadamente que el conjunto es decididamente bueno y nada tiene que envidiar a los mejores. Ajustadas las voces, armónicas las guitarras, impecable la elección de los temas, olvidados muchos de ellos como Recuerdos de ti, que diría que conocí hace mucho bajo el nombre de Las sombras del olvido.

Con Carlos Mosso en carácter de referente destacado, forman o formaron parte del conjunto, de manera estable o esporádica, Federico Martínez de Hoz —que murió joven—, Luis Seligmann, Ignacio Rodrigo, Roberto Cartwright, Hernán González Iramain, Carlos Martín y Herrera, Ricardo Bach, Hernán Blaksley, Héctor Antonelli, Juan Martín Devoto, Alejandro Altamirano, Juan Miguel Zuliani y Hernán Rico Roca.

En el cuadernillo que acompaña el trabajo, Mosso cuenta los orígenes de la agrupación: “…un mes de mayo de 1984 —informa— nos conocimos Hernán González Iramain y yo en una guitarreada a la que cada uno fue por su lado y entre acordes y punteos mezclamos nuestras voces, él en primera y yo en segunda, y surgieron zambas, cuecas y chacareras. Nos despedimos esa noche con la idea de canalizar la inquietud musical en un conjunto de corte tradicional”.

Hoy, a unos cuantos años de distancia, podemos corroborar que fue aquélla una feliz iniciativa.

Juan Luis Gallardo


AVISO

Carlos Mosso, director musical del conjunto folklórico
Los Federales,
convoca a quienes quieran integrar el grupo
a contactarse para una nueva etapa
de la actividad artística.
Se harán audiciones con los aspirantes.
Comunicarse al 4862-3405 o al (15) 4536-9991.


Ya está a la venta el
CD Doble (40 temas en total)
de LOS FEDERALES

lanzado con motivo de sus 25 años de trayectoria.
El costo del mismo, promocional por el lanzamiento,
es de $ 30.
Comunicarse con el Dr. Carlos Mosso,
de lunes a viernes de 10 a 19 hs. a:
4862-3405 o al (15) 4536-9991.

jueves, 9 de octubre de 2008

Santo súbito


ORA PRO NOBIS


Plena guerra mundial. El Jefe del Gobierno fue detenido el día 25 de julio y conducido a la isla de Ponza, situada en Anzio, que se encuentra a unos cincuenta kilómetros al sur de Roma. Sus partidarios habían disminuido extraordinariamente, y muchos se congratularon de aquella especie de revolución que colocó a un Mariscal en el puesto de Jefe del Gobierno, de completo acuerdo con el rey Víctor Manuel.
Nuevamente vio entonces Pío XII la ocasión de solicitar que Roma fuese declarada “ciudad abierta”, y encontró franca colaboración en el Mariscal. Pero, consultados los aliados en tal sentido, por medio de sus representantes, manifestaron:
“De momento, no poseemos suficiente conocimiento del nuevo Gobierno para otorgarle nuestra confianza. Es menester que se nos demuestre la seriedad de este cambio político y su buena predisposición respecto a nosotros”.
Quedó pues demorada nuevamente tal solicitud, lo cual fue la causa de que un nuevo bombardeo tuviera lugar sobre la Ciudad Eterna el día 13 de agosto. Otra vez el Papa salió del Vaticano, sin ningún protocolo, para dirigirse al lugar más destrozado, que resultó ser el barrio de San Juan, cerca de la iglesia de San Juan de Letrán.
Por cierto que se relata una anécdota referente a esta ocasión, que nos parece significativa. Hela aquí:
Circulaba Pío XII por el lugar del suceso, atendiendo a unos y a otros, respondiendo a preguntas, consolando, acariciando, bendiciendo, cuando de pronto sus ojos oscuros, fatigados, llenos de pena, se fijaron en un rostro infantil, blanco, inmóvil… Aproximóse más, pudo darse cuenta de que se trataba de una niña, a la que habían colocado sobre unas parihuelas. Probablemente había recibido alguna herida importante. O quizá estuviera muerta.
Con aquel especial afecto que siempre sintiera por los pequeñuelos, se acercó más todavía y arrodillóse a su lado. La chiquilla no hacía el menor movimiento. Parecía que la vida se había escapado ya de su cuerpecito. Alargando su pálida y delgada mano, el Papa la tocó ligeramente mientras le dirigía tiernas frases. No se oyó lo que le decía, pero se sabe que al sonido de su voz, la pequeña fue abriendo lentamente los ojos. Pareció extrañada de encontrarse allí y poco después se incorporaba. El “hombre blanco” le sonreía y ella sonrió también.
¿Estaba solamente desmayada y entonces reaccionó? Es posible. Pero lo cierto es que se reanimó al ligero contacto de la mano de Pío XII y al escuchar el tierno y dulce sonido de su voz. Levantándose por completo, ya del todo restablecida, pudo marcharse hacia su casa, mientras la mirada bondadosa y complacida del Papa la seguía amorosamente.


Otra espina estaba clavada en el sensible corazón del Pastor Angelicus. Porque era, en efecto, un gran Pastor espiritual y sufría por aquellas ovejas que padecían tanto y a las cuales quería ayudar hasta el máximo. Tratábase ahora de los prisioneros que se encontraban en los campos de concentración. Y hablando de ellos, decía en cierta ocasión:
—Cierto es que las normas del Derecho Internacional no obligan a liberar a los prisioneros antes de que la paz sea firmada. Pero me dan pena estas personas, tan lejos de sus hogares, en muchos de los cuales ni siquiera sen si están muertos o vivos… Debo escribir un mensaje para los aliados en este sentido. Creo que me secundarán.
— Entonces, ¿quiere Vuestra Santidad, que tome nota de lo que deseáis decirles?
— Sí, por favor, hágalo usted… Escriba… “Sabemos que las reglas del Derecho Internacional…”
Y así continuó dictando el discurso que luego pronunciaría por radio, y que habría de servir también de gran consuelo para los infelices que sufrían en tales lugares, apartados de los suyos, muchos de ellos enfermos, y algunos casi dementes. Pío XII continuaba, de uno u otro modo, en todas las direcciones que creía conveniente, su excelsa obra de Apostolado. Los deseos que tuviera en su juventud de ayudar a quienes lo necesitaran, se veían sobradamente cumplidos. Únicamente que él había aspirado a regentear solamente una sencilla parroquia, a atender a los feligreses de la misma. Y ahora se encontraba que su parroquia era el mundo entero y sus feligreses, una buena parte de los habitantes del mundo.
De esta época se relata una anécdota bastante conocida. Se trata de lo siguiente:
Habiendo el Papa recibido, poco después de la guerra, la visita del político inglés Winston Churchill, éste le dijo durante la conversación:
— ¿Sabéis, Santidad, lo que preguntó José Stalin en la Conferencia de Yalta cuando se habló de Vos en la misma? Pues lo siguiente: “Yo quisiera saber cuántas Divisiones tiene el Papa”.
Pío XII sonrió ante tal ocurrencia, y contestó sin inmutarse:
— Cuando vea de nuevo a Nuestro hijo José Stalin, dígale que Nuestras Divisiones están en el cielo.
Quedó de este modo el asunto, hasta que, años más tarde falleció el aludido político ruso. Al serle comunicada la noticia al Pontífice, éste volvió a sonreír, y de un modo sencillo, espontáneo, seguro, manifestó:
— Ahora verá Nuestras Divisiones.


Un día, hallándose en su despacho, notó que el gentilhombre tenía el rostro algo contraído, como si estuviera pensando en alguna cosa que lo preocupara o repugnara. Bastante extrañado, le preguntó:
— ¿Le ocurre a usted algo extraordinario?
— No, Santidad —repuso él con voz un tanto entrecortada—. Es decir, he visto una cosa que me ha impresionado, pero no quiero molestaros con ello.
— ¿De qué se trata? Debe de ser importante cuando lo ha afectado de tal modo.
— Pues… sí, en cierta manera, Santo Padre. Se trata de una mujer que ha llegado hasta aquí para pedir audiencia. Llevaba consigo a su hijo… ¡Pobre niño! Es tan deforme que la gente, apenas lo mira, vuelve la cabeza, horrorizada… Yo mismo me acuso de haberlo hecho. Nunca había presenciado una deformidad tan monstruosa…
El Papa iba interesándose cada vez más por lo que el gentilhombre le contaba, y entonces preguntó rápido:
— ¿Y dónde están esa mujer y ese niño?
— Se han marchado.
— ¿Cómo que se han marchado? ¿No dijo usted que habían solicitado una audiencia?
— Sí, Santidad. Pero juzgando que el caso no era interesante para Vos, no se la han concedido.
— ¡Todas las personas que sufren me interesan! Y esa pobre madre… Viendo que su interlocutor estaba algo perplejo, añadió: — Vaya, vaya usted. Esto no le concierne.
Y mientras él salía del despacho, tomó presurosamente el receptor del teléfono, y una vez establecida la comunicación, mandó:
— Busquen a esa mujer que hace poco ha estado aquí acompañada de su hijo enfermo. Y cuando la encuentren, introdúzcanla inmediatamente en mi despacho.
Así lo hicieron, y cuando pudieron ser localizados, los llevaron a su presencia. Él los recibió con aquella singular dulzura que tenía para todos los desgraciados. Tomó al niño en sus brazos, amorosamente, y se interesó por el tratamiento que se le había prescrito.
— Muchos médicos lo han visitado, Santidad —respondió la madre, llorando, pero al mismo tiempo conslada por la extrema afabilidad del Papa—, y viendo que ellos no podían curarlo, lo llevé a Lourdes… Pero tampoco allí conseguí buen resultado.
— No todos los que van allá sanan, hija mía, y Dios sabe el por qué. Quizá más adelante lo consiga. Nunca ha de perderse la esperanza. Y si el Señor tiene dispuesto que usted y su pequeño tengan que soportar esta gran cruz, resígnense a ella, seguros de que Él dará su recompensa más tarde o más temprano.
Una expresión de alivio, de interno consuelo iba reflejándose en el semblante de la pobre madre, que manifestó llena de gratitud:
— Eso es lo que yo quería, Santo Padre. Recibir este consuelo que a tantos alienta… No esperaba un milagro al venir a veros; sólo estas palabras que parece que dan vida… Aunque quien me lo pidió fue el niño. Siempre decía que quería venir a Roma para veros. Y al final me decidí. El pobre ha oído hablar de Vos y os quiere mucho…
El pequeño sonreía mirando al Pontífice, que seguía teniéndolo en brazos, y él le sonrió también, diciendo cariñosamente:
— También lo quiero yo, y rezaré por él. ¿Sabes, chiquito, que los niños siempre me han gustado mucho? Me recuerdan al Divino Infante que nació en Belén. Por Navidad, en mi capilla privada, digo Misa delante de una cuna donde está reclinado el Niño Dios. Y en Él me parece ver simbolizados a todos los pequeñuelos del mundo…
Lágrimas de emoción corrían por las mejillas de la pobre mujer al ver el semblante consolado de su hijo, del cual, habitualmente todas las personas apartaban los ojos, impresionados. El Papa, por el contrario, parecía buscar su mejor sonrisa, su caricia más tierna, sus palabras más confortables, para dirigírselas al pequeño.
Y cuando, más tarde, ambos abandonaron el Vaticano, se sentían mucho menos desgraciados. Aquella luz que se desprendía del Pontífice los acompañaría siempre, con el recuerdo de una bondad ultraterrena, sobrehumana, santa.


Domingo 5 de octubre de 1958. En apariencia, era un domingo como cualquier otro en Castelgandolfo, donde todavía se encontraba el Santo Padre, después de haber pasado allá el verano, como hacía habitualmente. A las 9:30 salió al balcón, desde el cual acostumbraba bendecir a los peregrinos, que se arracimaban cerca de los muros de la estival residencia.
Aquella mañana fueron unos cinco mil los reunidos. Él les sonrió, con una sonrisa un tanto cansada, que reflejaba su creciente agotamiento. Y después de bendecirlos, los fue saludando afectuosamente con la mano. Luego los que estaban cerca de él lo oyeron murmurar:
— Adiós… Adiós…
¿Presentía acaso su muerte? ¿Comprendía que era ya la última vez que se asomaba a aquel balcón para recibir el homenaje de la multitud y entregarle a su vez la expresión de su afecto?


Ya hace cincuenta años que su alma fue llamada al encuentro con el Padre. Confiamos en que, también hace ya cincuenta años, estará disfrutando del Cielo, de la visión beatífica, de la Luz y la Gloria que no tienen fin. Aquella sonrisa un tanto cansada resplandecerá ahora, en lo Alto. Pidámosle al SANTO Padre Pío XII que nos proteja y nos brinde un poco de su fe, para algún día llegar a verlo, si no en los altares de esta tierra —por culpa de tantos pusilánimes y traidores—, sí a la diestra de Aquel de quien fuera su Vicario de tan feliz memoria.
Y si —como decía Anzoátegui— para hombres como Freud parece haber sido creado el infierno, para Santos como Pío XII parece haber sido creado el Cielo.